lunes, 11 de enero de 2010

Mañanciña



.

.

Mañanciña de brétema suorenta,
furacán no ar doente.
Entre o ceo e a terra
todo e chuvia, xeada
e rumor de ondas bicando as feridas laxes.

.

.

.

Berta

un poema somalí

ARFAYE

A man without a nickname is like a goat without horns.

—A Somali saying

Arfaye: the sweet-smelling one

Fattest Somali

In the city of Mogadishu

City without deodorants

Everybody knows his nickname

And the irony that sweetens the truth

Nobody knows his real name

I can see him now

In my mind’s eye

In the middle of Main Street

In the frying sun

Melting away

About to drown

In his sweaty khaki uniform

Flinging sweat away from his eyes

Trying to direct a traffic of stubborn donkeys

Skittish camels

(Impatient drivers poking their behinds)

Hauling grass and milk

Donkey-carts driver by heedless drivers

Who claim the city belongs to their clan and donkeys

Goats

Sheep

Cattle

All on their way to the slaughterhouse

Jay walkers

Paraplegic beggars scuttling on all fours

(An American nicknamed them spidermen)

Beeping Fiats and thunder-farting ancient Mussolini trucks without mufflers

Out of this medley

Sometimes

A relief

A release

Would appear

Quivering breasts of a careless bushwoman

Or some undulating steatopygous behind

Then

Arfaye would pause

Tilt his head

In worshipful wonder

Flash a smile

And throw darts of desire.


Arfaye: el que huele dulce

El somalí más gordo
de la ciudad de Mogadiscio,
ciudad sin desodorantes.
Todos conocen su mote
y la ironía que endulza la verdad.
Nadie sabe su verdadero nombre.
Tengo su imagen en la cabeza,
en medio de la calle principal,
friéndose al sol,
derritiéndose,
hasta casi ahogarse.
Con su sudoroso uniforme caqui,
apartando el sudor de sus ojos,
intentando dirigir el tráfico de burros testarudos,
camellos asustadizos
(los jinetes impacientes atizan sus flancos)
cargando hierba y leche.
Conductores de carros junto a otros descuidados
que proclaman que la ciudad es solo suya, y de los burros,
cabras,
ovejas,
ganado,
todos camino del matadero.
Peatones imprudentes,
mendigos parapléjicos corretean a gatas
(un americano los llamó spidermen)
Bocinas de Fiats y roncos pedos sin silenciar de camiones de la era Mussolini.
Y al margen del bullicio,
a veces,
un alivio,
una liberación.
Aparecen
los pechos trémulos de una campesina despreocupada
o el vaivén de unas caderas.
Entonces,
Arfaye hace una pausa,
inclina la cabeza
como adorando una maravilla,
se ilumina con una sonrisa,
y lanza dardos de deseo.


Traducido por la escuela de letras libres. Se admiten correcciones. No he podido encontrar el significado de "steatopygous".

Eva.

domingo, 10 de enero de 2010

Unos cuantos años después de que yo nací, mi padre conoció a un extraño en nuestra pequeña población en Puerto Rico.Desde el principio mi padre quedó fascinado con este recién llegado encantador personaje, y en seguida le invitó a que viviera con nuestra familia.El extraño aceptó y desde entonces ha estado con nosotros.

Mientras yo crecía nunca pregunté su lugar en mi familia, en mi mente joven ya tenía un lugar muy especial. Mis padres eran instructores complementarios: mi mamá me enseñó lo que era bueno y lo que era malo y mi papá me enseñó a obedecer. Pero el extraño era nuestro narrador.
Nos mantenía hechizados por horas al extremo con aventuras, misterios y comedias.Si yo quería saber cualquier cosa de política, historia o ciencia, siempre sabía las contestaciones sobre el pasado. ¡Conocía del presente y hasta podía predecir el futuro!

Llevó a mi familia al primer juego de de las ligas mayores de béisbol. Me hacia reír, y me hacia llorar. El extraño nunca paraba de hablar, pero a mi padre no le importaba.A veces mi mamá se levantaba temprano y callada mientras que el resto de nosotros estábamos pendientes para escuchar lo que el extraño tenía que decir, pero ella se iba a la cocina para tener paz y tranquilidad. Ahora me pregunto si ella habría deseado o rezado alguna vez para que el extraño se fuera de nuestra casa.

