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domingo, 30 de diciembre de 2012

Se armó el Belén

Este relato lo presenté al festival navideño que organiza El Ático de los gatos. Se han seleccionado 10 cuentos para leerlos en varios sitios durante las fiestas y me he enterado hace poco que ¡uno de los elegidos es el mío! El jueves 3 de enero a las 19.00 de la tarde en Cádiz (en el Bar La Favorita cerca de la catedral), habrá un recital con todos los relatos y fin de fiesta, y allí estaré leyéndolo. Los que podáis ir, por supuesto, estáis invitados ^^ Besos y felices todo y siempre.


O el fin del mundo o la salvación definitiva. Extraños augurios parecían vaticinar o lo uno o lo otro. Los pastores contemplaban pasmados aquellos extraños copos blancos que caían del cielo. Ni los más viejos del lugar recordaban haberlos visto jamás alfombrando el suelo de las áridas tierras de Belén. Tampoco se explicaban de dónde habían salido aquellas gallinas tan raras con las plumas negras y la cabeza calva, que parecían proceder del otro lado del mundo. Por si fuera poco, entre las piedras de aquellos caminos tan alejados de la playa, se veían conchas marinas e inesperadas caracolas. Del suelo habían brotado plantas con unos extraños frutos redondos y rojos y otros más alargados con muchos granos amarillos muy apretados entre ellos. A todos les parecieron plantas venenosas y nadie se había atrevido a probar aquellos frutos. ¡Una plaga! exclamaban aterrorizados los agoreros.

La respuesta al enigma vendría con la misteriosa luz que aquella noche de diciembre inundó el cielo desde lo lejos. Poco a poco se fue acercando y revelando como una gigantesca arca voladora que tronaba y gemía como un coro de diablos. Después de posarse sobre la tierra, sus puertas se abrieron bufando mil vapores. De su interior salió un hombre vestido con una armadura que le cubría todo el cuerpo y que escupía luz por los ojos. “Pertenezco a las fuerzas armadas de los Estados Unidos de la Tierra. Vengo a defenderos de vuestro enemigo: el malvado Tiranosaurio Rex”, repitió varias veces ante los aterrados pastores, con una voz que parecía salida de una vasija. Pronto descubrieron que sus palabras se referían al lagarto gigante que había sido visto por el lugar y que había devorado tres cabras, veinte conejos y un soldado romano. La batalla entre la bestia y el extraño individuo causó algunos destrozos en Belén, hasta que de improviso los dos contendientes cayeron sobre la tierra, aparentemente inmóviles. La tranquilidad duró muy poco, como anunciando el verdadero pavor que se desataría después. Fue entonces cuando los hombres y mujeres de Belén tuvieron claro que la moneda caería por la cara del apocalipsis.

Lo confirmó la llegada de la que los pastores vieron como la encarnación del demonio. Era una mujer muy alta, de piernas espigadas, con una especie de túnica corta y ceñida que apenas ocultaba su desnudez. Llevaba un letrero grabado en la piel de la espalda que no se podía leer bien porque lo tapaba su melena rubia y larga. Entre los mechones se lograban distinguir las letras B y a. Los miembros de la infernal mujer eran muy rígidos y tenía un rictus sonriente tan forzado que sembraba la inquietud en quien la miraba. Iba saltando y derribando casas, pozos y palmeras, lanzaba piedras por los aires, tumbaba a hombres y mujeres, arrancaba sin inmutarse trozos del suelo ¡y hasta del mismo río!, aplastaba animales, incluso volaba a su antojo, arrugaba el cielo, rompía nubes y montes del horizonte… Su furia destructiva no tenía final. Hasta que de pronto una voz como surgida de otro mundo aplacó su ira de súbito: “¡Ay por Dios! Ya ha llegado a Belén el huracán Virginia. ¡Las niñas buenas no juegan así! Pero Daniel, vamos a ver, ¿por qué dejas a tu hermana sola con el portal?”

Nadie pareció advertir que aquella noche había nacido en un establo de Belén un niño del que un hombre con alas dijo que era el salvador. El alumbramiento había sido iluminado por una estrella de colores y cinco perfectas puntas colgada en el cielo. Al chiquillo lo habían adorado cuatro magos que aseguraban venir de lejanas tierras de oriente. Sus nombres eran Melchor, Gaspar, Baltasar y Nick, el Gormiti.

---o---

jueves, 30 de septiembre de 2010

Clandestino de mí mismo

"E l problema básico de la humanidad es que la mente humana es incapaz de discernir la verdad de la falsedad."
"El Ojo del Yo", David R. Hawkins


Hubo un tiempo en el que viví en un lujoso palacio, rodeado por jardines espectaculares y donde nada podía faltarme. Enormes tapices, elaborados por manos expertas y mostrando los más bellos motivos, cubrían las altas paredes de cada una de sus estancias. La luz del sol entraba cada mañana desplegándose en un sinfín de colores gracias a las magníficas vidrieras que decoraban los ventanales, grandes y majestuosos.
No muy lejos, se divisaban otras construcciones; unas también grandiosas, otras más sencillas, pero todas igual de bellas y elegantes.
Todas mis necesidades estaban cubiertas y apenas existía nada que pudiese preocuparme.
Hasta que un buen día, paseando por entre los árboles, vi algo que lo cambió todo; observé como un vecino próximo levantaba un muro de piedra frente a su casa. Me hizo reflexionar sobre los motivos que tendría para hacer algo así. Supuse que intentaba proteger su propiedad de alguna amenaza externa; ¿qué otra cosa podía ser? Era lógico, algo tan hermoso sería deseado por muchos otros. Y entonces.... sentí miedo.
A la mañana siguiente me puse inmediatamente a la tarea. Mi muralla sería más alta y consistente. Conforme ésta crecía, pude comprobar como el resto de vecinos de los alrededores también se habían dado cuenta de lo expuesto que se encontraban, y pronto todos comenzaron a construir un muro rodeando sus propiedades, rivalizando cada uno de ellos en altura y grosor.
Pero una vez finalizado, la cosa no quedó ahí; las amenazas podían surgir de cualquier parte y en cualquier momento, resultaba imposible poder imaginar qué nuevas armas y estrategias idearían los posibles enemigos, así que todos  nos vimos en la necesidad de andar patrullando constantemente sobre nuestras murallas, al mismo tiempo que las íbamos reforzando por cada punto que creíamos vulnerable. Una labor permanente que requería toda nuestra atención; nos jugábamos demasiado.
De ese modo, el muro se convirtió en mi lugar de residencia habitual. Era tosco y feo, no disponía de muchas comodidades, lo justo para poder subsistir sin demasiadas distracciones, pero era necesario hacerlo si pretendía mantener mi vivienda segura; me resigné y no tardé en acostumbrarme a vivir de aquella manera. La seguridad debía ser lo primero.
Y pasaron los años. Con el tiempo, el obligado abandono de la casa se hizo patente; sin los cuidados debidos, la maleza fue brotando a través de cada rendija, hasta conquistar la totalidad del edificio, cubriendo paredes y tejados por completo. Lo que antaño fueron soberbios jardines, pasaron a convertirse en selvas impenetrables. Sin apenas advertirlo, mi antiguo palacio se transformó en un lugar inhóspito e impracticable.
Debía estar entrando ya la primavera cuando ocurrió lo que transformó de nuevo mi vida por completo. Con la tez endurecida y arrugada por el paso del tiempo, peinando canas y ayudándome al andar con un vetusto bastón, un hermoso día soleado, mientras caminaba vigilante como de costumbre, un extraño sonido a mis espaldas captó mi atención, obligándome a volverme y a mirar hacia el interior; se trataba del canto de un ruiseñor, que posado sobre una rama me miraba desafiante. Entonces, mi perdida mirada se clavó sobre una rosa abierta que había conseguido escapar de la urdimbre de zarzas en la que se había convertido uno de los jardines. Aquel apacible sonido junto con la visión solemne de ese rojo chillón olvidado por mis retinas, trajo a mi mente recuerdos de un pasado muy lejano en el que una vez fui feliz.
Fueron de esas cosas que apenas necesitan pensarse. No sabría explicarlo mejor; el caso es que algo en mi interior me empujó a actuar como lo hice. Con las escasas fuerzas que aún me quedaban, pero con un entusiasmo desbordado y la seguridad de estar haciendo lo correcto, comencé a derribar esa muralla que con tanto mimo y esfuerzo había levantado y cuidado durante años y años.
No resultó una labor sencilla, pero con paciencia y tesón logré terminar con ella en menos tiempo del que pensé en un principio que me llevaría hacerlo. Seguidamente me puse a la tarea, no menos laboriosa, de limpiar de rastrojos y malas hierbas todos los alrededores de mi antiguo hogar. Conforme iban quedando al descubierto las paredes, pude comprobar con alegría, que se mantenían tan sólidas como las recordaba de mi infancia. Ese descubrimiento me animó a continuar con la limpieza.
Pero la mayor sorpresa me la llevé, al darme cuenta de que mis vecinos habían seguido mi ejemplo; también ellos derribaron sus muros y comenzaron a rehabilitar sus antiguas viviendas.
En poco tiempo, volvimos todos a vivir al igual que en un tiempo muy remoto lo hicimos: alegres y tranquilos.
Hoy, en el ocaso de mis días, me siento feliz al poder decir que dejaré este mundo en paz y con la conciencia tranquila, libre de temores y con el orgullo de haber aprendido a dejar de ser clandestino de mí mismo.

miércoles, 14 de abril de 2010

Papel en blanco

De nuevo hoy me veo ante el teclado del ordenador incapaz de escribir una sola palabra coherente. De nuevo mi mente vuelve a parecer sólo un papel en blanco. Desde hace meses, mi cerebro ni me escucha ni me habla, permanece sordo a mis súplicas y mudo ante mis quejas. Esta situación se está convirtiendo en algo insoportable, no creo poder aguantar mucho más.

