Mostrando entradas con la etiqueta viajes. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta viajes. Mostrar todas las entradas

lunes, 25 de octubre de 2010

Serpenteo por Estremaura


Desde mi regreso de la Sierra de Gata el movimiento de mi cuerpo es lento y pausado, como el caminar del forastero que recorre las calles repinadas de Torre y se para a admirar sus balcones abiertos y el minucioso trabajo de los escudos heráldicos que, tallados pacientemente en piedra de cantería con golpes certeros, adornan las fachadas de las moradas de la gente hospitalaria que vive en ese maravilloso valle.
Todavía hoy los verdes de los castaños, los olivos, los granados, los madroños, las higueras, las hayas, las encinas, los robles, los alcornoques…, todos, con su universo de matices, se arremolinan en mi retina junto con los nacientes ocres con que se visten las viñas para pasar el otoño.
Todavía mi boca está impregnada del frescor de las aguas que manan misteriosamente de sus fuentes y regatos, del sabor a tiempo de la sopa de patatas fritas cocinada amorosamente por manos añosas, del dulzor viscoso de flores y soles de la miel serrana y del aroma goloso y afrutado del vino de pitarra.
Mis pies caminan todavía por el empedrado de plazas y calles que se pierden más allá de los bancales, en los que huertas y árboles dan vida a los manjares, para convertirse en interminable calzada romana que une pueblos, cielos y paisajes.
Los sonidos astur-leoneses y galaico-portugueses de la fala y el mañego, los etéreos graznidos de las grullas despidiendo la tarde, el mareante zumbar laborioso de las abejas libando el néctar sarmentoso de las plantas trepadoras, sus ecos todavía hoy vibran en mis oídos.

El reloj y el calendario se han detenido entre paisajes tejidos de umbrías y soles otoñales, acordes cristalinos del agua que fluye entre hojarasca, casas abigarradas de madera y adobe, balcones abiertos al sol donde secar la ropa y los pimientos, serpenteo de calles estrechas laberínticamente repinadas, castañares ancestrales donde los duendes juegan al escondite, pasadizos embebidos de secretos y nostalgias, frescas bodegas engalanadas de rojos tomates y perfumadas del penetrante aroma que emana del vientre de las tinajas de barro en que fermenta el vino de pitarra, pueblos medievales suspendidos en el tiempo con reminiscencias islámicas y hebraicas donde el ayer es hoy y el mañana baila entre luces sombreadas, gente sencilla presta a conversar y que rezuma sabiduría de siglos en sus gestos y palabras, rincones sin orgullo donde el silencio se desnuda y te invita a la meditación y al encuentro. Así, con esta magia, he desandado mis pasos para purificar mi ser en la pila bautismal de Sancti Petri.
Berta