Mi padre dirigió nuestro hogar con ciertas convicciones morales, pero el extraño nunca se sentía obligado a honrarlas. Las blasfemias, por ejemplo, no fueron permitidas en nuestra casa ni en la de nuestros amigos o de cualesquiera visitantes.Sin embargo, nuestro visitante de largo plazo lograba pronunciar las palabras ésas que quemaban mis oídos e hicieron que mi papá se retorciera y mi madre se ruborizara. Mi papá nunca nos dio permiso para usar alcohol de manera liberal, pero el extraño nos animó a intentarlo sobre una base regular. Hizo que los cigarrillos parecieran frescos e inofensivos, y que los cigarros y las pipas se vieran distinguidas.
Hablaba libremente (demasiado) sobre sexo y sus comentarios eran a veces evidentes, a veces sugestivos, y generalmente vergonzosos. Mil y una veces nos hizo ver que matar es algo natural y hasta correcto, si está inspirado en una buena causa.Ahora sé que mis conceptos sobre las relaciones humanas fueron influenciados fuertemente durante mi adolescencia por el extraño.Repetidas veces lo reprendieron y raramente le hizo caso a los valores de mis padres y NUNCA le pidieron que se fuera.

Más de cincuenta años han pasado desde que el extraño se mudó con nuestra familia. Desde entonces ha cambiado mucho y ya no es casi tan fascinante como era al principio. No obstante, si hoy usted pudiera entrar en la guarida de mis padres, todavía lo encontraría sentado en su esquina, esperando a alguien para que escuchara sus charlas y para verlo dibujar sus cuadros.
¿Su nombre? ¡Nosotros lo llamamos televisor!¡AHORA EL EXTRAÑO TIENE UNA ESPOSA QUE SE LLAMA COMPUTADORA Y UN HIJO QUE SE LLAMA CELULAR!




Se desconoce el autor, lo publicó el blog "En nuestro camino" y "La Gata coqueta"

genialsiempre

viernes, 8 de enero de 2010


Correio


No llegó en un barco de nombre extranjero, llegó directamente al buzón. Era la primera carta que asomaba virginal por esa ranura de sequía secular. Había una carta. no había duda. Estaba allí, reflejada en los brillos metálicos d e la ranura, incluso ondulaba coqueta por las curvas helicoidales de la empuñadura de la puerta.


!una carta!


El destinatario no ofrecía duda, vivía sóla desde la huida a los piés del altar de un sinvergüenza que le había jurado esperarla más allá de la muerte, y que !Diós me perdone!, pero !ojalá! estuviera ya esperando en la gloria celestial con los brazos abieros, como prometió.

¿Quién escribía?, cogió la carta y olió su perfume almizclarado que el sobre más que exhalar, rezumaba al más mínimo aleteo. !Qué mal gusto!, leyó con dificultad su nombre manuscrito con una letra arábica acorde con el perfume.

¿Quién escribía?, no figuraba el remitente ni el matasellos desvaído daba pistas sobre su procedencia. Venía de un particular ya que ninguna oficina pública ni privada había estapando su sello. Tampoco el timbre ofrecía ninguna pista, una paloma mensajera parecía hacerse cómplice del anonimato.

Lo que tenía que hacer era abrir esa carta que ya le había dormido los contáctos olfativos y parecía empezar a ofuscarle los conductos racionales.

Escogió un abrecartas acorde con la ocasión, el que le había regalado Chani, la asistenta, de su viaje a Puerto Rico. Era de madera oscura y brillante y representaba un totem local que agarró por la cabeza. Cuando la hoja se deslizaba por el borde de la carta comenzando a rasgarla...se sobresaltó.

El rostro grabado en el abrecartas le trajo a la memoria, de sopetón, aquella historia, la única historia que se había permitido en su vida. Cuando despojada del altar, se juró, cual Scarlatta, que "no volvería a ser engañada"...cogió las maletas ya preparadas y aprovechó los billetes nupciales para alejarse hasta perderse...y en aquel trén del que ahora no recordaba ni adonde iba, la mirós desde su asiento aquel extranjero tremendo. La miraba, la enterneció. lo miró, el le dijo:


Por mirarte, porque me mires, por este instante...


compartieron una historia de estación a estación, dulce, entregada, traqueteada, una historia a dos voces y con distinta melodía.