Cinco meses y cuatro días.... justo el tiempo que hace que ella se fue, y me dejó sumido en la más completa desesperanza jamás sufrida por alguien. Cinco meses y cuatro días hundido en el silencio, vencido por la ansiedad.

Mi cerebro sólo se ve capaz de procesar imágenes pasadas. Imágenes de noches cálidas, ansiosos besos, caricias frescas, cenas a la luz de las velas, desayunos entre risas y sonrisas de complicidad... Trato de recomponer también algunas otras de discusiones sin sentido, gritos sordos y portazos a medianoche... pero esas aparecen difusas, mi inconsciente considera que no son importantes, y quién soy yo para contradecirle.

Sólo imágenes... nada de palabras...

Bueno... miento, sí que suenan dos palabras incesantemente: “¡Hasta nunca!” Aunque más que sonar, tendría que decir golpear, porque eso es lo que hacen estas dos palabras sobre todo mi ser: me golpean con su terrible sonoridad, como lo hace el martillo sobre la fragua, hasta hacerme ensordecer de dolor.

¡Hasta nunca!... ¿Cómo alguien puede pronunciar esas palabras sin morir en el intento? ¿Cómo alguien puede recibirlas y seguir vivo para recordarlo? Deberían de existir más leyes universales que prohibiesen ciertas cosas, como nos prohíben levantar los pies del suelo sin caer o recibir un impacto sin inmutarnos... también debería haberlas que prohibiesen pronunciar ciertas palabras.

Sin pensarlo, con la inconsciencia que nos produce el hábito adquirido, vuelvo a abrir mi blog, aquel en el que antaño (cinco meses y cuatro días) escribía y escribía sin poder parar, aquel blog que era visitado cada día por decenas de personas ávidas de pensamientos irracionales, reflexiones incorrectas, ideas chocantes o, simplemente, interesadas por hallar letras en libertad esparcidas al viento imparable de la Red.

Abro aquel blog que solía ser uno de los más comentados de los que conozco... Pero eso era antes, antes de los cinco meses y cuatro días que llevo sin poder plasmar un solo pensamiento, una sola reflexión, una sola idea... ni una sola palabra. Con el tiempo todos se han ido aburriendo y han acabado abandonando al perdedor en el que me he convertido. No les culpo, ¿quién desearía tener por amigo a una sombra?

Pero... un momento... ¿Un mensaje? No puede ser, será de alguien que anda perdido. El comentarista es Anónimo, cómo no podía ser de otra manera. A ver...

“Te echo de menos. Ahora sé cuánto te quería y cuánto me querías tú a mí... Creo que te necesito”.

Mi corazón da un vuelco que golpea directamente sobre mi mente, despertándola de su largo letargo. Mi cerebro se transforma de inmediato en una cascada imparable de sílabas y monosílabos, adjetivos y sujetos, verbos y predicados... Y entonces vuelvo de nuevo al papel en blanco del editor de texto que tanto me ha atormentado durante cinco meses y cuatro días.... y mis dedos vuelan sobre el teclado, la pantalla vuelve a cobrar vida y pronto es inundada por palabras llenas de luz, magia y alegría.

viernes, 29 de enero de 2010

Universos para-lelos o el Principio de una Incertidumbre


“Balance”, fue la primera palabra que acudió a la mente de Ramón al sonar el despertador aquella mañana.
Efectivamente, aquel día tocaba balance.
Ramón ya sabía que ese día llegaría bastante tarde a casa, que tendría que volver a soportar los gritos de su jefe apremiándole, la bronca de su mujer por dejarla sola y los dolores de cabeza al acostarse.
Lo de siempre.
De nuevo volvieron a pasar fugazmente por su cabeza las palabras de su madre: “nos levantamos cada mañana, sólo para comer y volvernos a dormir cuando corresponda; lo que se haga entremedio que nada tenga que ver con estas actividades, es completamente prescindible.”
Pensó que bonita manera había elegido él de pasar el tiempo entre comida y comida. Acto seguido comprendió que esa repetitiva letanía de sobra le era conocida, así que optó por levantarse y dirigir sus pasos cansinos hacia el baño, como cada mañana.
Vaya pelos, se dijo, esto no hay peine que lo arregle. La mirada que le devolvió el espejo no le gustó nada de nada; olía a resignación.
Y entonces ocurrió. Así, sin más.
Su reflejo, con ojos enrojecidos y ojerosos, salió de repente del cristal que lo apresaba, dejando a Ramón con un bostezo petrificado. Sin mediar palabra, se situó a su lado y le invitó a ocupar su anterior lugar con un sencillo gesto de la mano.
Ramón obedeció, y en un instante se vio enmarcado en un frío mundo bidimensional, desde el que observó a su imagen salir del cuarto con el mismo paso remolón que minutos antes le había conducido a él hasta allí. Ni tan siquiera tuvo tiempo de advertirle que no podía irse con esos pelos, y mucho menos de preguntarle que si sabría hacer el balance.
Y Ramón se quedó solo, con la boca entreabierta, como dibujado en la pared.
Tras un suspiro, pensó que nunca antes en su vida se había sentido tan libre.

martes, 12 de enero de 2010

Nieves



Nieves.
Bonito nombre, ¿verdad?
Nieves se llama la señora... Porque es toda una señora, sí señor, de las de toda la vida.
Nieves vive en uno de esos pueblos serranos y blancos, donde aún se conocen todos los vecinos y se saludan cuando se cruzan por sus calles empinadas y empedradas. Ella sólo es una más.
De envergadura alta y espalda algo encorvada por el peso del sufrimiento, con un hijo esquizofrénico y un marido enganchado a una máquina de por vida, Nieves se muestra antes sus conciudadanos como una mujer sencilla, esposa y madre ejemplar, como debe ser, como la religión manda, humilde y sumisa, amable y caritativa...
... Resignada...
Pero tras los ojos marinos de Nieves se esconde una persona que está mucho más allá de todo convencionalismo, un ser humano sin igual, una mujer sorprendente, extraordinaria y grandiosa.
Cuando consigues conectar con su sonrisa melancólica, se abre ante ti una Nieves fulgurante y majestuosa, la auténtica Nieves, ansiosa por desnudarse ante alguien que la comprenda de verdad, ante alguien que sepa que la vida es algo más que pucheros, mercados y fregonas. Y es entonces cuando Nieves te habla de su pasado, de tantas horas echadas al campo trabajando de temporera o de ese carné de conducir sacado en el otoño de sus días, con más ilusión que necesidad (que tampoco era poca). O de su presente, como madre y esposa abnegada, sin un mal gesto de reprobación ni un solo adjetivo recriminatorio hacia nada ni nadie en este mundo o en algún otro; te habla con inocencia de los cursos a los que asiste para seguir aumentando su formación, de los bailes organizados por el ayuntamiento a los que acude sola, ya que su marido no puede dar dos pasos seguidos sin el respirador artificial. Y se crece orgullosa cuando te enseña todos aquellos baberos, manteles, bolsas y yo qué sé cuántas cosas más echas con sus propias manos y su santa paciencia; para mí son artículos de lujo, de auténtico lujo, que ella elabora con la única intención de mantener ocupadas las pocas horas libres del día que aún le quedan.
Nieves no habla sobre el futuro. Hace tiempo que éste pasó de largo por su puerta, y ella sabe que no se puede hablar de algo que no se conoce y, en su caso, ni le preocupa.
Cada palabra, seguida de una sonrisa tímida, de un gesto inacabado, va moldeando a una mujer luchadora, afligida por la humanidad, pero en paz con la vida. Aunque es cuando la contemplo con seriedad, cuando me doy cuenta de que su mirada, huidiza pero penetrante, expresa mucho más que sus propias palabras. Porque Nieves se comunica con todo su ser, mostrándose tal cual es cuando alguien la escucha, compartiendo lo poco que posee, ya sean unas aceitunas aliñás o un secreto de juventud, ofreciéndose toda ella, con alegría y sinceridad. Así es Nieves.
Nieves es una de esas personas que pasan desapercibidas por la calle, pero nunca por la vida de cualquiera que la haya conocido de verdad. Me pregunto cuántos habrán que lo hayan hecho. Sus ojos me dicen que no muchos... ni tan siquiera los más cercanos.
Nieves sólo es una más; una historia más.

