jueves, 4 de septiembre de 2008

Intruso

Una noche aciaga, mientras, débil y cansado, en la oscuridad envuelto, rumiando desconciertos sudorosos por la soledad que me embargaba, en el letargo, trémulo y aturdido, hastiado de las mismas páginas que narran ilusorias, heroicas hazañas, golpeando las puertas del sueño, de pronto, sibilino, sigiloso, un sonido. Cuando a tientas busqué devolver su rotundidad a los objetos, la luz sólo me mostró mi cuerpo cubierto por las piezas de un triste pijama, un escritorio, una cama, unos libros y poco más. Me dispuse a cruzar la frontera tras mis ojos cerrados, regresar a las llanuras volubles y pomposas. Pero entonces de nuevo el mismo sonido, aún más intenso, acechador que la primera vez.

“¿Qué clase de intruso se inmiscuye en esta noche calurosa y depresiva? ¿Quién se oculta, agazapado, tras la higuera de mis sueños?” – me preguntaba. Busqué la respuesta en la luz, subyugadora de los monstruos. Pero a nadie encontré. Irracionales figuraciones me llevaron a imaginar al intruso en algún escondite, oteando desde allí el horizonte de su gula. ¿Pero qué había de temer de aquel cuartucho si sólo había un escritorio, una cama, unos libros y poco más? ¿Acaso un vecino insomne, acaso un pequeño insecto, acaso el viento en la ventana o poco más? Volví a voltear la moneda, y en el envés de nuevo la sombra, la oscuridad. Al fin caí al abrazo de las ebrias y algodonadas metáforas, deseando satisfacer mis anhelos en el arrullo del dios Morfeo. Pero entonces vi en el horizonte alzarse una aterradora figura: un caballero negro, lanza en ristre, acometiendo una justa, se dirigía hacia mí. Y su corcel en un pesado y denso galopar, iba emitiendo aquel mismo sonido, zumbante, turbador, ocupando todo el aire entre nosotros. Lo que vi después no podría ser contado en los libros que se posaban en la mesa del dormitorio sin provocar la peor de las angustias. Arrastrada con una cuerda por aquel demoníaco caballo, una mujer, la que yo amaba en aquel silencio, y de su vientre desgajado brotaban pequeñas criaturas encorvadas y monstruosas que se desgañitaban en una diabólica carcajada. Destilaban sus entrañas efluvios cuyo rastro conducían a aquel caballero de los malos augurios. Tras ella, otros cuerpos, los de mis amigos y compañeros procesionaban con el rostro inerte, intercambiando sus cabezas al son de la penosa marcha. Pero no había tiempo para pedirles ayuda, pues el intruso se acercaba a mí, ya estaba alcanzando mi frágil cuerpo hechizado por aquel molesto sonido. Intenté huir, zafarme de sus ataques pero él regresaba con la obcecada voluntad de los monjes. Al fin atravesó con su lanza mi piel. Después se alejó pero sólo para recrearse en su gula navegando entre oleadas de sonidos y gases invisibles, para volver de nuevo y sellar su estancia con pústulas de sombra y sangre. Demasiado débil, demasiado cansado, preso del sueño, con los cajones abiertos, las lámparas en el suelo y las sillas en el techo, quedé a su merced, no podía hacer nada más que implorar su caridad. Pero entonces fue uno de sus embates el que me impulsó de nuevo a la frontera. En el sobresalto logré retornar la luz, y el lienzo del sueño se fue diluyendo, como si un frasco de amoníaco cayera de un estante y se fuera vertiendo lentamente sobre él. La imponente presencia de los objetos quedaba difuminada y yo me hallé en medio de aquel umbral de puertas entornadas. Llevé mis manos al rostro sudoroso, tratando de recuperar la calma y luego, giré la cabeza. Fue entonces cuando lo vi, tranquilamente posado en la lámpara del dormitorio, justo delante de mí, el intruso.