La carta decía:


Por mirarte, porque me mires, porque se nos vayan llenando de eternidad, a poquito a poco, los instantes


Desde entonces supo cómo abrazaba la eternidad


Fita

jueves, 7 de enero de 2010

REGALO DE LOS REYES MAGOS, de O. Henry

Un dólar y ochenta y siete centavos. Eso era todo. Y setenta centavos estaban en céntimos. Céntimos ahorrados, uno por uno, discutiendo con el almacenero y el verdulero y el carnicero hasta que las mejillas de uno se ponían rojas de vergüenza ante la silenciosa acusación de avaricia que implicaba un regateo tan obstinado. Delia los contó tres veces. Un dólar y ochenta y siete centavos. Y al día siguiente era Navidad.

Evidentemente no había nada que hacer fuera de echarse al miserable lecho y llorar. Y Delia lo hizo. Lo que conduce a la reflexión moral de que la vida se compone de sollozos, lloriqueos y sonrisas, con predominio de los lloriqueos.

Mientras la dueña de casa se va calmando, pasando de la primera a la segunda etapa, echemos una mirada a su hogar, uno de esos departamentos de ocho dólares a la semana. No era exactamente un lugar para alojar mendigos, pero ciertamente la policía lo habría descrito como tal.

Abajo, en la entrada, había un buzón al cual no llegaba carta alguna, Y un timbre eléctrico al cual no se acercaría jamás un dedo mortal. También pertenecía al departamento una tarjeta con el nombre de "Señor James Dillingham Young".

La palabra "Dillingham" había llegado hasta allí volando en la brisa de un anterior período de prosperidad de su dueño, cuando ganaba treinta dólares semanales. Pero ahora que sus entradas habían bajado a veinte dólares, las letras de "Dillingham" se veían borrosas, como si estuvieran pensando seriamente en reducirse a una modesta y humilde "D". Pero cuando el señor James Dillingham Young llegaba a su casa y subía a su departamento, le decían "Jim" y era cariñosamente abrazado por la señora Delia Dillingham Young, a quien hemos presentado al lector como Delia. Todo lo cual está muy bien.

Delia dejó de llorar y se empolvó las mejillas con el cisne de plumas. Se quedó de pie junto a la ventana y miró hacia afuera, apenada, y vio un gato gris que caminaba sobre una verja gris en un patio gris. Al día siguiente era Navidad y ella tenía solamente un dólar y ochenta y siete centavos para comprarle un regalo a Jim. Había estado ahorrando cada centavo, mes a mes, y éste era el resultado. Con veinte dólares a la semana no se va muy lejos. Los gastos habían sido mayores de lo que había calculado. Siempre lo eran. Sólo un dólar con ochenta y siete centavos para comprar un regalo a Jim. Su Jim. Había pasado muchas horas felices imaginando algo bonito para él. Algo fino y especial y de calidad -algo que tuviera justamente ese mínimo de condiciones para que fuera digno de pertenecer a Jim. Entre las ventanas de la habitación había un espejo de cuerpo entero. Quizás alguna vez hayan visto ustedes un espejo de cuerpo entero en un departamento de ocho dólares. Una persona muy delgada y ágil podría, al mirarse en él, tener su imagen rápida y en franjas longitudinales. Como Delia era esbelta, lo hacía con absoluto dominio técnico. De repente se alejó de la ventana y se paró ante el espejo. Sus ojos brillaban intensamente, pero su rostro perdió su color antes de veinte segundos. Soltó con urgencia sus cabellera y la dejó caer cuan larga era.

Los Dillingham eran dueños de dos cosas que les provocaban un inmenso orgullo. Una era el reloj de oro que había sido del padre de Jim y antes de su abuelo. La otra era la cabellera de Delia. Si la Reina de Saba hubiera vivido en el departamento frente al suyo, algún día Delia habría dejado colgar su cabellera fuera de la ventana nada más que para demostrar su desprecio por las joyas y los regalos de Su Majestad. Si el rey Salomón hubiera sido el portero, con todos sus tesoros apilados en el sótano, Jim hubiera sacado su reloj cada vez que hubiera pasado delante de él nada más que para verlo mesándose su barba de envidia.

