jueves, 31 de mayo de 2012

Dehesa Montemayor


El primer recuerdo que tengo es el de la hierba verde manchada de florecillas de primavera sobre mi húmeda cara, y cómo mis ojos miopes intentaban enfocarlas. Una buena época en la que tuvo a bien mi madre traerme al mundo, como el resto de las vacas, las cuales suelen quedarse preñadas todas a la vez, y la luna, cuando está en cuarto menguante, da la orden a la vida que llevan dentro, para que empujen con todas sus fuerzas y abrirse paso al mundo exterior. Bajo encinas y alcornocales, a la sombra de la calidez primaveral del sur, vine a nacer ese día en la Dehesa Montemayor, cuyo propietario, un señorito andaluz a la vieja usanza, dominaba varias hectáreas de arbolado, una gran laguna natural y muchas zonas de pasto, donde cientos de toros, cabestros y vacas, paseábamos a nuestro antojo, comiendo una rica hierba o metiendo las patas en las aguas frescas del lago cuando íbamos a beber. Son los mejores recuerdos de mi infancia, cuando todos los becerros chapoteábamos felices en las orillas y perseguíamos a las libélulas, ajenos a lo corta que sería nuestra niñez.

Recuerdo que siendo aún un becerrito, llegaron los caballos montados por humanos con unas largas varas. A los más niños nos correteaban infatigablemente, y en cuanto se nos ponían cerca, las metían entre nuestras patas y nos derribaban sin piedad al suelo, una y otra vez. Eso llegaba a enfadarme mucho, imagino que era  lo que pretendían. A veces también correteábamos angustiados porque los palos tenían unos pequeños ganchos, los cuales se clavaban en nuestra piel, nos agarraban con fuerza y de nuevo al suelo, esta vez con heridas de sangre. Nuestras madres miraban resignadas cómo nos hacían estas maldades. Será que soy animal y no puedo entender qué habíamos hecho para merecer tales castigos. Fueron mis primeros enfrentamientos con el miedo, cara a cara.

Jamás olvidaré el olor a cuero quemado que nos produjeron unos hierros candentes, aquél día, cuando nos llevaron a todos, no tendríamos aún un año de vida. Me tumbaron en el suelo entre varios humanos. Primero me quemaron en el lomo. Cuando levantaron el fuego de mi carne pensé que me soltarían, pero no, luego vino el mismo intenso dolor sobre mi pata, pero no tenían suficiente, también me quemaron en el brazuelo. Aún no terminó mi tormento, ya que me cortaron trozos de la oreja con un cuchillo muy afilado. Cuando me soltaron no tenía por dónde escapar, todo estaba vallado. Lloré llamando a mi madre, un poco de su leche calmaría el miedo, el dolor y la pena que me embriagarían de por vida.

Nos han llevado muy lejos en un camión, donde no podemos apenas mantener el equilibrio durante el camino. No bebemos desde ayer, será que a donde nos llevan no hay lagos, aunque tampoco recuerdo desde cuándo no comemos. Al llegar a nuestro destino, he observado que el suelo es gris y no del color verde de la hierba de mi querida dehesa, aunque enseguida nos han metido en unos largos y estrechos pasillos con suelo amarillo, como el de mi fatiga. Hay bastante silencio, no se oyen pájaros ni becerrillos llamando a sus madres, tan sólo los gritos de algún humano que da órdenes a lo lejos. Se oyen fuertes golpes por los portalones que se cierran con fuerza. Hay tanto silencio que oigo mi propia respiración, mi corazón late con fuerza y no dejo de pensar qué hago aquí, con la garganta tan seca que casi no puedo tragar. Si pudiese escapar... Tengo miedo.

Qué se oye? Me parece que son humanos gritando y aplaudiendo. Si, son ellos. Pero qué estarán viendo que disfrutan tanto? Me consuela saber que si ellos se lo están pasando bien, yo tendré la misma suerte. Tengo menos temor al oír tanta alegría a mí alrededor, pero si pudiese escapar, lo haría sin pensarlo. Se oyen de nuevo los gritos, más aplausos. Son muchos, cientos de humanos divirtiéndose en un soleado día de abril, más o menos por esta fecha cumpliré cuatro años, todo un recio toro de lidia, de casta Vistahermosa, de los astados más fuertes, altivos y duros que existen. Con una equilibrada cornamenta, ni más larga ni más corta, con el punto exacto  en donde debe empezar y en donde debe acabar. Me gusta mantenerlos limpios y descamados rozándolos contra los acebuches, embriagándome con el olor de su madera, intenso y aromático como el de los portalones que tengo delante, al que araño empujando con las puntas de mis astas para ver si me conceden la libertad.

Por fin se abre el camino a mi ansiada libertad, corro, corro hacía delante buscando agua, buscando sombra, buscando… Hay un humano. Los destellos que lanzan su piel me ciegan al sol. Embisto, lo hago con toda la impotencia que llevo dentro, con todo el cansancio acumulado durante años. Estoy lleno de odio, de sed de venganza. Vuelvo a avanzar, pero siempre lo hago mal, tan sólo levanto un manto rosado en cada embestida. El humano desaparece de mi vista y vuelve a aparecer en segundos, no entiendo nada.

Alguien ha venido por detrás y me ha clavado dos garfios al lomo, los veo balancearse y mover mis heridas en un vaivén de dolor cada vez que me muevo.

De nuevo un caballo. Un sólo caballo con un humano sobre él. Empuña una vara, pero ésta no tiene la punta roma, tiene la llave que abrirá la enorme herida de mi espalda. Espadas que brillan al sol, banderillas que viajan ávidas de sangre hacía mi maltrecho cuerpo. Aplausos. Vítores, voces en coro. No puedo más, este insoportable dolor y el miedo que me invade, son el veneno perfecto para dejar de existir, pero mi corazón se resiste a dejar de latir.

Mi garganta es esparto, mi lengua corteza de alcornocal.
Mi lomo derrama  piedras granates, volcán de lava roja bullendo.
Mi espalda ya no es espalda, es árbol roto, ramas resquebrajadas, verbena de dolor.
Granos de granado, terciopelo rojo con antifaz..
Cerezas marchitas, flores de olivo al azar.
Espinas de zarzamoras en mis carnes, bandadas de mirlos por llegar.
Diademas de clavos, coronas de espinas sobre mi cuero infeliz.
Desierto de albero, aullidos de lobos.
Enebros de sal que perforan mi voz.
Sol en escarchas, penumbra de jaras, escalofrío en la sombra.
Lamento un sin por qué… lloro un sin razón.

El último recuerdo que tengo, son los lazos negros de las zapatillas sobre medias rosadas de mi verdugo y cómo mis ojos miopes las intentan enfocar.

Arrastran mi cuerpo. Paz. Por fin siento paz…


Luciérnagacuriosa.






1 comentario:

La Griega de AndaluCái. dijo...

Jo-derr...(puedo decir aquí joder?...)
Me ha gustado mucho Luz...!!!!!
Me he impregnado de los olores y colores de esa dehesa y sentido todo el dolor en mis carnes....Creo que la historia está muy bien hilvanada. La has llevado al final de una manera predecible pero hermosa...
Gracias por darme la oportunidad de leerte!