viernes, 22 de abril de 2011

Relato "RIO ARRIBA"

Hola a todos. He estado desaparecido por motivos de trabajo. Cambié de departamento y he tenido mañanas y tardes ocupadas. Ahora parece que ya me he estabilizado y voy a pasar por la escuela de nuevo. Aquí os dejo un relato antiguo que estoy reescribiendo para presentarlo. Os agradecería aportaciones. Gracias de antemano.
Alfonso
RÍO ARRIBA
Iban a dragar el río. No me podía permitir sacar el barco a la dársena y la posibilidad de tomar unos días libres me atrajo. Lo diría en la serrería la mañana siguiente y si no me daban unos días me iría de todas formas. No me importaba que me echasen de un trabajo como aquel; bueno, creo que en el fondo lo estaba deseando y lo del barco era una excusa. Siempre es una ventaja llevar la casa a cuestas, y yo la llevaba. Cuando cambio de trabajo, que es muy a menudo, sólo tengo que largar amarras. Creo que es cuestión de familia. Mi padre nunca pasó mucho tiempo en ningún sitio, de hecho nos abandonó pronto y sólo volvió cuando estaba a punto de morir. No lo había echado de menos y no es que no quisiera verlo, pero no me agradó que viniera justo cuando se estaba muriendo para bañarnos con sus miasmas y sus quejas. Pero mi madre lo había perdonado. Lo único que saqué fue este barco. Así que allí estaba yo al día siguiente con la liquidación y dos cajas llenas de provisiones que había comprado en el supermercado. Y allí estaba ella. Pequeña, con no más de veinte años, menuda, con unos vaqueros ajustados y viejos, la melena rubia mal peinada y unos ojos lánguidos de enferma. Me han dicho que te vas río arriba. Quiero que me lleves pero no tengo dinero para pagarte. Se dirigió a mí como si me conociese de toda la vida. Y se quedó plantada, mirándome con sus ojos de enferma como si no le importase lo que pudiera decirle. Tuve la certeza de que si le decía que no, daría la vuelta y se iría tal como había venido. Le miré de nuevo de arriba abajo y ella clavó sus ojos en los míos, pero no pidiendo compasión, si no como si pudiera aventurar lo que le iba a decir... –Bueno- le dije- de acuerdo -. Creo que se lo dije por lo sincera que me pareció en eso de que no tenía dinero, ¡y qué diablos!, pronto tampoco lo tendría yo. Voy por mis cosas, dijo. Se acercó al refugio que hay para esperar el transbordador y enseguida estuvo de vuelta con una maleta vieja a punto de reventar y con aquel niño. !Dios qué sensación me produjo verlo dando saltitos hacia el barco¡ En ese momento me arrepentí de haberle dicho que sí. Aquel niño, porque era un niño aunque parecía vestido de niña, me repugnaba; los ojos ciegos, blancos como huevos de paloma y un continuo vaivén de tentetieso me daban dentera. Tenía la misma cara pálida que la chica y el pelo rubio y desmadejado

