jueves, 14 de febrero de 2008

Hace como más de un mes, en uno de los estúpidos cursos
a los que estoy siendo sometido,(uno de Competencias Laborales)
haciendo una dinámica de grupo en la que debíamos de convencer
con la palabra, teníamos que enumerar por orden de preferencia
íntima algunos conceptos (entre ellos estaba La Salud y La Libertad).

Yo elegí como primero a La Libertad. Tengo que decir que también
estaba El Amor, El Dinero, La Felicidad, etc, hasta un total de 12.

La única mujer que había en la clase, Paqui, eligió La Salud.
Tuvimos que convencer uno al otro que lo que cada uno había elegido
era lo más acertado. Fue imposible, cada cual se aferró a su
convencimiento de manera que no hubo forma de llegar a ningún
entendimiento.

Luego me confesó que un día cuando ella tenía 12 años
(ahora me iguala en la edad),mientras se peinaba antes de ir al colegio,
en un lavabo de esos sin grifo, de los de antes, vio por el espejo pasar a
su padre que se iba al trabajo y fue la última vez porque ese mismo
día murió en un accidente laboral. Así que ella tenía que defender
La Salud a muerte.

Lo que me llega al alma, no lo puedo remediar, me hierve en la sangre
y necesito sacarlo afuera, y lo escribo.

Le dediqué este poema.


DULCE RECUERDO

Tu cara dormida,
dormido tu pelo,
revuelto, de niña
voraz de colegio.
Te lavas,
te peinas,
redonda tu cara,
redondo el espejo
del palanganero.

Y ves tu mirada
de incipientes ojos
en la plata suave
del redondo espejo
y a un Padre que pasa,
que dice hasta luego,
un Padre que marcha
camino de un cielo.

Y tú, que te peinas,
¡ y tú sin saberlo !.
Tu pelo, tu pelo,
pimpollo de seda,
rosa de los vientos,
y tú le despides
de cara a la luna,
luna de ese espejo
del palanganero.

Ya ha pasado el tiempo
y aquella niñita
del níquel reflejo,
pletórica rosa,
fino terciopelo,
no olvida ese día,
ama ese recuerdo
de aquella mañana
antes del colegio
cuando se peinaba
en el palanganero.


A ella le encantó. Y volvió a confesárseme.
Actualmente está saliendo de un cáncer de colon.

Yo sigo apostando por La Libertad.

Un saludo. moy.

¿puede esto resultar erótico a alguien?

Negro el cielo,
noche tu pelo,
a tu noche vuelo.


Si no fuera por esta suave brisa la noche sería un infierno. Va llegando la hora y se que no podré conciliar el sueño. Hace días que no cierro los ojos verdaderamente. Este recuerdo me lo impide. Mantengo en mis retinas su imagen: su ceñido talle, sus delicados hombros,sus exuberantes senos reflejados en el espejo, su pelo salvaje, sus pequeñas y juguetonas manos, el desfiladero de sus muslos, su silueta toda.

No. No. No,otra vez no. Ahí estás de nuevo. No enciendas la bombilla junto a la luna; te da un tono crepuscular y me excita prematuramente. Ya no hay remedio, tu cuerpo es mi puesta de sol. No, por favor, no te despojes tan lentamente de esos destellos de trapo, no podré soportarlo una noche más. No te quites la camisa botón por botón,con esa dulce parsimonia. No la deslices así de suave por la seda de tu espalda, ni entornes tus delatores ojos mientras lo haces. No quiero mirar y no quiero dejar de hacerlo, no podré sofocar este incendio que me aguarda, no tengo escapatoria.
No vuelvas a bajarte la falda con esa delicadeza y con ese contoneo, siento que me prendo. No la dejes caer de esa manera tan sutil, tan desafiante, tenme lástima. Se que no sabes el fuego que me acosa, aún así no te acaricies el pelo; cuando levantas los brazos el valle de tus axilas me enloquece. No hagas eso, no catapultes tu melena, son tus cabellos como látigos de placer en mis entrañas. No, te lo suplico, no te lleves las manos atrás para quitarte el corchete del sujetador, otra vez has vuelto a acuchillar el espejo con los puñales de tus pezones. Un sudor frío resbala por mi cara, encharca mi ser y quizá no sea suficiente para ahogar este fuego incontrolable que ya arde en mi interior. Jamás volveré a dormir, lo presiento.

Por favor, no te agaches, no cojas lo que se te ha caído, déjalo en el suelo. No dibujes en el centro de este lienzo de deleite que tengo ante mis ojos el minúsculo triángulo de tus braguitas , en él me perderé para siempre. ! Tus manos¡, quisiera que fueran las mías, !mis manos¡, quisiera que fueran las tuyas. No te levantes, no, casi percibo el melocotón de tu culo con la yema de mis dedos. Aaah!, ¡qué noche!, esta brisa me trae tu perfume, me eriza todo.