La hermosa cabellera de Delia cayó sobre sus hombros y brilló como una cascada de pardas aguas. Llegó hasta más abajo de sus rodillas y la envolvió como una vestidura. Y entonces ella la recogió de nuevo, nerviosa y rápidamente. Por un minuto se sintió desfallecer y permaneció de pie mientras un par de lágrimas caían a la raída alfombra roja.

Se puso su vieja y oscura chaqueta; se puso su viejo sombrero. Con un revuelo de faldas y con el brillo todavía en los ojos, abrió nerviosamente la puerta, salió y bajó las escaleras para salir a la calle.

Donde se detuvo se leía un cartel: "Mme. Sofronie. Cabellos de todas clases". Delia subió rápidamente Y, jadeando, trató de controlarse. Madame, grande, demasiado blanca, fría, no parecía la "Sofronie" indicada en la puerta.

-¿Quiere comprar mi pelo? -preguntó Delia.

-Compro pelo -dijo Madame-. Sáquese el sombrero y déjeme mirar el suyo.

La áurea cascada cayó libremente.

-Veinte dólares -dijo Madame, sopesando la masa con manos expertas.

-Démelos inmediatamente -dijo Delia.

Oh, y las dos horas siguientes transcurrieron volando en alas rosadas. Perdón por la metáfora, tan vulgar. Y Delia empezó a mirar los negocios en busca del regalo para Jim.

Al fin lo encontró. Estaba hecho para Jim, para nadie más. En ningún negocio había otro regalo como ése. Y ella los había inspeccionado todos. Era una cadena de reloj, de platino, de diseño sencillo y puro, que proclamaba su valor sólo por el material mismo y no por alguna ornamentación inútil y de mal gusto... tal como ocurre siempre con las cosas de verdadero valor. Era digna del reloj. Apenas la vio se dio cuenta de que era exactamente lo que buscaba para Jim. Era como Jim: valioso y sin aspavientos. La descripción podía aplicarse a ambos. Pagó por ella veintiún dólares y regresó rápidamente a casa con ochenta y siete centavos. Con esa cadena en su reloj, Jim iba a vivir ansioso de mirar la hora en compañía de cualquiera. Porque, aunque el reloj era estupendo, Jim se veía obligado a mirar la hora a hurtadillas a causa de la gastada correa que usaba en vez de una cadena.

Cuando Delia llegó a casa, su excitación cedió el paso a una cierta prudencia y sensatez. Sacó sus tenacillas para el pelo, encendió el gas y empezó a reparar los estragos hechos por la generosidad sumada al amor. Lo cual es una tarea tremenda, amigos míos, una tarea gigantesca.

A los cuarenta minutos su cabeza estaba cubierta por unos rizos pequeños y apretados que la hacían parecerse a un encantador estudiante holgazán. Miró su imagen en el espejo con ojos críticos, largamente.

"Si Jim no me mata, se dijo, antes de que me mire por segunda vez, dirá que parezco una corista de Coney Island. Pero, ¿qué otra cosa podría haber hecho? ¡Oh! ¿Qué podría haber hecho con un dólar y ochenta y siete centavos?."

A las siete de la noche el café estaba ya preparado y la sartén lista en la estufa para recibir la carne.

Jim no se retrasaba nunca. Delia apretó la cadena en su mano y se sentó en la punta de la mesa que quedaba cerca de la puerta por donde Jim entraba siempre. Entonces escuchó sus pasos en el primer rellano de la escalera y, por un momento, se puso pálida. Tenía la costumbre de decir pequeñas plegarias por las pequeñas cosas cotidianas y ahora murmuró: "Dios mío, que Jim piense que sigo siendo bonita".

La puerta se abrió, Jim entró y la cerró. Se le veía delgado y serio. Pobre muchacho, sólo tenía veintidós años y ¡ya con una familia que mantener! Necesitaba evidentemente un abrigo nuevo y no tenía guantes.