jueves, 24 de diciembre de 2009

CIRCULOS VICIOSOS

Llevaba meses pergeñando en su mente la idea, creía tener el guión para una buena novela, pero hasta entonces no había encontrado la forma de romper un círculo que siempre le conducía al mismo punto. Hace un mes empezó a vislumbrar la salida y se preparó para abordar su escritura.
Escogió la fecha con antelación, ahora en navidades, cuando por compromisos familiares podía estar más aislado y dedicarse por entero a la tarea. Para ello se había comprado dos semanas antes un nuevo ordenador con el procesador de textos más moderno que le ofrecieron y había estado practicando para poder manejarlo con soltura. Quería aprovechar la inspiración y esperaba poder terminar la obra en un par de semanas.
Sin más preámbulos, se preparó un café y se sentó delante del teclado comenzando a escribir. Las letras conformaron palabras y éstas resultaron en el siguiente texto:

"Llevaba meses pergeñando en su mente la idea, creía tener el guión para una buena novela, pero hasta entonces no había encontrado la forma de romper un círculo que siempre le conducía al mismo punto. Hace un mes empezó a vislumbrar la salida y se preparó para abordar su escritura.
Escogió la fecha con antelación..........."


genialsiempre

viernes, 11 de diciembre de 2009

Una pared color vainilla contra la senda del tiempo

Entre una cosa y otra, no os he podido leer mi ejercicio del primer día del nuevo curso (el de elegir un poema que me hubiera llegado a la fibra sensible y escribirle una respuesta), como no aguanto más os lo dejo aquí. Como soy y he sido poco lector de poesía, decidí elegir una canción de los Celtas Cortos. Leyendo la letra, desde el punto de vista poético, no es gran cosa (no tiene unos recursos literarios sorprendentes ni nada, es más bien previsible), pero poniéndole música, mejora considerablemente, y llega a la fibra, y más allá. Al menos a mí me llegó en su día. Y he querido responder a aquella canción recreando la época en que la descubrí.


La letra completa está aquí:
http://www.areademusica.com/letras/2303.php



Una pared color vainilla contra la senda del tiempo

A veces la memoria saca fuera los balones que el olvido,
gracias a una certera asistencia del tiempo, le va metiendo.
Y a dos manos los precipita de nuevo al partido de la vida.
(Anónimo)

Una vieja pared color vainilla ve salpicar su rostro sobrio y ortopédico, de redondas pecas negras con hechuras de pepinazo. A la vieja pared la protege un zubizarreta chiquilicuatro con las manos enguantadas de rojo chut. Cada gol presume de estruendo y de bronca de la vieja del segundo: ¡Ni dormir la siesta la dejan a una! Las hormigas, hinchas sin invitación a la contienda, rugen en sus galerías subterráneas, no se sabe si en señal de protesta, o porque tienen sintonizadas sus antenas al partido que se juega sobre sus techos. Todos los jugadores se sienten en primera división y sueñan céspedes más grandes, más verdes, mientras que sus rodillas los sueñan más mullidos. Todos menos uno que se queda atrás, sólo y en la defensa. Este uno, carne de banquillo, compañero ideal de los chupones, este uno, más gordito y blandengue, sueña más bien con las dos rebanadas de pan chorreadas de mantequilla que pitan el medio tiempo. Las dos rebanadas que le saquen de su perpetuo fuera de juego.

En esto que el tiempo les traiciona, les engaña, les hace una filigrana. Y pasan muchas, muchas tardes, y los partidos se van volviendo pachangas, y sin darse cuenta dejan de darle al balón, y se ven sentados en el banco de la misma pared color vainilla, vieja pero con menos pecas negras; o en el suelo que ya no es ni el Nou Camp, ni el Bernabeu, sino el suelo duro del patio del barrio. Ahora charlan de otras cosas, sueñan de otros sueños. Y estos sueños dejan de ser eléctricos, aventureros, descarados, granujas y se vuelven acuosos, tímidos, humeantes, circenses, escurridizos… El fútbol necesita un sustituto que les moldee sus sinvivires melancólicos, que rebosan apetitos por desatar. Y entonces del banquillo sale la música. “¿Tú escuchas los cuarenta?” dice uno “Los Celtas han sacado un disco en directo” sigue otro “Mi hermano lo tiene, la canción Veinte de abril está guapa” replica un tercero. El cuarto lanza un libre directo “¿Habéis visto en la tele a la Maria Carey? Está buena, ¿ehn?” Y a pesar de los cambios en la alineación de sus sentires, de sus emociones, cuando llega el atardecer los siguen llamando las madres, porque se va a enfriar la comida. El gordito, aún viendo que se hace tarde y que sería mejor volver a casa, prefiere quedarse a ver el atardecer, porque ha encontrado un pasatiempo mucho más útil que el fútbol. Ponerse a pensar. Hay otro al que tampoco le apetece irse todavía. Este otro, más larguirucho, con el garbo de una espiga y aquel uno forman el tándem perfecto para retahilar deseos por cumplir. Y los dos se ponen a charlar y se les van las horas, subiendo santos al cielo. Que si las mates son un coñazo, que si no me dejan más de las doce, que si el año que viene el instituto a ver qué pasa, que si los pelos en la barba y en no sé donde, que si las niñas… Ay, las niñas, que ya no lo son tanto… Rezando por sus julietas se les echa encima la noche, que les regala un capote de estrellas para que cuelguen allí sus sueños. Y ya de vuelta a casa, el gordito se mete en la cama, y se arropa con los sueños de estrella y con el fogoso deseo que agita sin parar el corazón… y a veces también la mano. La noche pita el fin del partido y el inicio de otro. Queda atrás la pared vieja y amarilla, y empieza la senda del tiempo.

David

viernes, 11 de septiembre de 2009

Cazador cazado


La oscuridad pesaba como un manto de rocas malolientes.

Las pupilas negras del cazador ocupaban la totalidad de sus lagrimosos ojos. No era la primera vez que se enfrentaba a la criatura, pero el miedo aún le seguía paralizando el aliento.

El silencio era atronador.

Su corazón parecía galopar desbocado por un inmenso vacío negro profundo. Sabía que la criatura se ocultaba cerca; podía oler su hedor nauseabundo; presentía su mirada pétrea clavada en su nuca... siempre en su nuca.

Aún le ardía la pantorrilla derecha, como vestigio intimidador de su anterior enfrentamiento, aquella otra noche pasada de valor encendido, que acabó con sus huesos tendidos en la húmeda arena de la caverna maldita.

Pero en esta otra ocasión no podía permitir que volviera a sorprenderlo, no debía hacerlo. El futuro de la humanidad estaba en juego, además de su orgullo; quizá éste más importante aún. Y el cazador lo sabía.

Por eso se mantenía agazapado, acechante, mirando a cada lado, sin ver absolutamente nada. De su mente no podía apartar la imagen de unos dientes sanguinolentos, afilados, bajo una mirada de fuego que le atravesaba el corazón y le hacía temblar hasta el último de sus pelos. La imagen del ser más despreciable y salvaje que pudiera concebirse desde el inframundo, el único lugar capaz de engendrar una criatura de semejante maldad.

El hedor iba en aumento. Al igual que el terror que le envolvía.

El inquietante momento del choque final se acercaba; lo intuía... lo temía.

De repente, un roce inesperado en el costado le obligó a girarse, dando un respingo sobresaltado y torpe, blandiendo su arma acerada a diestro y siniestro, sin el menor atisbo de éxito en la embestida.

Algo le atenazaba el brazo ejecutor.

El cazador intentó zafarse de su opresor, pero, en su apresurada huída, tan sólo consiguió trastabillar con la masa informe que le rodeaba y oprimía, cayendo irremediablemente al frío suelo.

En ese mismo instante, presa del horror de verse vencido y al borde de la más temida de las muertes, en espera de la dentellada final, una luz poderosa y cegadora emergió de la nada, enfundándolo en un estado de confusión y perplejidad absoluta.