El primer día transcurrió apaciblemente. Conocía bien el río y no era difícil navegar en aquel tramo. La navegación se hace más difícil cuando se llega a los rápidos de Salinas, pero eso sería en el cuarto o quinto día; hay que estar muy atento a los bancos de arena y a la corriente que se hace más fuerte, ahora todo era sencillo y agradable.
No nos dirigimos la palabra salvo para esas cosas que se dicen cuando uno no tiene nada que decir: “pásame el agua”, “no hace mal tiempo”, etc., y estupideces por el estilo. Por otra parte yo tampoco tenía muchas ganas de hablar. ¿Le iba a preguntar cómo se llamaba?, o ¿cuántos años tenía?, o ¿qué le pasaba a aquel tentetieso?. En fin, que no estaba dispuesto a eso, nunca me había gustado que me interrogasen. Le había dejado subir al barco sin preguntarle nada y no lo iba a hacerlo ahora, ya hablaríamos si surgía la ocasión. Estuvo durante todo el día sentada en el banco de proa con la vista fija en el río y con el niño pegado a ella, sin moverse salvo cuando la llamaba para las comidas. Tampoco se molestó en ofrecerse para ayudar a hacer la comida o..., no sé, a cualquier otra cosa. Al fin y a al cabo la estaba llevando gratis. ¡Qué más da!, imagino que debía tener muchos problemas para preocuparse de ir dando las gracias por ahí o por ser un poco amable.
A media mañana del segundo día fondeé en medio del río, en un recodo donde la corriente es suave, para darme un baño. Hacía calor y no teníamos ninguna prisa. No se quiso bañar. Dijo que no tenía bañador y que no quería dejar al niño solo. Le dije que no se preocupara por el bañador, se podía bañar desnuda, yo no miraría, y del niño ya me encargaría yo, pero así y todo dijo que no. Me bañe desnudo. No es que quisiera escandalizarla, no tenía pinta de ser de ese tipo de mujeres, pero siempre me ha gustado bañarme sintiendo el agua fresca en mis partes. Me tiré al agua y se quedó mirándome desde el banco de proa. Parecía que estaba mirando muy lejos de allí y que yo no era más que el instrumento que usaba para mirar. No pude soportarlo. Repentinamente me asaltó la idea de que me iba a dejar allí, claro que esto no podía ser, no sabía manejar el barco pero así y todo me pareció que el agua estaba más fría que de costumbre y tuve que salir.
Esa noche no dormí bien. Estuve dando vueltas en la cama obsesionado con la mirada de la chica y con los ojos de huevo de paloma del tentetieso. Me lo imaginaba de pie toda la noche con su bamboleo continuo y con los ojos abiertos, mientras ella lo miraba con resignación, pero luego pensaba que no, que no podía ser así, alguna vez debía de parar y descansar. Me entraron unas ganas terribles de levantarme y mirar, lleno de una curiosidad que no era capaz de comprender. Decidí que lo mejor era tomarse una copa y no andar por ahí en mitad de la noche espiando a una joven y a un niño enfermo; luego, la copa se convirtió en varias, hasta que me quedé adormecido por el alcohol.
Me desperté más tarde que de costumbre con la boca reseca y dolor de cabeza. Ya estaba en la proa. Ni siquiera habían desayunado. Puse la cafetera en el fuego y saqué unas galletas con mantequilla.
- Otra vez, puedes preparar el café y desayunáis. No tienes que esperarme – le dije.
- Sí. Ya lo haré otro día.
Y ahí quedó todo. No creo que lo fuese hacer aunque me levantase a la hora del almuerzo. No me gusta meterme en la vida de nadie, pero creo que un niño debe desayunar a sus horas. Eso fue lo único que mi madre consiguió hacerme entender sin esfuerzo.
La tercera noche habían bajado al camarote y yo me tumbé en cubierta dispuesto a disfrutar de una noche tranquila. El murmullo de la corriente al golpear el casco siempre me ha relajado, y me gusta escuchar a los insectos y las ranas. Había hecho calor durante el día, pero ahora una ligera brisa del norte movía las ramas de los árboles y refrescaba. Me sentía a gusto. Había perdido el trabajo,tenía poco dinero en el bolsillo, pero me sentía bien. Y lamentaba que ellos no pudieran disfrutar de la noche. Me servía un whisky cuando llegó ella. Le ofrecí uno y se sentó frente a mi.. Era la primera vez que la tenía tan cerca sin el niño pegado a ella y aproveché, amparado en la discreción que me daba la oscuridad, para observarla detenidamente. Tenía la cara bien formada. Tal vez demasiado delgada y por eso los pómulos parecían muy marcados. Los ojos eran claros, tristes y cotidianos. El pecho, todavía joven, se marcaba sobre la camisa cada vez que se movía. El cuerpo en general, salvo por la delgadez de la vida desordenada que llevaba estaba bien formado. No era una mujer de bandera, sino más bien ese tipo de mujer que te gustaría tener en casa esperándote con una sonrisa.
-¿Dónde vas a ir cuando te deje?
-No lo sé.
-Yo voy a seguir río arriba. Hasta Guadalupe. Es un buen sitio para encontrar trabajo. Podrías probar.
-Ya veré.
Se callo cómo si ya hubiésemos hablado todo lo que teníamos que hablar. Pero yo tenía ganas
-¿No habla? - insistí
-¿Qué?
-El chico...¿que si no habla?
-No. No – repitió.
-¿Y... los médicos...qué dicen?
-¡Oye prefiero no seguir hablando de mi hijo!
-Lo siento. No quiero molestarte.