No era más que una minúscula nave alada, sin corazón que sienta o que palpe, una gota de sombra atada a mi cuerpo por un lazo inconsciente, su hocico una aguja magnetizada a mi sangre, su risible rostro con la forma de una almendra. Asustado aún y avergonzado de mi suerte, mis pensamientos se debatieron en letanía: “¿Cómo ha podido su ridícula esencia copar toda mi presencia, reducirla hasta convertirme en un loco de alquiler en esta habitación? ¿Cómo ha logrado ser pincel involuntario de mis pesadillas, enmarcar el lienzo de este grotesco, el más patético que pudiera eyacular el subconsciente de un pintor surrealista? ¿Cómo ha podido, en fin, engendrar esta penosa parodia?”

Desde el cristal de la ventana empezaron a inundar el dormitorio tonos pastel. Pero ya era tarde. La sombra del intruso se derramaba por la estancia, y mi alma, de esa sombra que aún yace sobre el suelo no podrá liberarse… nunca más.

David
Nota: Se trata de la tarea de hace varias semanas, la de escribir algo con las palabras: horizonte, caridad, almendra, amoníaco, corazón, monje y aguja; aunque la idea de este relato surgió de manera independiente y luego incorporé las palabras.
Saludos

7 comentarios:

genialsiempre dijo...

DAVID: Tengo que confesarte que ayer cuando leiste el relato me gustó, pero los ruidos de fondo que sufríamos me distrajeron un par de veces durante tu lectura, lo cual me impidió concentrarme en la calidad del texto. Por ello te agradezco que lo hayas colgado en el bloc, pues valía la pena leerlo íntegro y releerlo para apreciar toda su belleza. Enhorabuena, sabes crear situaciones que trasladan al lector y le sumergen en la historia.

jose maría

Raquelilla dijo...

Jose María tiene toda la razón, ya comenté a Raquel ayer que nos reuniríamos el miércoles en vez del jueves y no puso ninguna pega. La verdad es que este texto es para releerlo mas de una vez, para que no se te escapen diapositivas tan impactantes y sublimes. David, Te invito a que te pases por mi blog y leas el texto del payaso, como te comenté en el tendedero, a ver qué te parece.

Escuela de Letras Libres dijo...

Bueno, gracias por vuestras palabras. Es normal que se escaparan algunas cosas por culpa del ruido que se nos echó prácticamente encima. A mí me hubiera gustado leerlo con menos ruido de fondo, pero bueno, cosas del directo, cosas que pasan. La próxima vez, ya un miércoles, ya irá mejor. Suerte que tenemos el blog. Presto me paso a leer el texto del payaso. Gracias de nuevo.

David

Escuela de Letras Libres dijo...

Ra, ya he leído tu relato del payaso, y te he dejado un comentario en tu blog. Pero desde aquí te felicito porque me has dejado embobado, qué habilidad tienes para atrapar al lector y para meterte en la historia y desarrollarla desde dentro, y reflejar el miedo. Me ha gustado mucho.

¿Nadie ha encontrado todavía (aparte de los que estuvimos ayer en el tendedero) las referencias a un conocido poema que hay en mi relato?

David

Pedro dijo...

A mí me pasa lo mismo, al leerlo y releerlo, despacio, con calma, se aprecian cantidad de detalles y geniales metáforas que se me pasaron por alto en el Tendedero.

David, eres todo un maestro.
Saludos.

Raquelilla dijo...

Pues si te digo la verdad, David, de lo embelesada que leo ni me doy cuenta de que las palabras que elegimos están en el texto, consigue una evasión de ese detalle que me parece muy interesante.
Muchas gracias por el comentario en el texto del payaso, es un pequeño guiño a los relatos que en su día escogía Hitchkok para publicar como mecenas.
Ra

Escuela de Letras Libres dijo...

niño...pues no que he pasado hasta miedo. este texto angustia, desazona, inquieta, remueve entrañas...
en fín, un texto maestro.
nos vemos. Besos.
Fita
Intentaré ir a alguna de las próximas citas...