sábado, 24 de octubre de 2009

UNA SONRISA PINTADA


-Ay! La Gioconda, su sonrisa, que quieres que te diga, a mí no me gusta.
Yo estaba, como hago a veces, sentado en la terraza de un café, haciendo como el que lee un periódico, de segunda mano, sí, cogido de cualquier sitio: de un contenedor, del autobús, de una mesa de cualquier bar. Me gusta sentir la vida de esta manera, oyendo lo que la gente viva se cuentan entre ella. No me tienen en cuenta. Hoy nadie tiene en cuenta a nadie.

Esa mañana el sol era generoso y apetecía estar al amparo de una sombrilla para no atiborrarse de tanta generosidad. Las mujeres charlaban sin prisas deleitándose a cada frase. Eran hermosas, las dos. Estaban en una mesa al lado de la mía. La que afirmaba no gustarle aquella sonrisa inmortal tenía unos ojos preciosos, de un azul que confundían, cegadores como el mismo sol. La que escuchaba sin compartir lo que oía era rubia como una mañana de verano.
- Pues chica, no sé por qué dices eso. Todo el mundo coincide en que es la sonrisa mejor pintada jamás- la mujer decía esto untándole mantequilla a una tostada. A su espalda El Louvre destellaba y una barcaza, como un gran animal herido dejaba escapar un bocinazo de tristeza.
- Es que es precisamente por eso, por que es pintada- recuerdo perfectamente lo que decía por que lo anoté. Dejo el periódico en la mesa, saco mi libretita y escribo lo que oigo, es mi modus operandis a mi edad no suelo recordar bien, aunque aquella conversación sería inolvidable para mí.
- No te entiendo- decía la mujer más cerca de mi oído, la rubia. Miraba el reloj, como un acto reflejo, por que luego se recostaba en el respaldar del sillón de enea y parecía importarle poco que las manecillas siguieran o no su monótono camino.- No sé qué quieres decir, ¿acaso no es de lo más complicado darle forma y personalidad a una pintura?, en el caso de La Gioconda, parece que vayas en contra de todo el mundo con tu apreciación, que por otra parte sigo sin entender.

Volvió a quejarse la barcaza que como un gusano gigante
Parecía reptar através del Sena y cuando acabó con su sonoro lamento, la mujer más alejada de mí, después de cruzarse circunstancialmente con mi mirada, tomó la palabra y prosiguió con la charla.
- Verás, esa sonrisa está puesta ahí por el pintor,- decía sin tratar de imponer su criterio, con una voz suave.- es forzada, es artificial, consigue muchos efectos, no lo pongo en duda, pero el único que creo que no acierta a conseguir es la alegría. ¿No lo has notado?, La Gioconda no está alegre. Sonríe artificialmente.

Yo compartía el criterio de la mujer de los ojos azules, la que acababa de hablar, pero estaba deseoso de oír la respuesta de la rubia. No se hizo esperar. Se limpió con la mayor discreción un poco de mantequilla de la comisura de sus finos labios y después de darle un sorbito al café, que ya lo quise para mí, rompió el breve silencio.

- Tú estas hablando de algo más que pintura, estás hablando de la vida misma, de sentimientos, y de eso reconozco que no estoy a tu altura. Pero,¿ no me digas que no te gusta La Gioconda?, te he visto ahí dentro otras veces hipnotizada delante del cuadro.
- Verás, Josefine,- llamó por su nombre a su amiga quizás para darle más intimidad e importancia a su consideración- cuando entremos al museo volveremos a ver que La Gioconda es sin duda una de los grandes cuadros de la historia pero yo jamás tendría la sonrisa pintada. La alegría ha de ser natural, una no debe sonreír para alegrar a nadie sino porque se está alegre por dentro. La cara es el espejo del alma, es lo que se dice, ¿no?, pues para mí, La Gioconda no tiene alma, ni nunca la tendrá por más que se empeñen los entendidos en arte. La falsedad apesta.
- Ahí llevas razón. Te aseguro que nunca pintaré una sonrisa en ninguno de mis cuadros.
- ¿Harás que sonrían las flores?, te será más difícil que hacer que lo hagan las personas.
- Qué chistosa eres, me refiero para más adelante. Ya he cambiado la sintonía. He empezado un cuadro, sin flores. Ya te lo enseñaré.
- Oh! Me alegro mucho que hayas dado el paso que tanto ansiabas.
- Sí, pintar al ser humano es muy complicado y sus interioridades todavía más, me lo acabas de demostrar. A partir de hoy será mi objetivo.- con esto la rubia dio por terminado su desayuno y como vio que su amiga también, llamó al camarero.- por favor díganos cuanto le debemos…- se levantaron las dos y al partir me dirigieron a la vez una sonrisa de lo más fresca y bonita. Yo solté el periódico de una mano, me besé los dedos de la otra y dejé que un beso escapara para que la leve brisa del Sena se lo llevara a ellas. Y se fueron.

Esta charla supuso mucho para mí, después de utilizar a las dos como fuente de inspiración para mis escritos, aquella mañana aprendí, a mi edad, a no ser hipócrita, a no mostrar una sonrisa como el que saca un billete para pagar, como por ejemplo aquellos desayunos , que gustosamente pagué, a no mostrar una cara que no tengo.
Muchas personas llevan la sonrisa pintada, como La Gioconda. Aquella mujer de la mirada azul llevaba la sonrisa en el alma, sin que ella supiera que a veces se le abriera y desde su interior una sonrisa auténtica se le pintara en la cara.
Un Saludo. moy.

5 comentarios:

Pedro dijo...

Magistral Moy, tanto la lección de humildad y sinceridad como la belleza del relato.
También yo intentaré quitarme esa máscara de sonrisa perenne y deslumbrante.

Un abrazo.

genialsiempre dijo...

Perfecto Moy, tanto como narrativa como la lección de arte. Nunca me habría imaginado eso de la sonrisa de la Gioconda, pero, cuando lo leo en tu texto tienes toda la razón.
Ahora tendremos que forzarnos para que nuestros escritos tampoco reflejen "sonrisas" irreales, o cualquier otro sentimiento.

José María

Anónimo dijo...

quizás, quizás se te haya desvelado el misterio de la sonrisa que no sonríe...quizás...Fita

Anatxu dijo...

Buen relato, aunque las apariencias engañan..Moy. Eso ya lo deberíamos saber¡¡¡
Me alegra verte por aquí
besos

Raquelilla dijo...

Y seguro que,añadiendo algo más a todo lo que te han dicho, a todos nos has sacado una buena sonrisa leyendo tu relato, y a mí uno mayor al ver que era tuyo.