Al mismo tiempo, surgiendo de la profundidad cavernosa, envolviendo la luz, el miedo e incluso a la misma criatura que aún lo aferraba con furia, un grito espeluznante acabó con las escasas esperanzas que le quedaban de salvar su integridad:


“¡¡¡Pedrito, te tengo dicho que no juegues a oscuras en el dormitorio!!! ¿Otra vez quieres hacerte daño en la pierna con la cómoda? Y se puede saber qué demonios haces en el suelo enredado en la cortina. A tu padre vas ahora mismo.

Venga, que ya está la cena puesta.”


“Sí, mamá” —dijo el cazador, derrotado y cabizbajo, al tiempo que se levantaba y se dirigía hacia la puerta.


Pero justo antes de salir, tras darle al interruptor que apagaba la luz, no pudo reprimir una mirada huidiza hacia el insondable abismo que dejaba atrás, y que era cruzado a la velocidad del rayo por una sonrisa hueca y malvada, y un par de puntos de fuego luminosos al fondo del todo le recordaban que tenían una cuenta pendiente.


Esa noche volverían las pesadillas.


*Imagen de la sierra de Baza.

viernes, 28 de agosto de 2009

El extraño, la playa y... la Vida


Y la muerte se pronunció.

Fría y calculadora, súbita como un rayo en el estío, impredecible e incuestionable.

Y, como siempre, perturbadora.

Sólo contaba con cuatro primaveras de vida, si es que el tiempo puede tener alguna relevancia cuando hablamos de lo único capaz de trascenderlo.

Quizás más importante que el cuándo, fuese el cómo.

Finalizaba agosto. El mar se encontraba encrespado, color aceituna y olor a invierno prematuro; en el cielo aborregado, un rastro de rescoldo y ceniza indicaba la marcha reciente del astro soberano hacia el otro lado del mundo.

El aire acariciaba las frías aguas del océano justos antes de abrazarme con su gélido aliento.

La playa parecía desierta; al fin era mía.

La estela cremosa de las olas invadiendo la arena y cubriendo mis pies desnudos, absorbía mi atención por completo, retrasando el momento en que me percatase de lo que ocurría a pocos pasos de mí.

Cuando lo hice, la primera impresión fue de incredulidad, sólo durante un interminable segundo, luego, miedo.

El murmullo sordo que envolvía mi paseo, procedente de las pocas almas que acompañaban mi trasiego, fue transformándose en grito atropellado: ¡Mi hijo, mi hijo!, eran las únicas palabras que escupía aquella madre, atormentada por la impotencia, arrodillada junto al cuerpo inanimado del muchacho, hundida en un abismo de tierra apelmazada y agua salada.

No sé de dónde empezaron a aparecer tal cantidad de personas corriendo en la dirección del suceso, bajo la mirada vacía de una gaviota altiva e indiferente, ajena a la tragedia que tan consternados tenía a otros. También yo me acerqué con precaución.

Cuando pude apreciar su rostro azulado entre el gentío, lo tuve claro: no respiraba.

Nunca llegaré a entender qué hacía aquel pequeño en el agua a esas horas, ni en qué pensaba su madre mientras lo engullía una ola traicionera, pero... ¿acaso puede importar eso?

Un niño siempre será un niño, y una madre siempre será una madre, y... yo soy yo. Al instante supe lo que debía hacer.

Dejando el miedo a un lado, me colé como una sombra entre los curiosos y los aprendices de médico, hasta tener el cadáver a mis pies; me agaché y le coloqué con suavidad mi mano derecha en la frente.

No llegué a ver sus ojos arenosos abiertos, pero tampoco fue necesario.

Me retiré cuando tuve que hacerlo, como cuando llegué, casi inadvertido por los demás.

En cuestión de segundos y entre grandes arcadas, el pequeño escupió todo el agua que contenían sus pulmones. Abrió los ojos y lloró amargamente, ante el alborozo de todos los testigos, incluidos aquellos que la presencia de la aflicción había mantenido a distancia, que entonces sí se acercaron, atraídos por la irrupción repentina de la dicha.

Yo sólo me quedé el tiempo justo de obtener mi recompensa: el abrazo sincero, entre lágrimas y sollozos, de una madre a un hijo y de un hijo a una madre. ¿Puede haber muestra de amor más auténtica?

Después de aquello no volvería a materializarme más en ese mundo. Mi cometido ya había sido cumplido.

lunes, 1 de junio de 2009

Vale ya de amores, coñiiii Un cuento, pa variá


Érase una vez que se era, en un lugar muy, muy cercano... aquí mismo, vaya, en el salón de mi casa; y en un tiempo nada, nada remoto... casi hace un rato, para que nos entendamos, ocurrió el hecho más sorprendente e inesperado de cuantos hechos sorprendentes e inesperados pudieran ocurrir; una cosa la mar de rara, que se dice, vayan vuesas mercedes haciéndose una idea.

Y como servidor de ustedes no es de esos que se guardan las cosas para sus adentros, que poco provecho viene a tener esa manía, pienso yo, pues me da el contar todo lo por mí oído, que no vivido, no se vayan a pensar. Porque resulta que esto tan extraño que paso a relatar inmediatamente, llegó a mi entendimiento a través de un pequeño pez, de esos de colorines, que vive en un estanque que corre por el lugar mencionado, de aguas verdes y transparentes, como luna de escaparate de El Corte Inglés, miren ustedes. Es bien conocida la sinceridad y honestidad que estos bichos ostentan, ya sea por lo memoriados que son, también de sobra conocido este detalle, o por lo avispados que resultan ante tantas nuevas experiencias que les acontecen durante sus prolongadas vidas. De ahí mi tranquilidad al exponer a sus mercedes lo que por su boca salió, líbreme el Altísimo y que me cuelguen por mis atributos de la rama más alta de este álamo que me cobija, si miento o exagero en algo de lo que diré a continuación. Y este punto debe quedar bien clarito, pues nada más lejos de mi intención que poner en entredicho mi intachable fama de persona honrada y bien dispuesta para decir verdad en todo asunto que se tercie.

Pues como decía, asomábase el pececito a través de estas aguas limpias, las mismas que en tiempos de antaño vieron surcar navíos imponentes en pie de guerra, que no vayan a pensarse que esto me lo contó también el susodicho pez, a tanto no llega su longeva existencia, no, de esto de las batallas navales de la antigüedad por las aguas que bañan el salón de mi casa vine a enterarme por unos escritos grabados en un gran pedazo de hielo que trajo la marea hasta la orilla más próxima al sofá, durante un día de aquellos de largo viento de poniente y calor sofocante. Que uno, aunque un poco despistado, también es instruido en el arte de las letras escritas, qué se creían, si no ¿de qué iba a estar tan bien mirado por el barrio?

Pues eso, que salió el animalito y ahí que me lo soltó todo, sin omitir ni una sola coma, con todo lujo de detalles, dejándome tan boquiabierto como seguro que quedarán todos ustedes, vaya que sí, si no al tiempo.

Y no quiero dilatarme más con tanta palabrería vacía, porque más de un espabilado pensará que nada tengo que decir, ya saben la de malpensado que anda suelto por el mundo, válgame Dios. No quisiera tener que repetir lo poco aficionado que soy a jugarme la credibilidad que me caracteriza y por la que tanto andan siempre buscándome en reuniones y demás correrías de amiguetes dispuestos a la charlatanería, quede claro el asunto.

Sin más dilaciones ahí va el tema, avisado han quedado más que de sobra, que conste, no me vengan después con aquello de “no me lo puedo creer” o “que me parta un rayo si eso es verdad”, les prevengo que soy de fácil enojar y de más rápido entrar al quite, que como me entere de que alguien pone en duda lo contado, no respondo de mi empuje, que también soy afamado por mi incontenible arrebato. Ya les digo que a las buenas soy como el mejor, pero cuando me tientan.... cago en Dios, qué me ciego, ¿eh? ¡Qué me ciego! Y me lío a mamporro con ‘to’ lo que se menea. Ahí queda dicho y avisado.

¿Qué iba diciendo? ¡Ah sí! Lo del boquerón ese, que ya se me va olvidando con tanto dime y direte. Pero es que tiene que ser así, si no después pasa lo que pasa. Y es que estas cosas de tanta enjundia para el día a día hay que hacerlas bien, o mejor no se hacen, porque para chismorreos ya están los demás, vuesas mercedes, que son gente de grandes entendederas, seguro que me comprenden, ¿no es verdad? Pues claro, si es lo que yo digo.

Bueno, antes que nada decir lo embobado que me quedé en viendo salir al pescado de marras como ya he dicho, porque sí, ya pasó de pez a pescado, no pude evitarlo, y es que lo de mi carácter de ‘echao palante’ no iba en broma, ¿qué se creían? Lo vi ahí tan brillantito y como metido en manteca que se conservaba el condenado, que daba gloria verlo, vamos, y me fue imposible aguantar el arranque de trincarlo, como se imaginarán. Y es que uno de esos entre dos cachos de pan y unas rodajas de tomate está que ni pa’qué te cuento.