Arriba,en el obscuro cielo, dos gaviotas pasean como cogidas del ala y una parece que va gimiendo como yo lo hago ahora mismo. No, no, deja tu dedo, no apagues aún la luz. No bajes la persiana todavía. Esta noche va a ser la noche más larga y yo no seguiré en esta maldita ventana espiándote como hasta ahora. Esas aves nocturnas me dan envidia, me dan mucha envidia. Haré como ellas, volaré a abrazarte.



Un saludo. moy

SESIÓN GOLFA (título con la venia de labert)

No sé que me impulsó a entrar en el cine del viejo barrio en esta tórrida tarde de agosto, pero ahí estaba en medio de una sala enorme llena de butacas vacías.

Al principio, la penumbra del local alivió mis deslumbrados ojos y una ligera sensación de frescor envolvió y penetró mi cuerpo hasta socavar mis pulmones, pero esta sensación duró un breve espacio de tiempo, pues cuando se apagaron las luces de la sala un mar de calor me abrazó de tal manera que cuando quise darme cuenta ya me había quitado la camiseta verde de tirantes que llevaba puesta, ¡total el cine enterito estaba a mi disposición!

Comenzó el pase de la película, me revolví una y otra vez en la butaca hasta encontrar la postura más cómoda para disfrutar plenamente del placer que me producía no tener que reprimir mis emociones por alguna que otra norma de urbanidad.

Situé bien las nalgas en el asiento para que descansaran relajadas, después doble las rodillas y deslice las piernas debajo de éste, estiré los brazos por encima del respaldo de la butaca que tenía delante y me incline hacia ella para dejar que el aire circulara libremente entre mi espalda y el terciopelo rojo de la butaca.

Llevaba poco tiempo en esta posición cuando un leve escalofrío me recorrió todo el cuerpo, unos dedos suaves y ágiles rozaban ligeramente los curvos recodos de los pliegues de mis orejas al compás de la banda sonora, mi corazón comenzó a palpitar como una olla express a punto de estallar; decidí dejar a un lado la perturbación que esta situación me producía para franquear el umbral de mis prejuicios y rendirme al placer de gozar lo desconocido. Ahora, las sutiles yemas de los dedos danzaban hacía el centro de mi nuca dibujando infinitas formas invisibles para continuar descendiendo en una cascada de volvoretas hasta separarse en cada una de las sinuosas y onduladas colinas sobre las que descansa mi espalda.

Me eché hacia atrás, giré la cabeza y vi veladamente la desconocida silueta entre las luces y sombras que dejaba cada uno de los fotogramas que se proyectaban en la pantalla, alargué los brazos y acaricié su deseado cuerpo, primero con vacilación y luego con alboroto, explorando el terso y palpitante mapa poroso que comenzaba en su labio inferior y carecía de fronteras, el calor se concentró ahora en mi vientre y en la parte interna de mis muslos, sentí las palpitaciones del corazón en mi sexo, me estaba excitando y la posición en la que me encontraba dificultaba mis movimientos. Sin buscar atajos mis labios buscaron los suyos, los encontré detrás de un jadeo de deseo entrecortado, percibí la humedad de su boca, y la punta de mi lengua se demoró en recorrer la suave superficie de su labio inferior, desde una comisura a la otra, y luego el labio superior hasta que nuestras bocas, con una sincronización perfecta, resbalaron juntas en un pausado e intenso beso.

Separé mis labios para recibir su aterciopelada lengua, era la primera que carecía rostro, la primera en acariciar la bóveda rugosa de mi paladar, la primera en jugar lentamente con mis encías, la primera en saborear mi saliva y lamerme la lengua, y la primera también en escarcharme rocío en el aliento.
Labert.

miércoles, 13 de febrero de 2008

Melocotón y almibar de azoteas



Y de postre, sueños. Luis, después de la comida, estaba sentado en la silla de enea y con la cabeza caída y doblada, aplastando con ella sus manos abiertas sobre la mesa. Aquella no parecía ser la postura ideal para tan dulces ensoñaciones como estaba disfrutando. El cuerpo le hervía, como a todo buen quinceañero, y aquel hervor de cálida tarde veraniega terminó rebosando por su boca; a pesar de su celo por no quedarse dormido terminó babeando la siesta en la misma mesa. Y aquel rebose al fin, aquel hilillo cálido y denso, jugo de siesta placentera, terminó por despertarle al deslizarse por el envés de su mano. Miró el reloj sobre el aparador y cogió con su mano al superviviente del postre, un melocotón maduro y tierno, al que Luis, además, imaginaba dulce y carnoso. Se levantó arrastrando la silla y el traqueteo de ésta sobre las losas de barro despertó a su madre que descansaba en la habitación.

