miércoles, 26 de mayo de 2010

La lata de caramelos




De reojo vio una lata de caramelos sobre un pañito de croché en la estufa catalítica. Aquella imagen le atraía pero no quiso desviar de nuevo la mirada, a fin de cuentas, para eso estaba allí, para prestar atención a aquella anciana quejumbrosa, enlutada y embutida en la mecedora.

El voluntariado le estaba descontrolando emociones que ya creía dominadas. Cada día escuchaba quejas lastimeras y sufría los reproches de madres abandonadas como si estuvieran dirigidos a él en vez de a unos hijos ausentes y sin rostro. Ese día estaba especialmente cansado, sensiblón. Intentó desviar sus pensamientos, hacer un quiebro a la melancolía que comenzaba a revolotear en su barriga. Miró de nuevo la vieja lata de caramelos Toffee sobre la estufa. Durante un buen rato siguió atendiendo a Sagrario, pero esta vez con gestos de asentimiento automáticos, fingidos. En unos segundos ya estaba en otro mundo, en otra época, era la misma marca de caramelos que recordaba de su infancia.
Sagrario cambió de tema, esta vez tocaba hablar de geranios y de tiestos pero él ni se dio cuenta del cambio de rumbo, tan sólo cerró los ojos unos segundos. Luego se dirigió lentamente hacia la lata. A medida que se acercaba se le iba acomodando en su nariz el aroma de los caramelos. Necesitaba abrirla, notar la calidez dulzona de su aroma.
Dicen que los olores son los principales desencadenantes de recuerdos. La simple remembranza del aroma, incluso antes de abrir la lata, le trasladó a sus tres añitos, a los brazos de su llorosa hermana. Y vio las columnas de hierro forjado de la estación de ferrocarril, y el resto de la familia, y más lágrimas, y vapor, mucho vapor de la máquina entrando en la estación, y aquel hombre extraño bajándose del vagón de madera con una lata de caramelos en una mano y la maleta en la otra, y abrazos, muchos abrazos, y más lágrimas… demasiados recuerdos para ni siquiera haber llegado a la estufa y a la lata.
Dicen que los olores son los principales desencadenantes de recuerdos, así que la abrió y aspiró en su interior a medida que levantaba la tapa. Un olor rancio y metálico le echó para atrás. Dentro, unas tijeras oxidadas y dos trapos empercudidos parecieron reírse de él en vez de sentirse deslumbrados por tanta luz repentina. Cerró la lata lentamente, dejó sus recuerdos con aquellos enseres acostumbrados ya a la oscuridad y se acercó a Sagrario prestándole de nuevo su atención.

9 comentarios:

Equilibrista dijo...

ay, pero cuántas... cuántas veces habré tenido esa sensación... latas de galletas para tornillos y tuercas... lata de bombones para hilo y aguja...

qué bonito antonio

Carmen dijo...

Te prometo que fue leer "...pañito de croché en la estufa catalítica..." y pensé, este es de Antoñín.

Me quedé con las ganas del caramelito, pero me ha encantado encontrarme con esos "trapos empercudidos". (aquí se dice empercochao, que me acabo de enterar que viene de verbo percochar)

Muy bueno, Alinandito.

Alinando dijo...

Me gusta mucho más "empercochao", y lo sabes, suelo usarla con frecuencia, pero no creí que encajara en este texto.

Carmen, ayer se leyó tu texto para el cuadernillo en el árbol y tuvo un efecto rotundo. Gustó y emocionó una barbaridad. Siento que tu abuelo esté pachucho, le deseo lo mejor. Su famosa frase piropeando a las chicas será mi lema cuando yo envejezca (que no falta mucho por cierto):
"¡Quien tuviera diez años menos!"
Hermosa frase cuando se tienen 99 años. Besos a la familia.




Gracias David y Carmen, ayer os echamos de menos a los dos.

genialsiempre dijo...

Precioso relato, todo sensibilidad a través de los aromas y los recuerdos. Me ha gustado mucho, es digno de un cuadernillo

Alinando dijo...

Gracias José María ¿Te gusta el título "recuerdos clandestinos"? jejeje.

Bienvenido a casa.

Raquelilla dijo...

Vaya chasco que se llevaría, y bofetón de olor inesperado. Cuando imaginas algo antes de percibirlo, y resulta ser otra cosa distinta, el desengaño es mayor. Ains.
Ra

Anatxu dijo...

Los olores, siempre los olores.....
como tarros para guardar recuerdos,los vividos y los por vivir.
Relatas de una forma tan sencilla las cosas sencillas de la vida, que en seguida las hago mias.

Carmen dijo...

Gracias Antoñín, a ti y a todos, yo también os eché de menos una cosita mala.

Mi abuelo, aún esa maldita mascarilla de oxígeno, aprovecha cualquier soplo de vida para piropear a las enfermeras. El otro día una se hizo un hueco entre sus docenas de cables para decirle, "Tomás, eres un manojo de nervios", y él, con una mijita de aliento la llamó para que se acercara y decirle; "y tú un manojo de claveles".

Besos a todos.

María Dolores dijo...

Nada nuevo que aportar que no te hayan dicho yo tus compañeros como no sea que entre tu relato y el comentario de Carmen me habéis hecho derramar lágrimas de verdad, de esas que llegan a los labios y están saladitas.

Como siempre sabes llegar.

Loli.