miércoles, 20 de julio de 2011

EL CAMINO DE SIEMPRE VOLVER

Me despierto de madrugada, el sueño me ha sido esquivo durante toda la noche a causa del nerviosismo por la inmediatez de la vuelta al hogar. El silencio del dormitorio, solo es perturbado por un leve y acompasado ronquido de alguien que duerme plácidamente en el otro extremo del recinto. Con la luz mortecina que proyecta la luminaria de emergencia, vislumbro mi mochila apoyada en la pared; contemplándola, me asaltan sentimientos entremezclados de tristeza y alegría al pensar que solo me quedan una horas de llevar esta carga en mis espaldas transportando las pertenencias que durante tantos días han sido todo cuanto he necesitado... ¡Que bien he vivido prescindiendo de tantas cosas imprescindibles¡

Antes de amanecer dejo la litera y aunque que mi tren no sale hasta media mañana, no puedo permanecer más tiempo acostado. Al igual que yo, muchos peregrinos que proseguirán el camino están ya levantados, auxiliados de pequeñas linternas preparan sus bártulos para emprender cuanto antes una nueva etapa y así eludir las horas en las que el sol abrasa en este Mayo con ambiciones veraniegas y aunque procuran no molestar a los que duermen, el manoseo de las bolsas de plástico y el abrir y cerrar cremalleras, ocasionan el peculiar y ya familiar ruido tempranero.

Bajo al recinto multiusos con la intención de hacer tiempo para que los amigos que he hecho en estos días se despierten, ellos tampoco tienen prisa, como yo, hoy cierran el paréntesis que abrieron en Roncesvalles. Mientras tomo un café pausadamente, observo el trajín de los peregrinos: calzándose las botas que han retirado de los estantes donde hubieron de dejarlas a la llegada al albergue, comiendo alguna vianda para acopiar energías, o haciendo someras consultas sobre la ruta que les aguarda.

En unos momentos, quedo enredado en mis cavilaciones sobre lo que han significado estos días en el Camino de Santiago. Evoco la sensación de vértigo que me asaltó al comienzo de este anhelado proyecto al enfrentarme a lo desconocido y la inusitada rapidez con que desapareció ante el buen ambiente y la complicidad solidaria de la gente con la que comencé a relacionarme,

Esos gestos solidarios tan cicateros en nuestra sociedad, han sido una constante en todo el peregrinaje.


Siguen acudiendo a mi mente las vivencias de este viaje interior, donde las dificultades siempre han encontrado el antídoto de la resistencia física y mental para vencerlas, ayudándome a encontrar al yo con el que tantas veces disiento.


Este ha sido el espacio en el que he adaptado la vida al ritmo de mis pasos, unas veces en soledad buscada sintiéndome un elemento más de esta naturaleza que conforma el paisaje, con la melodía de fondo del trino de los pájaros, el rebullir de los arroyos o el susurro de las ramas agitadas al antojo de los vientos; caminando con el sol a la espalda y precedido siempre por la sombra que proyectaba mi cuerpo como punta de lanza señalando al occidente. Otras veces caminando junto aquellos que fueron compañeros de ruta y tras jornadas de estrecha convivencia compartiendo tantas cosas, son mis amigo.


Aparecen sin orden cronológico ni geográfico, pueblitos encantadores que se ocultaban huraños mostrando en lontananza como carta de presentación solo la espadaña de su iglesia románica. Calzadas romanas perdurables al rigor de tantos siglos. Puentes que nacieron como servicio al peregrino y hoy gozan del privilegio de ser admiradas joyas de nuestro patrimonio arquitectónico. Catedrales góticas que en nada envidian a las de Reims, Colonia o Milán...


Envuelto en esta feliz abstracción, no me percato de que tres personas se han sentado en un banco contiguo al que me hallo, hasta que sus jocosos comentarios me devuelven al presente. Ha llegado el siempre incómodo momento de las despedidas. El trance lo salvamos de manera rápida, con un fuerte abrazo, escamoteando como podemos los perceptibles sentimientos que comienzan a aflorar en nuestros semblantes. Hacemos votos para que en fechas no demasiado tardías, el Camino sea el hacedor del reencuentro y partimos taciturnos cada uno hacia un lugar desde donde seremos transportados a nuestros distantes destinos.

2 comentarios:

genialsiempre dijo...

Supongo que aunque solo fuese por vivir ese momento que describes en tu texto, ya valdría la pena hacer el camino. A ver si tengo fuerzas para la próxima primavera

Alinando dijo...

Hola Juan. Han pasado varias semanas, pero aún me emociona revivir ciertas vivencias, como esas que tan bien relatas. Gracias por haber compartido conmigo charlas previas al Camino que tanto me ayudaron luego.

José María, no dudes de tus fuerzas, estás más que preparado en cuestiones de senderismo. Abrazos y buen Camino a los dos.