- ¿Dónde vas Luisito?

- Voy un rato a la azotea, mamá.

- ¡Que hace mucho calor hombre, échate un ratito!

Luis ni contestó. Se acercó a la cocina, apartó la tapa de madera de la tinaja y sacó agua con el jarrito de lata para reponerse de su reciente y dulce hemorragia de baba. Apartó la cortina de arpillera y el patio le saludó con una bocanada de aliento ardiente. El calor de la tarde le hizo dudar, pero su ardor interno pudo más. Se dirigió a la escalera y subió a la azotea sin prisas. La cal de la pared se defendía de los ataques del rey de los astros reflejando su luz hacia los ojos de Luis en forma de dardos luminosos. No le importó la punzante blancura en sus ojos, conocía aquella escalera incluso a ciegas. Una vez en la azotea se sentó procurando aprovechar la escasa sombra de la casetilla y esperó.

Cuando apareció su vecina Paca se olvidó Luis de la media hora larga de calurosa espera. Venía, como siempre, cargada con el barreño de zinc lleno de ropa mojada apoyado en su cintura. Lo dejó sobre el bajo muro que dividía las dos casas y le saludó:

- ¡Hola Luisito!

- Hola Paca- Le contestó con la voz nerviosa y débil.

Paca era viuda, y también era la madre de su amigo el lechuga. Cada vez que entraba Luis en su casa ponía cualquier excusa para quedarse allí un rato y disfrutarla con la mirada. Mientras ella hacía las faenas de la casa, Luis disimulaba hurgando en su escote con la vista. Siempre rezaba antes de entrar para que ese día tocara el fregado del suelo con la josifa y así disfrutar de la celestial imagen de su entrepierna cuando ella descuidaba sus posturas en plena faena.

Desde hacía unos días, Luis tenía unas dudas que le quitaban el sueño. Le parecía que aquellos descuidos de Paca no lo eran tanto y que ella también los disfrutaba. El hecho de imaginar que aquellos contoneos no eran casuales y que podrían estar dirigidos a él le excitaba y turbaba su entendimiento. Le hervían la sangre aún más y le agotaban, sobre todo a su mano derecha.

Estaba dispuesto a hacer algo. Su sentido de la vergüenza y del miedo se esfumaban por momentos diluidos en aquel adolescente deseo obsesivo. Después de saludar a Paca la miró fijamente a los ojos y observó sus movimientos mientras ésta tendía la ropa. Cada vez que ella se agachaba a recoger una prenda dejaba ver el interior de su blusa amplia. Sus pechos grandes y hermosos hipnotizaban a Luis. El trote de sus latidos se aceleraba con cada mirada de reojo de Paca, provocándole un placentero y dulce dolor en el interior de su pecho. Cuando ella terminó de tender se sentó junto al barreño, de cara a Luis. Se abanicó la cara con sus manos e hizo un comentario acerca del calor y de su boca seca al mismo tiempo que se abría un poco de piernas y se subía ligeramente la falda. La azotea transpiraba sobre las carnes frescas y prietas de Paca, y como si de un ansiado vaso de vino fresco se tratara, su piel brillaba con minúsculas gotas que la hacían aun más deseable. Luis se levantó y se le acercó con el andar lento y la respiración acelerada.

- Es verdad- le dijo- Hace mucho calor. Tengo un melocotón, ¿lo quieres?

Ella aceptó el ofrecimiento. Lo tomó de la mano de Luis y le limpió la pelusilla exterior frotándoselo contra la fina blusa haciendo que su pecho bailara al paso del melocotón en un sensual estrujamiento. Lo mordió suavemente y el jugo de la fruta rebasó sus labios para buscar el camino más corto hacia el aun más ardiente sur. El se situó delante de ella y levantó sus manos temblorosas. Su mirada se deslizaba siguiendo al zumo por el tobogán de su angosto canalillo. Casi sin pensarlo, movido por los eternos e invisibles hilos de la vida, acarició con las yemas de sus dedos, muy suavemente, los pechos enormes de Paca por encima de su fina blusa. Aquellas caricias comenzaron con el gesto de limpiarle la pelusilla del melocotón, y eso le sirvió de absurda excusa, porque a tenor de la respuesta de Paca, Luis no hubiera necesitado ninguna.