Jim franqueó el umbral y allí permaneció inmóvil como un perdiguero que ha descubierto una codorniz. Sus ojos se fijaron en Delia con una expresión que su mujer no pudo interpretar, pero que la aterró. No era de enojo ni de sorpresa ni de desaprobación ni de horror ni de ningún otro sentimiento para los que que ella hubiera estado preparada. Él la miraba simplemente, con fijeza, con una expresión extraña.

Delia se levantó nerviosamente y se acercó a él.

-Jim, querido -exclamó- no me mires así. Me corté el pelo y lo vendí porque no podía pasar la Navidad sin hacerte un regalo. Crecerá de nuevo ¿no te importa, verdad? No podía dejar de hacerlo. Mi pelo crece rápidamente. Dime "Feliz Navidad" y seamos felices. ¡No te imaginas qué regalo, qué regalo tan lindo te tengo!

-¿Te cortaste el pelo? -preguntó Jim, con gran trabajo, como si no pudiera darse cuenta de un hecho tan evidente aunque hiciera un enorme esfuerzo mental.

-Me lo corté y lo vendí -dijo Delia-. De todos modos te gusto lo mismo, ¿no es cierto? Sigo siendo la misma aún sin mi pelo, ¿no es así?

Jim pasó su mirada por la habitación con curiosidad.

-¿Dices que tu pelo ha desaparecido? -dijo con aire casi idiota.

-No pierdas el tiempo buscándolo -dijo Delia-. Lo vendí, ya te lo dije, lo vendí, eso es todo. Es Nochebuena, muchacho. Lo hice por ti, perdóname. Quizás alguien podría haber contado mi pelo, uno por uno -continuó con una súbita y seria dulzura-, pero nadie podría haber contado mi amor por ti. ¿Pongo la carne al fuego? -preguntó.

Pasada la primera sorpresa, Jim pareció despertar rápidamente. Abrazó a Delia. Durante diez segundos miremos con discreción en otra dirección, hacia algún objeto sin importancia. Ocho dólares a la semana o un millón en un año, ¿cuál es la diferencia? Un matemático o algún hombre sabio podrían darnos una respuesta equivocada. Los Reyes Magos trajeron al Niño regalos de gran valor, pero aquél no estaba entre ellos. Este oscuro acertijo será explicado más adelante.

Jim sacó un paquete del bolsillo de su abrigo y lo puso sobre la mesa.

-No te equivoques conmigo, Delia -dijo-. Ningún corte de pelo, o su lavado o un peinado especial, harían que yo quisiera menos a mi mujercita. Pero si abres ese paquete verás por qué me has provocado tal desconcierto en un primer momento.

Los blancos y ágiles dedos de Delia retiraron el papel y la cinta. Y entonces se escuchó un jubiloso grito de éxtasis; y después, ¡ay!, un rápido y femenino cambio hacia un histérico raudal de lágrimas y de gemidos, lo que requirió el inmediato despliegue de todos los poderes de consuelo del señor del departamento.

Porque allí estaban las peinetas -el juego completo de peinetas, una al lado de otra- que Delia había estado admirando durante mucho tiempo en una vitrina de Broadway. Eran unas peinetas muy hermosas, de carey auténtico, con sus bordes adornados con joyas y justamente del color para lucir en la bella cabellera ahora desaparecida. Eran peinetas muy caras, ella lo sabía, y su corazón simplemente había suspirado por ellas y las había anhelado sin la menor esperanza de poseerlas algún día. Y ahora eran suyas, pero las trenzas destinadas a ser adornadas con esos codiciados adornos habían desaparecido.

Pero Delia las oprimió contra su pecho y, finalmente, fue capaz de mirarlas con ojos húmedos y con una débil sonrisa, y dijo:

-¡Mi pelo crecerá muy rápido, Jim!

Y enseguida dio un salto como un gatito chamuscado y gritó:

-¡Oh, oh!

Jim no había visto aún su hermoso regalo. Delia lo mostró con vehemencia en la abierta palma de su mano. El precioso y opaco metal pareció brillar con la luz del brillante y ardiente espíritu de Delia.

-¿Verdad que es maravillosa, Jim? Recorrí la ciudad entera para encontrarla. Ahora podrás mirar la hora cien veces al día si se te antoja. Dame tu reloj. Quiero ver cómo se ve con ella puesta.