-Estoy harta de dar explicaciones. Si habla, si no habla, qué le pasa, si es subnormal, compadeciéndose de mi, de él, pero nadie..., ¡nadie hace nada y soy yo la que un día tras otro tengo que sufrir su presencia!. ¡Yo sola porque su padre, su puto padre...! – y comenzó a llorar con el llanto de quien ya ha llorado mucho por algo. Me acerqué y puse mi mano sobre su hombro. Se resistió, pero luego de dejo llevar como si necesitase de alguien. Seguí escuchando el batir del agua sobre el casco pero ya no era tan agradable..
A la mañana siguiente me levante temprano dispuesto a darles una sorpresa. Me puse a pescar para el desayuno. Cogí tres truchas y las freí con jamón. Dejé abierta la puerta para que el olor del tocino frito y crujiente se extendiera por el barco. Llamé a la puerta del camarote.
- ¡Oye el desayuno! – dije y me di cuenta que todavía no sabía su nombre.
Había puesto la mesa en cubierta para los tres. Tal vez el mejor desayuno que había preparado nunca. El café, las truchas, la fruta, todo parecía apetitoso. Se sentaron sin apenas un saludo. Supuse que estaba un poco avergonzada por lo que había pasado la noche anterior y no se lo tomé en cuenta. Serví la ración al chico pero ella rechazó la suya. Sólo el café- dijo. Deberías comer algo- observé. Ya me preocuparé yo por lo que como- me espetó. Era una pena tirar las truchas pero no me sentía con ganas de comerlas después. Sentí que el tímido acercamiento de la noche anterior se había ido al garete.
Al mediodía llegamos a los rápidos del Salinas. Le pregunté si se iban a quedar allí o seguirían más arriba. Dijo que aquel era un sitio tan bueno como cualquier otro y que se quedarían allí.
-Me voy a acercar a Salinas a comprar algunas cosas que se han acabado. Cuando vuelva prepararemos algo de comer. Ya os iréis después.
No dijo nada, pero asintió con la cabeza.
Salinas es un pueblo apartado. Pero es un pueblo agradable: fresco en verano y templado en invierno, lo que no es normal en esta zona del país. Por eso siempre me ha extrañado que no haya crecido más. Claro que no es un sitio muy adecuado para poner negocios y hoy eso es lo que importa. Aquí nunca echas en falta a alguien que quiera tomarse una copa o que te quiera acompañar a la cama por un precio ajustado. Fui al bar de costumbre Tenía ganas de tomar una cerveza y de hablar con alguien.
-Hacía tiempo que no te veíamos por aquí. Creíamos que habías echado el ancla para siempre- dijo el camarero sonriendo
-Sí. He trabajado demasiado tiempo en el mismo sitio – y nos reímos los dos.
Tome una cerveza y después de la tercera o cuarta invité al camarero a tomarse otra conmigo y luego él invitó a otra. Cuando quise darme cuenta habían pasado más de dos horas. Me acordé de la chica y de que estarían esperando para comer. Siempre me pasa lo mismo, me pongo a hablar con alguien con el que estoy a gusto tomando una copa y olvido todo. No creo que esto sea malo, pero sé que para muchas personas sí lo es. Por lo menos para muchas que he conocido.
Volví al barco después de comprar unas latas, café y algunas cervezas, pensaba disculparme por el retraso con un bollo de crema para el niño. Iba a comprarle algo a ella pero desistí, no quería que creyera que era algo más que una disculpa por el retraso. No la vi en la proa, así que supuse que se habría cansado de esperar y se había ido. Iba a morder el bollo cuando un grito desesperanzado que parecía ir y venir sin apagarse del todo, me frenó en seco. Solté las bolsas y corrí al barco. En cubierta no había nadie. El lamento venía de los camarotes. Bajé las escaleras tan precipitadamente que olvidé agachar la cabeza en el último escalón. Me golpeé en la frente con tal fuerza que caí de espaldas sobre la escalera. Me levanté sangrando y maldiciendo a la madre del que había diseñado el barco. El grito salía del camarote de la chica. La puerta estaba atrancada por fuera. Abrí. Dentro estaba el niño llorando sin lágrimas, con ese sonido estremecedor y meciéndose: atrás, adelante, atrás, adelante, cada vez más rápido. Se había llevado las maletas y había dejado la ropa del chico tirada sobre la cama. Salí corriendo del camarote gritando, insultándola con todas mis fuerzas. No me contestó.
Arranque el motor, largué amarras y mientras me alejaba del muelle seguí escuchando el llanto lastimero que se perdía con la distancia. No volví la cabeza para mirarlo pero me lo imaginaba sobre el embarcadero en su continuo vaivén: atrás, adelante, atrás, adelante. Pero apenas puedo cuidar de mí.
Alfonso

4 comentarios:

mjtrafalgar dijo...

!qué cabrona!!!...es intenso el relato

Pedro dijo...

Joder, no me esperaba ese final tan crudo; pobre crío.
Mantienes la expectativa durante todo el relato sobre el desenlace, un poco de misterio y sorpresa final: buenos ingredientes.
Bienvenido de nuevo.

Equilibrista dijo...

Intenso y misterioso relato. La forma de relatar me recordó a algunos cuentos de Raymon Carver que leí. Ubico la trama en los EEUU, es la impresión que me dio.

Si no te importa, voy a poner el botón "Seguir leyendo..." para que el relato no ocupe tanto en el blog. Así quienes quieran leerlo, sólo tendrán que clicar en Seguir leyendo.

Escuela de Letras Libres dijo...

Gracias Equilibrista, por mencionar a Carver (para mi uno de los mejores cuentistas americános, aconsejo Tres rosas amarillas) y por el botón seguir leyendo no sabía como se ponía