Los había imaginado blandos y eran duros, redondos, suaves… Cuando tropezó con las durezas del centro de aquellos hermosos montes se sorprendió y se entretuvo en disfrutar con el reconocimiento táctil de aquellos deliciosos botones. Cuando levantó la vista para mirar a Paca le pareció verla al borde del desmayo. Ella tenía los ojos entreabiertos, las mejillas enrojecidas y las aletas de la nariz ensanchándose con cada suave caricia en sus pezones. Luis se asustó de aquella para él nueva experiencia. Se retiró despacio hacia atrás sin dejar de mirar a Paca y corrió escaleras abajo.

La vida de aquél día de principios de verano continuó con su rutina en la intimidad de ambos… y el deseo vespertino derramó su cálido y solitario almíbar de azoteas sobre la calurosa tarde.
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martes, 12 de febrero de 2008

SEPELIO ÍNTIMO

Cuando el cadáver de la abuela comenzó a oler mal, decidimos sin demasiados remilgos, que había que sacarla fuera de casa. Por más que apuré, el tiempo me alcanzó y no tuvimos más remedio que depositarla por unas horas en el patio trasero de la vivienda, hasta terminar con todo el trajín que conllevó ubicarla en su última morada.
El hecho de que dispusiéramos de una casa grande para una familia pequeña, compuesta solo por mis padres, mi hermano Pablo y yo, posibilitó que al enviudar bastante mayor, mi abuela por parte de padre, se viniese a vivir con nosotros, sin que ello conllevara un problema de estrechez espacial. Su llegada en cambio, vino a paliar un poco el endémico problema de nuestra verdadera estrechez, la económica, con el aporte de su pensión, que sin ser opulenta, tampoco era de las usualmente raquíticas.
La prematura muerte de mi padre, complicó más si cabe nuestra maltrecha situación. Aunque las contribuciones de mi progenitor a las finazas domésticas nunca fueron abundantes ya que su talante no era el de trabajador codicioso; trabajaba lo justo y si podía, o mejor dicho, si mi madre se lo permitía, no se afanaba por alcanzar ese nivel, dejando trabajo para que los demás lo pudiesen compartir y, lógicamente en proporción a sus esfuerzos, así eran los exiguos estipendios.
MI hermano, con 27 años, no había pegado lo que se suele decir un palo al agua, sin que arguyera causa física o intelectual, y aunque lejos de mi intención está el juzgar los comportamientos ajenos, supongo que la carga genética tendría algo que ver en el asunto.
En cambio mi actitud negativa hacia el trabajo, venía de un profundo razonamiento. Yo, desde que comencé a analizar los mecanismos que hacen funcionar a la sociedad, entreví que las reglas del juego eran tramposas: Unos, la mayoría, se ven obligados para sobrevivir, a trabajar para un ser de sus mismas características o sea una persona igual que él, quien vendiendo a su vez, a otras personas lo que aquel produjo, se lleva lo que alguien denominó plusvalías o lo que es lo mismo, lo que el común de los mortales conoce como beneficios. Esto desde mi racional óptica, lo considero una insufrible práctica injusta, con la que nunca he estado dispuesto a participar.
Cierto día, mi abuela cayó de bruces, y mientras mi madre y yo con gran sobresalto tratábamos de auxiliarla, nos mirábamos, pensando que la buena mujer había dejado este mundo sin previo aviso. Al momento, su pausada respiración nos hizo descartar los peores presagios, pero los zarandeos y cachetes que le dimos para lograr reanimarla, no consiguieron hacerla reaccionar. A partir de ese día quedó en un estado vegetativo, en el que su única comunicación era un tenue suspiro sonoro, que mi madre se empeñaba en identificar como un quejido.
El estado de mi abuela quedó estabilizado en esa especie de sueño perpetuo, y excepto para los que convivíamos en la casa, su existencia, con el paso del tiempo fue quedando en el olvido; las preguntas que los conocidos hacían sobre su estado de salud, se fueron espaciando, hasta prácticamente desaparecer.
Aunque en los primeros meses del letargo de la abuela, no habíamos hablado sobre el hecho cierto de su muerte cercana, estaba convencido que al igual que yo, tanto mi madre como mi hermano, reflexionaban sobre el particular. Una noche tras la cena, mi madre sin ningún tipo de rodeos, nos espetó:
-¿Habéis pensado de qué vamos a vivir cuando muera la abuela?
Ni mi hermano ni yo, fuimos diligentes en darle una respuesta, y es que ambos sabíamos los derroteros por donde derivaría la conversación. Yo opté por poner la mirada perdida en un estudiado gesto de preocupación, a la espera de que a mi hermano, se le ocurriese alguna contestación, ya que para eso ostentaba la jerarquía de primogénito, pero para mi sorpresa, la única sandez que se le ocurrió decir, fue:
- La abuela en ese estado, nos puede sobrevivir a los tres.
Esa frase tan absurda, exasperó a nuestra madre, que con tono iracundo nos echó el gastado roción, sobre nuestra indolencia para buscarnos un trabajo con el que ganarnos el sustento diario.
Alejado de la para mí, embrutecedora rutina laboral, los días los pasaba enriqueciendo el intelecto, mi afán por el saber era tan irrefrenable, que lo mismo leía un tratado sobre la preocupante proliferación en los ríos del mejillón cebra, que los prospectos del botiquín casero. Las culturas orientales, comenzaron a cautivarme desde que tuve la fortuna de leer un libro sobre la filosofía Zen. Religiones como la budista, la hinduista, el confucianismo, así como todo lo concerniente a la meditación trascendental, ocupaban un destacadísimo lugar entre mis lecturas favoritas. Cierto día, cuando devoraba un libro sobre Zoroastro, descubrí lo que podía ser la solución a nuestro sombrío futuro económico, sin tener por ello, que abdicar a mis profundas convicciones de índole laboral. En la ciudad India de Bombay, vive una comunidad étnica, llamada parsis, descendiente de los persas, que practican la religión zoroástrica, ellos consideran al cadáver humano como un cuerpo impuro, por lo que tienen prohibido que éstos contaminen a los elementos clásicos de tierra y fuego, de ahí que tengan prohibido enterrar o incinerar a los cadáveres, por ésta razón son llevados a las Torres del Silencio, lugar sagrado donde su carne es consumida por los buitres y una vez que los huesos toman el color blanco por la intervención de la lluvia, los vientos y el sol, son arrojados a un osario común.
Tras este sensacional descubrimiento, comencé de forma metodológica a intentar adaptarlo a mi peculiar entorno. Una vez que lo tuve todo analizado, de manera pormenorizada, me puse manos a la obra, con tal ahínco, que mi madre pasó de alegrarse, al pensar que por fin me había decidido a hacer algo productivo en al vida, a preocuparse por la forma obsesiva a la que me había enganchado al bricolaje. Yo, había tomado conciencia, de que el tiempo jugaba a nuestra contra, y que de un día para otro, nos podíamos ver en una comprometida situación.
Mi casa, era una construcción destartalada, de una sola planta, que mi padre construyó en la cañada que transcurría cercana al pueblo, para poder crear su hogar tras el casamiento con mi madre. Aunque construir en ese espacio estaba prohibido, él, como otros, carentes de los recursos necesarios para adquirir terreno dentro del municipio, optó por ignorar la legalidad. Estas construcciones, se encontraban desperdigadas por la cañada de forma deliberada, para que pasaran lo más desapercibidas posible. Esta circunstancia, posibilitaba en gran medida el poder llevar a cabo mi proyecto, a la que se sumaba otra de vital importancia: la ubicación a menos de dos kilómetros de la casa, del detestado vertedero de basuras.
Aunque le riesgo de que los vecinos pudiesen curiosear nuestra azotea era prácticamente nulo, no obstante, superpuse sobre los pretiles unas tupidas celosías, también me agencié unos troncos, para prefabricar una especie de parihuela, que dejé desmontada, presta para el día que fuere precisada.
Deseoso de guardar mi secreto hasta el momento preciso, las preguntas indagatorias de mi madre y hermano sobre mis trabajos en la azotea, las acallaba con la historia, de que estaba construyendo un observatorio para el estudio de las aves. Esto me lo inventé también, para poder justificar el diario alboroto que producían los graznidos de los cientos de gaviotas, que acudían a comer los desperdicios que diariamente les echaba.