A lo que iba, que se me va el santo al cielo...

¡Ahí va, la ostia, que me quedo sin papel para terminar este cuento!; ya estoy viendo por ahí la rayita de puntos que me dice que hasta aquí hemos llegado. Verán ustedes, que no es muy de mi agrado eso de alargar las historias, que ya me conozco yo al personal y sé de buena tinta que en cuanto ven más de cuatro palabras seguidas se echan a temblar, porque es así, qué vamos a hacerle. Pues no soy yo nadie en eso del calado humano, que me las pinto solito; más quisiera yo poder dar rienda suelta a mis saberes, y no por mí, qué va, sino por aquello de ilustrar al gentío, que buena falta le hace; ustedes se lo pierden, conste.

Pues lo dicho, que ya les contaré en cuanto pueda lo que me dijo el calamar ese.... ¿o era un renacuajo? Bueno, lo que sea, qué más da, que no soy yo de esos que gustan andar perdiéndose en detalles, qué les voy a contar que no sepan.

Por cierto, ¿conocen vuesas mercedes el cuento de la buena pipa?

viernes, 8 de mayo de 2009

Amores... propios


Al fin llegó la hora; no podíamos acabar de otro modo, ya lo sabes. Has sido toda mi vida hasta ahora, todo lo que siempre había deseado. Pero un amor tan apasionado siempre tiene fecha de caducidad y el nuestro no iba a ser una excepción. Sé que me lo has dado todo... pero debes reconocer que también me has negado mucho. A tu lado, en todo momento he sido un esclavo, prisionero de tu egoísmo, encadenado a tus ansias de poder y de gloria infinitas; una marioneta enmascarada tras tu sombra, siempre orgullosa, y a menudo vacilante.

Mientras me mantuve... perdón, me mantuviste ciego, todo fue de color de rosa, un idílico arcoiris desenfrenado de pasión, sexo, rabia y locura sin límite ni control. En definitiva, me colmaste de placeres mundanos con el fin de mantener esa venda de ilusiones sobre mis ojos.

Sé que no te encontrabas muy a gusto cuando me perdía entre aquellos libros... sí, aquellos que hablaban de desapegos, felicidad y sufrimientos. Tú ya eres feliz, me repetías con insistencia, no necesitas perder el tiempo hundido en semejante literatura, eso son cosas de gente desequilibrada emocionalmente y poco seguras de sí mismas... pero tú, que lo tienes todo en la vida, olvida todas esas tonterías filosóficas sin sentido y vayámonos al cine, a ver una buena película de acción, de aquellas que gustabas ver antes, ¿te acuerdas? Lo que disfrutábamos juntos....

Esas eran tus palabras; ¡cuántos sermones así he tenido que aguantar en estos últimos tiempos! Me lo has puesto bien difícil. Y cuando comencé con la meditación fue la gota que colmó el vaso; creo que fue entonces cuando te diste cuenta de que algo andaba mal, de que ya no era el mismo de todos los días, tu fiel compañero y amante. Por Dios cuánto luchaste por mantenerme a tu lado, bajo tu yugo... Pero esta vez no pudiste conmigo, la paciencia y el tesón siempre tienen su recompensa, y, en mi caso, la recompensa fue lograr desenmascararte.

Ahora ha llegado el momento de emprender mi viaje. Vendrás conmigo, por supuesto; nunca podremos separarnos, lo sabes, y si consigues comprenderme seremos muy buenos amigos, ya lo verás. Lo pasaremos bien, sólo que de otra manera diferente, una más sana y sincera, sin tanta hipocresía ni falsas apariencias. Te gustará, créeme; en cuanto sientas bajo tu piel ese hormigueo recorriendo todo tu ser hasta desembocar en una sonrisa plena y veraz, comprenderás lo que te estoy diciendo. Prometo que te volverás adicto a esa sensación inigualable de dicha eterna que te espera; y será entonces cuando me des la razón, dejarás de resistirte y te convertirás en mi mejor aliado y compañero en este nuevo camino que vamos a emprender juntos.

Creo que será un viaje tranquilo, no hay mucha gente que cruce el estrecho camino de un país tan remoto y pobre.... No empieces otra vez, ya sabes que la palabra loco dejó de tener para mí connotaciones negativas, así que no insistas.

Lo primero que tendré que hacer contigo será cambiarte el nombre; ese será un buen comienzo. A partir de ahora dejarás de ser mi Ego para convertirte en mi Alma amiga, ¿qué te parece? Bueno, ya te acostumbrarás.

Vamos, ya anuncian nuestro vuelo.

Amores.... virtuales


Cada mañana, al despertar, corría impaciente hacía el ordenador en busca de algún comentario, un mensaje.... lo que fuese, le daba igual. Era lo primero que hacía cada día, antes de vestirse, de desayunar, a veces incluso antes de orinar; la obsesión le vencía irremediablemente. Su blog era comentado por decenas de personas de las más diversas procedencias y edades, pero a él sólo una de ellas le importaba realmente.

Desde aquel día que la vio por primera vez en su espacio virtual, esa imagen que acompañaba al comentario le cautivó por completo. Su pelo largo y rubio, ondeando sobre el hombro desnudo, esa mirada retadora con ojos de hielo chispeantes y unos labios color de miel que parecían ocultar el más arcano de todos los misterios de la creación. Y sus palabras, siempre dulces, siempre insinuantes, como intentando conquistarle, o al menos así le parecían a él... o así quería creerlo. Era el ser más perfecto que pudiese ser concebido por este Universo.

Su admiración, su amor, fue en aumento después de escudriñar con una paciencia de relojero cada entrada publicada en el blog de su amada. Era una poeta incansable, apasionada, capaz de extraer versos insuperables de cualquier situación vivida o soñada; su tema preferido: el amor.

Y él no tardó mucho en autoproclamarse protagonista de los delirios de su amante desconocida. Cada poema escrito por aquellas manos que imaginaba deliciosas, se pensaba que iba dirigido hacia él, a tal extremo llegó a seducirle cada palabra que le regalaba desde su web.

Con el tiempo fueron afianzando su confianza; él le devolvía cada visita en el mismo tono excitante, llegando a veces a rozar los límites de lo cuestionable, y ella le correspondía con palabras aterciopeladas y repletas de caricias que le hacían enloquecer más y más. Besos y abrazos dejaron de ser sencillas despedidas inexpresivas para pasar a tomar todo su significado más ardiente y apasionado. Se intercambiaron e-mails, números de teléfono, sus contactos se multiplicaron, transcendiendo de la impersonal pantalla de ordenador hacia la más cercana y peligrosa realidad cotidiana. Les separaba una distancia considerable, pero las promesas de acercamiento se repetían una y otra vez, aumentando su desesperación hasta límites inhumanos. Él sabía que estaban condenados a conocerse y amarse de por vida... pero no veía el momento.

Cierto que había algunos inconvenientes, como su matrimonio, sus dos hijos, los trabajos de ambos... en fin, toda una vida por detrás... pero ¡qué caray! El amor podía derribar cualquier obstáculo, ¿acaso no era eso sobre lo que escribían una y otra vez? También había oído hablar infinidad de veces sobre los peligros que podían conllevar las relaciones a través de la Red; el crearse una ilusión inexistente, construir castillos en el aire, etc., pero él sabía que el suyo no era el caso. Era una persona adulta, inteligente, y además, aquella mujer, aquel ser delicioso, llevaba más de un año escribiendo en su bitácora particular unos poemas que hablaban sobre su vida, sobre ella misma, así que debía ser real; ERA REAL.

Pero cada cita que intentaba concertar con su amante escurridiza era a su vez pospuesta por ella; una reunión de trabajo, alguna enfermedad inoportuna, una visita de última hora,.... cualquier excusa era válida para retrasar tan esperado momento. Así que llegó la hora en la que el corazón, apunto de estallarle en el pecho, le pidió a gritos que dejase a un lado las palabras y pasase a la acción.

Las broncas en casa, con la familia, habían llegado a tal extremo de crudeza y era tal el infierno que vivía cada minuto sin ella, que poco importaba ya el riesgo que asumía al hacer una maleta y tomar el primer vuelo hacia la ciudad donde vivía el gran amor de su vida.

Se presentó una mañana lluviosa de invierno en el portal de las oficinas donde trabajaba, con el ánimo encendido y el rostro resplandeciente del adolescente que intenta sorprender a su amor de juventud. Fue entonces cuando cayó en la cuenta de que ella no conocía su aspecto; su avatar cibernético correspondía a una imagen abstracta que siempre le había llamado la atención, nada que ver con su rostro. Esta circunstancia aún hizo aumentar más su excitación de amante primerizo, pero no le coartó en absoluto su resolución de lanzarse a sus brazos en cuanto la tuviese delante. Presentía que el momento se acercaba.

