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lunes, 20 de septiembre de 2010

Tiempo libre


Madrugar y trasnochar, asearse y deshacerse, vestirse y desbaratarse, engullir o engullirse, esperar y acelerarse, hacer cola y colarse, subir y bajarse, andar y pararse, subir aquí y otrora, correr y recorrer, mirar y remirar, posar y reposarse, ajustar y reajustarse, otra colación y otro brebaje, pisear y acicalarse, refrescarse y atusarse, escuchar, contestar, contemplar y contemporizar, volver y revolver, versar y conversar, informar e informarse, contar y descontar, esperar y desesperar, otro brebaje, montar y desmontarse, colocar y descolarse, velar y desvelarse, volar y aterrizar, otra de picante con brebaje, acostar y recostar…

¡!por fin en casa!!!.

(viaje con nosotros)

jueves, 8 de enero de 2009

Palestina

Enebro en mi cuello el pañuelo palestino con la estrella de seis puntas…Reclamo la PAZ a gritos desesperados, en la calle, por las plazas y caminos. La reclamo en nombre de judíos y musulmanes, en el nombre de ese territorio sangrado, agotado de cadáveres; la reclamo en nombre de tantos muertos inútiles, innecesarios; la reclamo hoy en el nombre de cada hombre y mujer de este mundo. La reclamo a coro con todos ellos, con lo único que tenemos para entendernos, la palabra.

Salid los escritores a leerle a las gentes versos como los que nosotros oímos del poeta:

Derrotemos al último enemigo
Que por dentro nos vence:
El miedo que tenemos a juntarnos
Porque nos conocemos.

Alberto Porlan

Tenemos que dejar de separarnos, que vivir en un universo imaginario. Raza, nacionalidad, religión, costumbres, son límites nefastos. Somos del mundo y el mundo es nuestro, como también son nuestros todos los seres humanos…Abramos los ojos porque
del despertar de la Conciencia depende la Justicia.
Jodorowsky.

Salid a la calle, sacad los versos para ahogar las armas.




miércoles, 3 de diciembre de 2008



El pintor de bisontes

La pintura de mi rostro chorreaba por la cara, se colaba doliendo de picor en los ojos, las manos ocupadas con las armas y con la antorcha me impedían secar los regueros de color que se deslizaban por todo mi cuerpo. El pavor hacía temblar mis piernas que apenas me sostenían. Me arrastraba tras las sombras que en la pared hacían las siluetas de los hombres que me precedían. El fuego de las antorchas me ahogaba. Se comía el aire de los angostos pasadizos de la cueva que se iba estrechando hasta hacernos agachar y doblarnos para encajarnos por paredes que nos oprimían…Y, de repente, allí estaban, encima de nuestras cabezas, aquellos enormes animales sagrados, removiendo desde sus patas el ímpetu de su fuerza arrolladora, dispuestos a arrojarnos su furia al levantar la cabeza que agazapada concentraba toda su energía. Me asusté. Los hombres gritaban alaridos de terror y danzaban convulsos de una agitación que presagiaba el misterio. El humo, el `polvo removido por nuestros pies, el clamor de n uestras voces, el olor de humedad que se pegaba más que el miedo; me sacaban fuera de mi que ya no era yo sino el espíritu que brotaba de mí y que escudriñaba al animal más grande para acecharlo, perseguirlo, acosarlo, poseerlo como el ya me poseía…Mascábamos unas hojas que encendían mis visiones de luces de colores y centellas que se clavaban en mis sienes y me saltaban el dolor por la boca que espumaba palabras de un rito de muerte. Salté sobre el animal y le clavé mi lanza en su cuello, rugí desde el animal que ya estaba en mí y que alcanzado de muerte bramó desde mi propia garganta su ultimo suspiro. Caí en el suelo y solté los espasmos que huían de mí. Quedé mareado, agotado, exhausto, un tiempo en que sólo oía a lo lejos voces que iban y venían y de las que yo no participaba, no me concernían. Desperté y lo supe cuando en un cuerno, en su cuerno me hicieron beber su interior empañado en su sangre. Lo había atrapado, era mío, estaba en mí. Ya me pertenecían la fortaleza de sus músculos, la potencia de sus patas, la fertilidad de su sexo, la brutalidad de sus gestos, el peso de su materia…Ya era un cazador.