A los tres meses de tener el trabajo terminado, la respiración de mi abuela se iba apagando poco a poco, ya ni siquiera podía emitir los acostumbrados quejidos, hasta que una tarde, dejó de existir, esta vez también para nosotros.
- Tenemos que llamar al médico para que certifique la defunción - dijo mi madre tremendamente apesadumbrada, mientras se enjugaba las lágrimas con la manga de su raída bata. Mi hermano como de costumbre, contemplaba la escena sin ningún tipo de reacción, con una expresión bobalicona, como si aquella situación se escapara de su incumbencia. Cuando mi madre se dirigía de manera diligente hacia el teléfono, con voz queda, comenté:
-¿No pensáis que antes de tomar ningún tipo de decisión, deberíamos mantener un cambio de impresiones?-
Mi madre paró en seco, dirigiéndome una mirada interrogadora, mi hermano siguió sin inmutarse.
- Llamar al médico para que certifique la muerte de la abuela, conlleva que desde ese momento deja de ser persona para el Estado, y a las personas inexistentes, el Estado no le paga ningún tipo de pensión.- dije comenzando a hilar un discurso claro y coherente. Pablo de manera abrupta, cortó mi intervención diciendo:
-Creo, que es el momento menos adecuado, para que nos castigues con tus estúpidas teorías.
Hice caso omiso a la provocación de mi hermano, y proseguí desgranando mi plan. Conforme lo iba haciendo, mi madre abría desmesuradamente los ojos, como no dando crédito a lo que escuchaba y ponía la mano en su boca para evitar que se le escapara los improperios que hubiese deseado lanzarme. En una pequeña pausa de mi alocución, mi madre intervino para decirme:
- Hacer una cosa así, no es de cristiano, y yo diría que ni siquiera de persona, sea de la raza o religión que sea.
- Eso es la locura más grande que jamás he oído.- apostilló Pablo
- Supongo, que en tu cordura, tendrás pensado la manera de conseguir el dinero, que el mes próximo dejará de entrar en esta casa.- endilgué ofuscado a mi hermano.
Después del pequeño rifirrafe, intenté serenarme para poder seguir la exposición en tono conciliador, a fin de que mi familia recapacitase sobre nuestro inmediato y negro futuro, ganándolos para la causa. Yo insistía en que todo lo que habíamos podido hacer en vida de mi abuela, lo habíamos hecho, y que a la postre incluso después de muerta la tendríamos a nuestro lado. Por razones obvias, el cometido de las gaviotas en esta historia, la escamoteé para evitar aumentar el sufrimiento de mi madre.
Conociendo a mi hermano, observaba que mi disertación parecía que comenzaba a hacerle mella, pues su expresión pasó del desprecio a la preocupación.
MI madre mientras yo hablaba no dejaba de llorar y mover la cabeza como resistiéndose a admitir, lo inadmisible.
Cuando terminé explicación me dirigí a mi gente, preguntándole:
- ¿Que opináis de mi propuesta?
La partida apresurada de mi madre, hacia su dormitorio sin ningún tipo de contestación, seguida del sonoro portazo que dio tras de sí, lo interpreté como su negativa a seguir presentando batalla.
A mi hermano, que cabizbajo, parecía no haberse enterado de la pregunta, le di una amistosa palmadita en la espalda y le requerí a que me acompañara, dado que aún quedaba una larga y penosa faena por realizar. Nada preguntó porque debió comprender que su ayuda era necesaria, para tan ingrata labor.
Han pasado seis meses, los tres como en un pacto tácito, no hemos vuelto a mencionar el espinoso episodio. La azotea se ha convertido en un tabú; mi madre sigue sin pasar por la parte trasera de la casa, lugar donde se ubica su acceso; yo desde el día de los hechos no he vuelto a subir, y por supuesto mi familia tampoco; las gaviotas, hace tiempo que dejaron de acudir masivamente. La pensión de la abuela la siguen ingresando puntualmente en el banco. Mi hermano, aún no ha encontrado una motivación para decidirse a buscar un trabajo. En cuanto a mí, circunstancialmente, he tenido que cambiar mis preferencias en la adquisición de conocimientos, ahora estoy enfrascado en el estudio de la química, para encontrar el método más eficaz, que me permita culminar el sepelio de la abuela.