En vez de obedecer, Jim se dejo caer en el sofá, cruzó sus manos debajo de su nuca y sonrió.

-Delia -le dijo- olvidémonos de nuestros regalos de Navidad por ahora. Son demasiado hermosos para usarlos en este momento. Vendí mi reloj para comprarte las peinetas. Y ahora pon la carne al fuego.

Los Reyes Magos, como ustedes seguramente saben, eran muy sabios -maravillosamente sabios- y llevaron regalos al Niño en el Pesebre. Ellos fueron los que inventaron los regalos de Navidad. Como eran sabios, no hay duda que también sus regalos lo eran, con la ventaja suplementaria, además, de poder ser cambiados en caso de estar repetidos. Y aquí les he contado, en forma muy torpe, la sencilla historia de dos jóvenes atolondrados que vivían en un departamento y que insensatamente sacrificaron el uno al otro los más ricos tesoros que tenían en su casa. Pero, para terminar, digamos a los sabios de hoy en día que, de todos los que hacen regalos, ellos fueron los más sabios. De todos los que dan y reciben regalos, los más sabios son los seres como Jim y Delia. Ellos son los verdaderos Reyes Magos.

FIN

06 Dec 2005

Biblioteca Digital Ciudad Seva

martes, 5 de enero de 2010

Un recuerdo y un adiós

Tapa de "El Extranjero" de Albert Camus.
.
Albert Camus. Hace exactamente 50 años, el 4 de enero de 1960 la vida del Premio Nobel de Literatura 1957, Albert Camus, terminó contra un árbol en un accidente de auto, y en el que también sucumbió su amigo y editor Michel Gallimard. En ese momento comenzó la leyenda de un escritor que se ha convertido en la gran voz de la literatura francesa del siglo XX. Camus el argelino, Camus el francés, Camus el rebelde, suscita siempre las pasiones. La última: el proyecto del presidente Nicolas Sarkozy de hacerlo entrar en el Panteón, monumento parisino donde son inhumados los "grandes hombres" de Francia. La propuesta produjo una enorme polémica político-literaria.
(Es parte de la crónica de Radio France Inernationale)
.
.
.
Y para concluir con un nudo en el alma, hoy me he enterado de la muerte el pasado día uno de Lhasa de Sela, cantante canadiense. Que la tierra le sea leve. Oíd su canción "Con toda palabra", es una delicia, hace meses que estoy embrujado con su ritmo... hoy más.

http://www.elpais.com/articulo/Necrologicas/Lhasa/Sela/voz/angel/errante/elpepinec/20100105elpepinec_2/Tes

lunes, 4 de enero de 2010

El abeto

Fotografía de aquí

Este texto, es un microrrelato navideño del escritor gerezano J.M. Caballero Bonald.

Leedlo despacito... despacito... y... a gozarlo...

La mujer fue trasladando las bolsas al dormitorio. A un lado amontonó las que tenían productos
perecederos y, al otro, las de los juguetes y adornos de variada aplicación. El abeto lo dejó afuera, en el pasillo. La mujer observó el resultado de su tarea y la encontró bien hecha. Luego se acostó. Las compras la habían fatigado y ya era bastante tarde. Una vez dormida advirtió que se le había incorporado al sueño un roce anómalo, como de arañazos en la pared. Pensó en el abeto un segundo antes de no pensar en nada. El abeto era de plástico, pero llevaba incorporado un práctico mecanismo de crecimiento. A juzgar por los síntomas, tenía que haberse producido algún desajuste en la maquinaria, pues las ramas del abeto taponaban el pasillo de modo selvático. La mujer ni siquiera necesitó despertarse para comprender que estaba atrapada.

Publicado por Antonio Fassa.

Poemas de Navidad

Como estamos aún en navidad y me he traído de Madrid algunas cosas, os comparto un libro de poemas de navidad de JOSEPH BRODSKY.
No puedo escribirlo en ruso por que mi teclado es europeo...pero el que quiera la traducción, que me la pida y le paso una fotocopia del libro.
Espero que os guste.Besos.