Tenía memorizado cada vello de su tez azulada, así que intuía que no le resultaría difícil hallarla. Entró resuelto, aunque nervioso, y comenzó su ansiada búsqueda entre el escaso personal que allí se encontraba. Pero antes de toparse con ese rostro refulgente de sus sueños, fue a encontrar su nombre completo grabado en una pequeña placa de metal junto a una puerta acristalada, tras la cual se percibía el movimiento de una figura femenina. Sin más dilación, la abrió con el corazón desbocado de impaciencia.

Aquella mujer que le miraba absorta ni por asomo se parecía a la esperada; era bastante mayor, algo rechoncha y de piel morena y grasienta. Cuando él preguntó por el nombre que figuraba en la puerta, sus peores sospechas cobraron vida: era ella.

Incapaz de pronunciar una sola palabra, se dio media vuelta, y huyó en dirección al aeropuerto. Tras arduas disculpas y complicadas maniobras de persuasión, logró el perdón de su esposa... y su vida continuó en el mismo lugar donde la dejó.

Cada mañana seguía despertando deseoso de comprobar los insinuantes mensajes que recibía de su amada. Y cada mañana, continuaba contestándole con palabras llenas de cariño y promesas de amor eterno.

Esa imagen de pelo rubio y ojos cristalinos jamás pudo borrarla de su pensamiento... la imagen de su amada, de su amor imposible... pero real.

martes, 24 de marzo de 2009

El RuiSeñor de los Anillos


–¡Qué no, qué no, qué no y mil veces no! –gritó Pedro una vez más a la desesperada.
–¡Maldito niñato de los demonios! –le espetó Gándalf malhumorado–. ¿Cuántas veces quieres que te lo repita? ¡Es tu destino y debes de cumplirlo!
–A la porra con mi destino. ¿Cómo debo decírtelo? ¡Qué no me peleo yo con nadie, por muy monstruo que sea, por una mierda de anillo!

En ese preciso instante al anciano mago se le cambió la faz de la cara tornándose oscura y de aspecto siniestro, la luz de la sala se amortiguó como eclipsada por un oscuro nubarrón y un trueno sobrecogedor bramó por toda la estancia provocando un temblor generalizado. Y su voz resonó como salida de ultratumba.

–¡¡¡Pedro Bolsóm, de Bolsóm Cerrado; descendiente directo de la más alta estirpe de Hobbits valerosos portadores del anillo. Tu apellido y tu linaje te obligan a continuar con la honorable misión de portar el codiciado anillo de poder a las oscuras tierras de Mordor y destruirlo en los fuegos fatuos del abismo primigenio. Así que no te vuelvas a atrever a contradecir mi sagrada palabra....!!!
–¡Prrrrrrr! –interrumpió el pequeño hobbit formando un círculo con los dedos índice y pulgar y llevándoselos hacía la boca para exhalar una sonora pedorreta.

El rostro de Gándalf volvió a la normalidad en un suspiro, desapareciendo al mismo tiempo la tenebrosa oscuridad y demás efectos misteriosos con la misma rapidez con que surgieron.

–¡Joder, joder y joder! –maldijo para sí mismo–. ¿Qué habré hecho para merecer esta condena? Ya te he dicho que no irás solo; tendrás que formar la Compañía del Anillo, con enanos, elfos, hombres,....
–Mira tío, el hecho de que seas inmortal no te impide reciclarte un poco de vez en cuando, ¿no crees? ¿Pero tú sabes lo que estás diciendo? ¿Qué Compañía ni que niño muerto? Los enanos ya no son lo que eran; desde que se quedaron obsoletas las mazas para la guerra, tan sólo te los encuentras en los circos haciendo el payaso o toreando con un grotesco gorro de bombero en la cabeza. Con los elfos tampoco se puede contar en estos tiempos; con esas ridículas orejas no se atreven a bajar de los árboles porque los niños les tiran piedras. ¡Y qué te voy a contar de los hombres! Dale una espada a cualquier príncipe de hoy en día y te preguntará que dónde está la cinta que hay que cortar para inaugurar no se qué monumento. ¡Qué no, hombre, que los tiempos han cambiado, a ver si te enteras de una vez!
–¡Me da igual! –volvió a gritar el mago pataleando obstinado en el suelo como un niño caprichoso–. Tus descendientes siempre han sido los portadores del anillo y tú debes de seguir la tradición, así que, pongas como te pongas, te va a tocar hacer el viaje y afrontar los peligros que se tercien.
–¡Ni muerto, vamos! –contestó Pedro para la desesperación del anciano–. Además, ¿qué te crees? ¿qué no he visto la peli? Sé de sobra que mi antepasado Frodo poco tuvo que ver con la desaparición de ese estúpido anillo. Si no llega a ser por su amigo Sam, otro gallo le hubiese cantado.
–Así es, pero por desgracia la estirpe de Sam se perdió hace lustros, así que tendrás que buscar nuevos amigos que te acompañen. Seguro que no te faltarán amistades ávidas de nuevas aventuras en pos de salvar a la humanidad.
–Tú flipas, viejo. ¿Qué quieres, que me tomen por tonto, o qué? Te crees que la gente no tiene otra cosa que hacer más que ir de acá para allá con un anillo al cuello, matando orcos y jugándose la vida por el rollo ese del bien y del mal. ¿Acaso te va a pagar eso la hipoteca o te va a ayudar a encontrar curro? –sentenció el hobbit.
–¡Pero qué estás diciendo, pequeño insensato! Estamos hablando de impedir que la humanidad caiga en la era oscura y tú me sales con hipotecas...
–Eso, en la oscuridad me voy a quedar yo si no consigo pasta para pagar el recibo de la luz, así que vete a otro con ese cuento, que el menda éste se queda en casita. Poco tranquilo que estoy yo aquí con mi tele y mi PlayStation para ponerme ahora a correr aventuras como un loco.
–¿Y ahora qué hago yo con este anillo? –preguntó Gándalf resignado.
–Y a mí que me cuentas –le respondió Pedro sin parecer importarle en nada la desesperación del mago–. Además, ¿se puede saber qué pasa con esos anillos? ¿es que crecen en los árboles, o qué? Si es que no hay manera de terminar con ellos, ¿no te das cuenta?
–El mal siempre halla la forma de resurgir de sus cenizas –dijo el anciano con solemnidad–. Por eso no debemos bajar nunca la guardia ante esta amenaza constante.
–Sí, eso mismo dijo el expresidente Bush después de la caída de las torres gemelas y mira en qué lío nos metió. Anda y vete a darle la lata a otro ingenuo, viejo pesado, que yo ese rollo ya me lo conozco.
–Esta juventud... ¡Qué poco respeto! Es que no hay manera de hacer carrera con ellos –concluyó Gándalf al tiempo que se alejaba cabizbajo.

Y así fue como la Tierra cayó sin remedio en la más lúgubre y sombría Edad Oscura, donde políticos, banqueros y demás criaturas carroñeras y sin escrúpulos dominaron la totalidad del planeta por tiempo indefinido.

viernes, 13 de febrero de 2009

Otro fragmento de "Memorias de un guerrero"

