martes, 21 de abril de 2009

Los dientes de mi vecina




Me voy a hacer un rosario con tus dientes de marfil.
Juanito Valderrama
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¿Pensará acaso que esa es una forma de desnudarse? ¿Creerá que es un gesto impúdico a pesar de su levedad? ¿Por qué nunca me enseña sus dientes? Un movimiento involuntario a veces, sutil casi siempre, y el telón de sus labios me dejaría disfrutar del espectáculo. Entreverlos siquiera sería suficiente para mí… sus dientes...

Hace ya tres meses que se mudó a mi escalera. Dos de ellos han sido un sin vivir. Desde aquel domingo dichoso en que disfruté de su presencia en la terraza del Bistró. Ese día estaba yo en la barra solo con mi copa de Larios, como siempre. Ella arrastró la silla de tubo de hierro y se sentó. Yo sólo veía su rostro, para qué más. Sus amigos comenzaron con las bromas. Un botellín cayó y la cerveza recorrió la mesa y la pata hasta el suelo como el agua oxigenada corre por la pierna desollada de un niño. Todos reían. Ella me miró entonces y me sonrió. Y vi sus dientes… Sus dientes… Incluso dudé si era la misma persona cuando le vi desnudarlos. Cerró la boca. Sé que las aletas de mi nariz me delatan a veces, o la frecuencia con la que mi pecho se infla, o mis pupilas… también mis pupilas me delatan, no la culpo. Disfruté de unos escasos y prodigiosos segundos, una isla luminosa en medio de tres meses de penumbra. Las risas se sucedieron pero ella entonces se mantuvo un poco al margen. Comió, bebió, habló, masticó, sonrió levemente, bebió, masticó, masticó, bebió y calló… pero no me los mostró más. Ni a mí ni a sus amigos. Al final se levantó con ellos y se fue. No debió saludarme con una sonrisa cerrada mientras colocaba la silla en su sitio bajo la mesa. No debió hacerlo.

Antes, a veces, me cruzaba con ella por las escaleras. Me saludaba amablemente, me sonreía sin mostrarme sus dientes, pero ya ni eso. Me he dado cuenta de que intenta no coincidir conmigo ni por la calle ni por las escaleras. Ahora cuando paso por su puerta noto que me observa por la mirilla. Oigo su respiración tras la puerta, la intuyo mientras me observa. Sabe que me detengo delante, pero no sé por qué no sale y me saluda. Si no fuera por su sonrisa en el bar pensaría que está obsesionada, no sé. Sus dientes… Usa la puerta como máscara, pero yo sé que detrás está su sonrisa. Y detrás de la sonrisa están los dientes… Sus dientes…

6 comentarios:

Pedro dijo...

Y es que dónde se ponga una bonita sonrisa... Aunque es el primer caso que conozco de amor a unos dientes, pero ya se sabe, con el amor todo es posible.
Muy bueno Antoñín, si es para lo del Ateneo, van a flipar con nosotros.

genialsiempre dijo...

Eso es que la dentadura es postiza....no te atormentes más

José María

Anónimo dijo...

Vaya sigue habiendo hombres como los de antes que erotizan palmo a palmo -diente a diente- la geografía d e la amada...Fita

Equilibrista dijo...

me provocaste una sonrisa, de esas que enseñan todos los dientes...

abrazotes
dav

lys dijo...

Me has hecho pensar en lo importante que es enseñar los dientes. No es como enseñar un hombro, o una teta. Ni como mostrar el tobillo o un muslo, ni siquiera el picing de un ombligo se puede semejar a la belleza de enseñar una dentadura. No señor, nada igual.

Un saludo, me ha encantado el post

Raquelilla dijo...

Sin ánimo de aguar el romance: él es dentista y a ella le hace falta una buena endodoncia, aparte de un raspao en condiciones y unos cuantos empastes...jijijiji