Joseph Brodsky nació en Leningrado en 1940 y murió en New York en 1996. Fue premio Nobel de Literatura en 1987 y es considerado una de las voces más peculuares de la poesía del siglo XX.
Durante los últimos 25 años de su vida se dedicó a escribir un poema por navidad y se recopilaron en este magnífico libro "Poemas de Navidad".

" Pero cien veces más largos que aquellas cadenas
son los pensamientos sobre la vida y la la muerte:
Y cien veces más largo que éstos últimos
es el pensamiento sobre la nada...."

"...Al fin y al cabo,el sentimiento
de curiosidad hacia estos espacios vacíos,
hacia sus paisajes sin objetos, es el arte...."



YALTA, ENERO DE 1971


" Segunda Navidad a orillas
del Ponto que no se congela.
La estrella de los Reyes sobre la verja del puerto.
No puedo decir que no puedo
vivir sin ti, pues vivo.
Como este papel refleja. Existo;
trago cerveza,ensucio hojas y
piso la hierba.

En el café,donde una sorda explosión
nos lanzó hacia el porvenir propio de los que gozan
efímera felicidad,mientras huíamos al sur
ante el embate del invierno,
ahora dibujo con los dedos
tu rostro sobre el mármol de los pobres;
a lo lejos las ninfas saltan,con brocados
recogidos hasta las caderas.

Pero,dioses ¿qué es - si esa mancha parda
en la ventana,os simboliza-,
qué tratabais de decirnos,entonces?
El porvenir ha llegado,y se puede
soportar;todo cae,
se va el violinista,calla la música,
y el mar se arruga más y más,como las caras.
Pero no hace el viento.

Algún día él,¡ay! - nosotros,no-
cubrirá con sus olas la verja del paseo,
y avanzará contra los gritos de ,
levantando sus crestas por encima de las cabezas,
allí,donde bebías vino y
dormías en el jardín,donde tendías al sol tu blusa,
rompiendo mesas - preparando el lecho marino
para el futuro molusco."


ESTRELLA DE NAVIDAD


" Durante los hielos,en un lugar más hecho al calor
que al frío,y a la llanura que a la montaña,
un niño nació en una cueva para salvar el mundo;
nevaba como sólo puede nevar en el desierto.

Todo le parecía grande:el pecho de su madre,
el hálito dorado de los ollares del buey,
los Reyes Magos (Melchor ,Gaspar, Baltasar,sus presentes.
ël solo era un punto. Y un punto era la estrella.

Atenta,sin parpadear,entre las escasas nubes,
al niño acostado en el pesebre,desde lejos,
desde la profundidad del Universo,desde el otro extremo,
la estrella en la cueva lo miraba. Y aquella fue la mirada del
Padre."

24 de Diciembre de 1987

domingo, 3 de enero de 2010

El río que nos lleva (y II)

Y siguiendo con el tema... Hace algún tiempo puse una entrada en el blog elogiando a este hombre. Me tomo la libertad de poner hoy otra con el mismo título, algo que nos haga recapacitar sobre "el río que nos lleva" a todos. Además os pongo unas imágenes de la pelicula basada en su novela del mismo título.

Pinchad aquí y le veréis y oiréis:

http://laortigaverde.blogspot.com/2009/05/jose-luis-sampedro-un-sabio-en-el.html


Salud y libertad.

sábado, 2 de enero de 2010

El río que nos lleva




- No te atrevas a cruzarlo cariño, sería una locura.

- Sí, tengo que hacerlo. Debo llegar al otro lado.

- Yo no me veo capaz de conseguirlo, piénsalo bien por favor.

- Lo siento, no me lo pienso más… ¡Allá voy!

Ella es capaz de eso y de mucho más. Sé que se maneja muy bien en estas situaciones, mucho mejor que yo. La pierdo de vista nada más adentrarse en la tumultuosa corriente. Comienzo a temer lo peor y eso diluye mi cobardía. Yo no seré menos, pienso. Me lanzo tras su rastro e intento cruzar yo también. Siete metros. Siete escasos metros entre una orilla y otra. Siete metros entre Springfield y Celop, una inmensidad. La corriente humana me arrastra irremediablemente. Termino en la Plaza de las Flores palpándome el bolsillo buscando el móvil con cara de tonto. Rebajas... la madre que las parió.