No me atrevería a augurar si fue la falta de experiencia o el infortunio, lo que deparó el angustioso final que las deidades tenían escrito para el que nunca llegó a reinar. Lo cierto es que una mala mañana abrió los ojos tras un amargo sueño lleno de delirios, con la piel ardiente y sudorosa. El temblor hipnótico que le recorría todo su ser, me hizo comprender con prontitud el mal que le aquejaba, y sobre el cual poco se podía hacer; eran muchos los que yo había visto arder con anterioridad en la pira funeraria después de largas jornadas de lucha contra aquellas convulsiones intermitentes, capaces de tumbar y dar fin al más fornido y osado de los guerreros.
Ante mi impotencia, opté por procurarle los mejores cuidados que podía ofrecerle en semejante situación. Su débil constitución, tan sólo fue capaz de aguantar aquel ardor incontenible durante tres noches.
Mientras tanto, en sus alucinaciones de enfermo, parecía adivinar el inminente final que le aguardaba, y una y otra vez, cuando su conciencia se lo permitía, me agarraba con la poca fuerza que le quedaba del brazo, obligándome a prometerle, por los siete mayores dioses, que no abandonase al olvido entre aquellas impuras aguas su memoria de glorioso príncipe de un fausto imperio, el cual una vez fue grande entre los grandes. No tengo muy claro si los fugaces trazos aquí expuestos sobre su persona, serían de su agrado o si tal vez él hubiese preferido que yo me hubiese dejado vencer por la imprudencia faltando a la verdad, relatando memorables conquistas en su nombre, para la veneración y gloria de éste en épocas venideras. Me consta que esto es algo que ya se ha hecho con anterioridad, y no en pocas ocasiones. Espero que me pueda perdonar mi imberbe príncipe, desde allá donde se encuentre, pero me propuse, al iniciar este relato, dejar constancia sólo de aquello que mi memoria diera por cierto, lo cual comprendo que no se ajustará a la realidad, pero no es menos cierto que esta es la única realidad que yo poseo. Si hay algo que me ha hecho comprender la edad, es precisamente que no hay más verdad en este mundo que la que cada cual alberga en su memoria, y, sea sueño o sea experiencia vivida, lo que aquí cuento es todo lo que fui y lo que ahora me queda. No creo que nadie se espante de tanta sinceridad, porque es bien sabido que poco diferencia a lo pasado de lo soñado, así como a lo esperado de lo imaginado, ya que todo ello, una misma huella deja en nuestro destino.
Como iba diciendo, espero que, desde las alturas, sea aquel muchacho condescendiente con su fiel servidor, que lo fue hasta la muerte, ya que, tras su fallecimiento, ni tan siquiera una digna sepultura, conforme su alta estirpe requería, pude ofrecerle, tal era la situación tan precaria en la que me encontraba. Eso sí, juro por la diosa que me concedió la vida, que oré por sus huesos y rogué a las más altas divinidades que acogieran con clemencia a su leal súbdito, y que, por favor, supiesen perdonarle el estado tan calamitoso y exiguo en el que acudía a ellos desde su existencia terrenal.
Poco después, adivino que sería despedazado y consumido hasta la extinción por las más diversas y extrañas criaturas que merodeaban por aquellas aguas pantanosas. Reconozco que lo abandoné lleno de remordimientos e ideas confusas, aunque ahora comprendo que fue un final acorde a una existencia banal.
De nuevo la soledad albergó en mi espíritu.

domingo, 25 de enero de 2009

Memoria futura

–Hola Gabriel, ¿qué haces?
–Hola hermanita, ya ves, aquí visionando algo de historia.
–¡Aaaala, el siglo XXI nada menos! ¿A qué viene ese repentino interés por la prehistoria?
–No mujer, si fuese prehistoria no existirían estas imágenes.
–Ya, bueno, pero casi. No me negarás que no parecen primitivos....
–Eso sí, sólo unos cuantos miles de años de evolución; tampoco se les podía pedir mucho más a los pobres.
–Nunca entenderé cómo podían ser tan listos para algunas cosas y tan ignorantes para otras.
–¿Por qué lo dices?
–Por qué va ser, hombre, ¿no lo ves? Eran capaces de construir máquinas para casi todo, viajar por todo el planeta, incluso por el espacio, vivir en cualquier sitio, comunicarse a través del mundo entero en cuestión de segundos... y sin embargo eran incapaces de vivir en paz.
–Bueno, eran tiempo muy complicados, hay que entenderlo. Aún por aquella época existían demasiadas diferenciaciones entre ellos.
–¿Diferenciaciones? ¿A qué te refieres?
–Sí, verás, pensaban de muy distintas maneras. Habían muchas diferencias religiosas, políticas, filosóficas, espirituales,...
–Alto, alto, para un poco, que ya me he perdido. ¿Quieres decir que aún no sabían que todos eran iguales y por eso combatían entre ellos?
–Tampoco exactamente, ya te he dicho que no es fácil de entender. A veces ni yo mismo lo comprendo. Debes de tener en cuenta que vivían rodeados de fronteras que delimitaban territorios, cada uno de ellos con distintas leyes, idiomas, costumbres, formas de pensar,.... En fin, todo muy difícil para la convivencia.
–Ya veo. Aún no eran lo suficientemente inteligentes como para saber que la única manera de vivir en paz y tranquilos es compartiéndolo todo como auténticos hermanos, ¿no es eso?
–Claro, algo así. Imagínate si eran ingenuos que ellos mismos se autodenominaron homo sapiens. Sólo un necio de verdad se atrevería a llamarse a sí mismo sabio.
–Jajajaja. Es verdad. Incluso me parece que pretendían conquistar el Universo con naves espaciales o algo así; ¡cómo podían ser tan tontos!
–Bueno, bueno, ya está bien de tanto burlarse; debemos de tener en cuenta que fueron nuestros antecesores, y que sin ellos, nosotros no estaríamos aquí ahora ni seríamos lo que somos.
–Tienes razón, aunque si no me han explicado mal, creo que por aquella época el ser humano fue el responsable de una de las mayores extinciones de especies de toda la historia del planeta.
–Y así fue. Las ansias de poder y la ignorancia no son buenas aliadas. La peor parte comenzó con el descubrimiento del petróleo como combustible...
–¿Petróleo? ¿qué es eso?
–Un residuo orgánico que utilizaban para casi todo. Hizo que la producción de bienes se multiplicase enormemente, y consecuentemente también la población creció en proporción. Disparó todos los índices imaginables: económicos, industriales, demográficos, medio ambientales.... Una locura. Afortunadamente se dejó de usar hace ya mucho, aunque el daño que hizo fue irreparable en muchos sentidos.
–Imagino. O sea, que pensaban que el planeta Tierra era infinito y había cabida para todo el que llegase.
–Más o menos. Esa fue la causa de otra de las grandes diferenciaciones entre ellos; había unos cuantos que tenían mucho a costa de la mayoría que apenas tenían para sobrevivir, y claro, todo el mundo ansiaba vivir como el que más.
–Es lógico. Y entonces volvemos de nuevo a lo mismo de siempre, ¿no? La escasez de inteligencia de los que tenían más, les impedía saber que compartiendo vivirían más tranquilos y serían más felices.
–Exacto.
–Pues sabes lo que te digo, que me alegro de no haber nacido en aquella época tan primitiva. Anda, deja de perder el tiempo con eso y salgamos a jugar, que luce un sol espléndido.

viernes, 23 de enero de 2009

El esquirol - 2ª parte

Empujado por algunos compañeros que dicen que siempre les dejo con la miel en los labio porque no termino las historias, me atrevo a concluir ésta, pero dejando constancia de que pienso que es preferible dejar el misterio del final a la imaginación de cada lector. Ya me dirán lo que piensan al respecto.



Transcurría el mes de Abril de 1968, el ambiente en Europa estaba crispado políticamente, pues tanto obreros como estudiantes se alzaban en reivindicaciones y protestas que parecían no tendrían fin.

En Madrid, aunque amortiguado por la férrea dictadura franquista, también se palpaba que algo estaba ocurriendo. Los sindicatos clandestinos (solo el sindicato vertical estaba autorizado) empezaban a organizarse y en las fábricas e industrias con gran número de trabajadores era visible la vigilancia policial continua, con ánimo de disuadir los alborotos.

Tom trabajaba de capataz en una empresa tubera instalada en el Polígono industrial de Villaverde. Allí, entre otras, estaban fábricas como Marconi, Standard, Barreiros... todas ellas con miles de trabajadores en nómina. TUBASA era más pequeña, alrededor de 250 empleados, allí Tom estaba al cargo del turno de tarde con 80 obreros y especialistas a sus órdenes. Era el típico mando intermedio que mantenía estrechos contactos con la Dirección Industrial y al mismo tiempo se había ganado una buena reputación entre los obreros, por su capacidad de diálogo y entendimiento de los problemas, a fin de cuentas, como él solía decir, había sido cocinero antes que fraile.

Esta posición le colocó en esos meses cruciales en una situación que él sentía comprometida. Su compañero y amigo Esteban, se había convertido en una especie de líder entre los obreros de su fábrica, se decía que pertenecía al ilegal sindicato Comisiones Obreras, y que incluso mantenía contactos con el, por entonces, mítico Marcelino Camacho. Esteban le había comentado que para conmemorar el día del trabajo el próximo 1 de Mayo, el movimiento obrero estaba preparando una manifestación que iba a ser sonada y con repercusiones internacionales, a ver si de esa forma hacían tambalearse al régimen. Estaba previsto que desde Villaverde se iniciara una marcha hacia la glorieta de Atocha, donde coincidiría con otras iniciadas en Vallecas y Carabanchel, y allí Camacho y algúna otra sorpresa leerían un manifiesto escrito para la ocasión, en el que se reivindicarían derechos para los trabajadores, menor jornada laboral, incrementos salariales, etc. y hasta la OTI (Organización Internacional del Trabajo con sede en Suiza había prometido una colaboración).