JUAN

lunes, 11 de febrero de 2008

La abuela





Cuando el cadáver de la abuela comenzó a oler mal decidimos, sin demasiados remilgos, que había que sacarla fuera. La única que se opuso a semejante decisión fue la más pequeña, Margarita. Su postura firme en contra de la decisión tambaleó por un momento nuestras conciencias y por ende, nuestra aparente fuerza de grupo. Todo volvió a su cauce cuando Margarita habló de nuevo para aclararnos su intención, adujo que si la sacábamos la podría ver cualquier campista que paseara por aquellos remotos parajes y que sería más conveniente hacerlo por la noche.
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Tan solo quedaba el trámite preconcebido, la sustituta estaba ya en nuestro punto de mira y solo había que esperar a que Juan se incorporara a las diez de la noche a su puesto de celador de la residencia de ancianos. De allí, el había elegido a Frasquita, se parecía enormemente a la abuela, tenía alzheimer y el hecho de que no tuviera familiares la hacía la candidata ideal. Además, no le faltaría de nada en casa, mamá cuidaría de ella día y noche y la estupenda paga de la abuela seguiría alimentando a toda la familia.
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Al anochecer, el mismo Juan, artífice de todo el plan, retiró la mascarilla de la cara de la abuela sin miramientos, cerró la llave de la bombona de gas hacia la izquierda y la arrastró hasta el porche sentándola en la mecedora. Entró en la casa y se sentó en el sofá esperando a la hora de su partida. Ya estaba bien de aguantar a la vieja, masculló. Sus últimas amenazas de que se iba a la residencia, sus continuas quejas sobre la comida, sus mangoneos… la abuela ya nos tenía a todos cabreados, en fin, nada que no se pudiera solucionar con una ligera y continua dosis de butano en su mascarilla. Mañana estaría todo arreglado y así nos lo expresó Juan a toda la familia que le mirábamos con gesto sereno y sin remordimientos. Juan se sintió aliviado por nuestra aprobación familiar y se dispuso a fumar un cigarrillo de satisfacción.
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Y ahora, desde esta situación tan extraña, que no es arriba ni abajo ni es situación siquiera, lo veo todo como en un sueño penoso. Veo los restos humeantes de la casa, y a los bomberos ajetreados tirando al suelo restos de vigas negras, y veo la ausencia de ventanas… y de techo… y veo el centro del salón y los esqueletos a su alrededor… ese es Juan, y esa Margarita, y esa la mama, y ese el papa…y ese soy yo… y ese cráneo suelto haciendo el trompo en el húmedo y negro suelo es del Paquito, seguro, porque le faltan las paletas… y fuera, junto a una ambulancia, veo a la abuela de pie, refunfuñando, dándose manotazos en la mascarilla y abrigada con una manta… y oigo a un enfermero de la ambulancia hablando con otro: “la manta la tiráis luego, que la pobre vieja llevaba por lo menos dos días cagada y apesta a perros muertos”
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MELOCOTONES
En el verano de dos mil ocho yo era joven y para colmo formaba parte de uno de los grupos más codiciados por las grupys de Cádiz, la banda de músicos y trovadores que revolucionó el pensamiento vigente de aquella época donde el fenómeno de la globalización económica unido a la locura mediática, hacían que Cádiz pareciera más un erial que tierra de romanos y fenicios. Aquel año fue el año en que mi autoestima ascendió tan alto que casi raya los surcos más profundo del infinitamente cercano cielo marinero. Aquel año canté con Los Mendas Lerendas ¡ahí con dos cojones! Aquella comparsa hizo estragos con el publico femenino, teníamos más éxito con las mujere que las de Martínez Ares años atrás, incluso Los Beatles de Cádiz se quedaba en Dodotis a nuestra vera verita vera, hasta en la retransmisión de la final del Falla, el locutor hizo referencia a nuestro gancho, y dijo casi las mismas cosas que estoy diciendo yo aquí ahora.
Un día cualquiera del verano de dos mil ocho aterrizamos en Tokio con el fin de realizar una serie de galas, organizadas por la Junta de Andalucía por todo el país nipón. El leitmotiv de aquella gira era ni más ni menos, que promocionar la butifarra de Chiclana, que casualidad Chiclana, justo donde estamos en este preciso momento.
Cuando llegamos por fin al hotel, era ya la hora de la cena, yo fui a cenar solo pues el resto de los comparsistas se quedaron en el lobby bebiendo y cantando la presentación
Mientras Antonio Bienvenido, no dejaba de tocar el acordeón ni a la de tres. Y allí en aquel elegante buffet con manjares japoneses, comenzó la noche más eróticofestiva de toda mi vida.
La joven camarera japonesa se acercó hasta mi mesa para tomar nota de mi bebida; me puse tan nervioso que le pedí una cerveza sin alcohol caliente y dos melocotones, mientras observaba atónito como se marcaban sus pequeños pechos bajo su camisa de seda, ¡¡¡viva el Japón!!! Pensé sin dejar de mirarla como un viejo verde.