Según se acercaba la fecha, Tom procuró evitar los contactos, sobre todo después del trabajo, pero aún así no se sorprendió cuando un sábado, a las 10 de la noche, cuando se dirigía a su domicilio fue abordado por dos personas que se identificaron como agentes de la policía y le pidieron que les acompañase. Estaba claro que sus jefes habían informado de la posición estratégica que Tom ocupaba y consideraban que él podía informar de cualquier intento de agitación que se estuviese preparando. Le retuvieron en comisaría toda la noche y gran parte del domingo, hasta que Tom les explicó todo lo que su amigo Esteban le había comentado. Después le dejaron marchar sin más, ni agradecimientos ni amenazas, solo un "ya puedes irte a casa".

Tom dudaba si contar a Esteban lo que había sucedido, pero finalmente optó por callar pues consideró que la policía seguro que tenía esa misma información por otras fuentes y como mucho, les había servido para contrastarla, no creía que lo que se tramara en TUBESA tuviera una repercusión vital en los hechos que pudieran acontecer.

Cuando llegó el 1º de Mayo, los obreros se concentraron en la carretera de Toledo, sentido Madrid, e inicaron su camino hacia la glorieta de Atocha. Cuando habían caminado aproximadamente tres de los siete kilómetros previstos, la policía les cortó el paso con brigadas antidisturbios preparadas con gases y pelotas de goma, tanquetas, mangueras y todos lo instrumentos típicos de la época para disuadirles de sus intenciones. Los manifestantes que sumaban más de 2.000 personas se envalentonaron y comenzaron a quemar contenedores y lanzar piedras. La refriega fue colosal, la policía asustada cargó contra ellos e incluso se oyeron disparos. El resultado fué de numerosos heridos en ambos bandos y cuantiosas detenciones, entre ellos cayó Esteban, quien perdió además un ojo de un pelotazo de goma, se quedó sin empleo y estuvo 6 meses en la cárcel de Carabanchel.

Lo peor fue que durante su reclusión Esteban se enteró que la filtración a la policía había llegado desde su empresa, lo cual le hizo meditar en quien estaba en conocimiento del tema y no tardó en sospechar de Tom. Esto produjo el típico rechazo hacia el hasta entonces querido capataz, de forma que Tom tuvo que buscarse otro trabajo como tipógrafo en una imprenta y allí empezó a beber y a declinar su vida. Ese había sido el primero de una larga serie de episodios que siempre concluían de la peor forma posible y en los que Tom se veía involucrado como causa ú origen de calamidades, solo el alcohol le ofrecía el refugio y el olvido que necesitaba.

José María

miércoles, 21 de enero de 2009

Aquejado de una Polineuritis de Origen Alcohólico...

Aquejado de una polineuritis de origen alcohólico y enfermo de soledad, se paseaba cada día arrastrando sus babuchas de paño gris por entre las dos hileras de lánguidos cipreses que vigilaban el camino de entrada a la residencia. Desde un banco de fría forja de cara al sol, mi abuela y yo pasábamos sin prisa la hora de la visita, entre preguntas y respuestas, entre las mismas preguntas y silencios y miradas de soslayo a aquel hombre encorvado que parecía llevar en sus pies grilletes de acero.

Decían de Don Genaro que ingresó una mañana excepcionalmente lluviosa del mes de Junio, aquejado de una polineuritis alcohólica y enfermo terminal de soledad, en un estado lamentable y acompañado por su único hijo, el mismo que fue tragado por una alcantarilla aquel día del mes de Junio. Desde el día siguiente a su forzada llegada, Don Genaro no tuvo más ocupación que la de esperar día, tarde y noche que volvieran a por él. Cada mañana sin excepción preparaba la maleta como si fuese esa la última mañana que despertaría en aquella habitación, y después de su paseo, cuando se asomaba la noche y ya no podía cargar él solo con el peso de la decepción, la volvía a deshacer convencido de que esa sí sería su última noche.

Don Genaro, que tenía menos edad y más juicio del que aparentaba, se sentó en nuestro banco de fría forja una tarde hasta entonces idéntica a todas las demás. Sacó torpemente del bolsillo de su chaqueta una foto arrugada y nos la enseñó sin dejar de mirar al frente, simulando ignorar nuestra presencia. Al segundo la volvió a doblar y como si acabase de llegar, nos dio las buenas tardes y para nuestro asombro se fue por donde había llegado. A partir de aquella, repitió la misma operación cada una de las tardes de aquel que fue un verano caluroso como el que más, con la peculiaridad de que guardar la foto ya no era la antesala de su despedida, sino que pasó a ser el punto y aparte que abría paso al relato parsimonioso de la historia de su vida. Durante meses y muchos días compartimos el banco, la fresca sombra, nuestro tiempo y la parte de nosotros que la confianza fue descubriendo. Tan sólo la última tarde antes de su muerte olvidó enseñarnos la foto.

Reconocí a su hijo nada más entrar en la sala de velatorio, y sin embargo no parecía la imagen de la persona que durante tantos días habíamos visto impresa. Reuniendo toda la hipocresía que encontró en sus bolsillos, se acercó a su lecho, le dio un beso en su piel fría y lo abrazó el tiempo necesario para convencerse de que no derramaría ni una sola lágrima por más que se obligara.

-No se apure, le dije, su padre se fue aquejado de una polineuritis alcohólica, pero curado de soledad.
Carmen.

lunes, 12 de enero de 2009

Memorias de un guerrero

Como llevo mucho tiempo sin dejar nada por aquí, me tomo la libertad de publicar un pequeño pasaje del libro que estoy escribiendo y que jamás concluiré. Al ser unas memorias, tiene que ver con lo que estamos tratando últimamente en el taller.
Espero lo disfruten.

"Aletargado en ese estado de semiinconsciencia permanecí durante interminables horas, hasta que el frío me caló en los huesos obligándome a reaccionar. Lentamente, y cobijado aún por las horas desprovistas de sombra que la noche nos otorga, fui arrastrándome como una culebra asustada hacia parajes más cerrados y cubiertos de profunda vegetación. Me incorporé con toda la precaución que un cuerpo tembloroso y dolorido puede proporcionar, avistando los cuatro puntos cardinales en busca de movimientos sospechosos y con el corazón palpitante por la incertidumbre de los acontecimientos que estaban por venir.


El ser humano es un animal curioso; nos quejamos continuamente por las prohibiciones y el hostigamiento a que nos someten sin piedad nuestros líderes, compartimos con gran pesar nuestros escasos bienes con los dioses que nos protegen, proclamamos nuestras ansias de libertad a los cuatro vientos, pero cuando ésta nos abre sus puertas, nos sentimos solos y abandonados, perdidos en una inmensidad incomprensible, desamparados y con la mente desbordada de temores y sospechas inexplicables. Hasta hacía muy poco tiempo, yo era un soldado fuerte y valeroso, temido por todos, ni aun rodeado por los más bravos contendientes me temblaban las piernas ni se me afligía el ánimo, me sentía poderoso y dueño de mis actos y de mi conciencia... Y sin embargo, en ese momento de orfandad, sin ningún bruñido hierro amenazando mi cuello y libre del látigo que en tantas ocasiones había horadado mi espalda, me sentía la persona más desdichada y necesitada que poblaba esta tierra inmisericorde.

En aquel momento comprendí otra gran verdad: en el fondo, todos los seres necesitamos un orden establecido, algo o alguien que guíe nuestros pasos por caminos ya empedrados, aunque no sea el mejor ni el más seguro de los caminos.

No sólo me conmovía por la pérdida de mi hogar y de mis compañeros y conciudadanos, también, y para mí era lo peor de todo en aquellos momentos, me sentía olvidado por las divinidades que otrora velaran por mi seguridad. ¿Cómo en semejante situación de precariedad podía ofrecerles los sacrificios y ofrendas que requerían de mí para que continuasen protegiéndome? Mi desgracia había alcanzado límites extremos, no se podía caer más bajo, a una muerte lenta y agónica le seguiría un eterno vagar por el cavernoso Abismo, donde los más crueles demonios de las profundidades atormentarían mi alma hasta el final de todos los tiempos, ya que nadie sepultaría mi ajado cuerpo rodeado de enseres y alimentos para el viaje infinito, como mandaban las leyes, y mi carne terminaría sirviendo para engordar a sucias alimañas carroñeras.

Con la cabeza confundida por semejantes reflexiones, corrí cuanto pude ciego de espanto y de dolor, alejándome más y más de todo lo conocido y adentrándome con torpe impaciencia en la oscuridad de lo desconocido. Corrí sin parar hasta que la luz ambarina del astro soberano empezó a filtrarse con timidez por los cañaverales que me amparaban. La temporada de lluvias parecía haber remitido para siempre; era evidente que los dioses daban paso a una nueva edad, donde los registros de la que fue mi nación habían quedado archivados para las memorias venideras. Estaba por comprobar si también mi huella sería un apunte del pasado o aún se me permitiría perforar nuevos trazos en el barro en el que se inscribiese esta nueva época que ahora empezaba a asomar."