-¿Es usted español señor? –me preguntó pronunciando la R de señor; cosa que me sorprendió bastante. –si señora, soy del sur de España, de Andalucía y vengo con mi gente a cantar por lo de la butifarra, ya sabe, la promoción. -¿de que parte de Andalucía es usted? –soy de Cádiz una bonita ciudad con entidad propia, muy carnavalera, poco torera, poco flamenca, nada rociera, en fin una ciudad del sur muy poco andaluza y con mucha honra –sentencié en un arrebato de paranoia gadita.
-Ustedes los gaditanos son unos arrogantes –repuso la japonesa. –Como buena asiática soy una amante de las cosas de Andalucía, de su flamenco, de sus toros y de sus romerias. Amo las sevillanas y las bulerías. –Dijo a gritos y sin dejar de mirarme de forma inquisidora. –ustedes los gaditanos han destruido las alegrías, y hasta los cantes de ida y vuelta. Ustedes han borrado de la memoria colectiva nombres tan ilustres como Chano Lobato o Juanito Villar. Aprendan de sus vecinos jerezanos, ellos si que llevan Andalucía a gala. –Joder esta tía sabe más de mi tierra que yo –pensé totalmente sorprendido. La verdad es que con ese tono violento y enérgico con el que me estaba hablando, empezaba yo a excitarme; sexualmente quiero decir ¡que me estaba poniendo cachondo vaya¡ Siempre me han atraído las orientales, las del chino de la avenida me daban un morbo tremendo, por eso mi adicción desmedida a los rollitos de primavera y al arroz cantones. La hermosa y pálida mujer no dejaba de hablar, y yo la agarre por los hombros y la besé allí mismo. Nuestras lenguas comenzaron una violenta y lujuriosa lucha, parecíamos sendos guerreros de sumo en pleno combate de odio y deseo.
A la mañana siguiente Akemi, que es como se llamaba la bella camarera, decidió enseñarme la ciudad de Tokio. Estuvimos en los lugares más emblemáticos, visitamos la universidad de keio, paseamos por Shinjuku Occidental el gran centro financiero de Japón, también fuimos a la famosa torre de los impuestos, sede del ayuntamiento de Tokio y finalizamos nuestra visita en el santuario de Asakusa. Tras pasar una mañana interesante comimos en un restaurante de La Ciudad de la Opera. Devoramos un riquísimo Oden, que consistía en un riquísimo plato a base de pescado; sin duda el manjar tokiota más popular en el mundo.
- ¿ Qué te parece si vamos a un pequeño hotel de la ciudad?-me sugirió Akemi con exótica malicia; aunque ustedes no lo crean el que les habla jamás se acuesta con una mujer la primera cita, intento hacerlo la segunda; pero esta vez no, compréndanlo, una mujer como Akemi jamás se fijaría en mi, esa oportunidad solo la tendria una vez en mi vida; y así fue realmente.
Akemi dejó caer su vestido de seda quedándose desnuda ante mi, su piel pálida se me antojaba visualmente suave, en ese momento creí poderla acariciar tan solo con la mirada, una potente erección hizo que mi pene se tornara poderoso e implacable como el símbolo fálico de una tribu remota. El suave vello con forma de codiciado sendero
Bajaba desde su ombligo hasta desembocar en la fuerte alambrada de su sexo, como protegiendo la suave flor de loto que yo tanto deseaba devorar, mordí sus melocotones, bebí su almíbar amargo, lamí los pequeños dedos de sus pies, que resultaron ser resortes que abrieran puertas de más y más placer, mis dedos se hundían en su húmeda llaga y los latigazos incandescentes de mi lengua endurecían sus frutos hasta alcanzar la textura de las rocas. Explotamos de gozo, nos derramamos de lujuria uno en el otro; y después abrazados y en silencio oímos juntos, la leve melodía del germen del amor, casi imperceptible pero latente allí, entre los dos en aquella mísera alcoba de hotel barato.
Ha pasado algún tiempo desde aquella “leyenda oriental” así es como me gusta llamar a aquel sabroso fragmento de mi vida. Ya no canto en comparsas atractivas y pintorescas, he engordado unos treinta kilos, ya no hago el amor salvajemente con bellezas orientales de pálidos pezones y terso erotismo, y para colmo soy componente del coro de Julio Pardo, y si les parece poco, les diré que canto de bajo y además mi gran obsesión ya no es la lujuria sino la gula, en los últimos años me he aficionado a participar en casi todos los eventos gastronómicos gratuitos que se celebran en Cádiz: hotionada, herizada, pestiñada, panizada y algúna jornada culinaria organizada por el restaurante El Faro, de esas que te pones hasta las cejas de babetas con caballa.
En fin, creo que no les he dicho mi nombre, me llamo Candelario porque nací en la plaza de Candelaria; pero a mi amante japonesa le dije que me llamaba Ernesto; lo encontraba más bonito.

ANTONIO FASSA

miércoles, 6 de febrero de 2008

Escuchar esto que vais a flipá

Relájate, cierra los ojos y abre los oídos, pero antes pincha aquí.

martes, 5 de febrero de 2008

AVISO A TOS LOS FORONAUTAS

Este post está dedicado a todas las personas que no asisten al taller, porque no les quede tiempo o porque les sea matemáticamente imposible: sea porque no lo conocen, sea porque no coincide las horas, sea porque no son de españa...a TODOS os invitamos a realizar todas las tareas que proponemos en el blog, y que las colgueis aquí para disfrutar de ellas. Enga Benjamin, que tos queremos ver que has hecho la tarea, hombre, a ver si te pasas que te echamos de menos.Y a todos los demas animo, os queremos leer.
Ra

Los monstruos de pueblo