martes, 17 de noviembre de 2009

Aguarrante



Como todas las tardes, Amal se entretenía jugando a su juego preferido: intentar atrapar a su sombra y fundirse con ella. Daba pasos cortos y sigilosos sin pestañear para no perderla de vista. Una forma extraña se alzó unos centímetros delante de la suya.

Levantó la cabeza y un sol cegador selló sus párpados, pero la nueva imagen estaba ya impresa en su retina, en un cerrar de ojos. Los mismos que, cuando necesitan aliviarse de tanta y tanta sequedad, lloran lágrimas de polvo y pedramol.

Despegó sus párpados y buscó la sombra sobre la anaranjada arena. Puso su mano extendida sobre la frente al tiempo que alzaba la vista. ¿Qué era lo que veía? Parecían tres globos de colores, desinflados, que danzaban alegres en el aire y de los que colgaba no sabía qué. Fuera lo que fuera, cada vez estaba más cerca del cálido suelo.

Amal siguió su trayectoria hasta poder alcanzar este regalo de la tarde. De un salto agarró el lastre que colgaba de los globos. Se sentó a observar su tesoro. Los globos se los daría a sus hermanos pequeños Dudú y Sidi para que, con los niños de su daira, jugaran con ellos. Sí, era una buena idea -pensó- así podrían inventar juegos nuevos.

Sus pequeñas manos se detuvieron en una bolsa desgarrada, que crujía al tocarla. Dentro había algo. Desató con esfuerzo los nudos de los cordones umbilicales que la unían a los descoloridos globos. Una sonrisa afloró a sus labios al pensar en lo contenta que se pondría su madre con estos hilos. Abrió la bolsa y una libreta de papel, más pequeña y oscura que las de la maestra, se brindaba a ser descubierta. El color de la parte de fuera era distinto al de las hojas que abrigaba. En ellas no había dibujos pero estaban llenas de letras y palabras y palabras. Nerviosa cerró el cuaderno, lo acarició y pasó una a una sus páginas a la vez que hilvanaba en su cabeza las palabras que nacían de su corazón. Seguro que las que dormían en el interior del cuaderno eran mágicas, como la lluvia, porque era un regalo llovido del cielo.

Volvió con su familia. El sol ya se había ocultado, la luna no había nacido y dentro de poco la espesa melena de la noche acabaría tragando a las estrellas. Además, en las dos hojas de papel que le regaló Aminatu, quería escribir las palabras que retenía en su cabeza y brincaban en sus poros: un cuento sobre su amada gente.

Decidió guardar la libreta hasta que alguno de los extranjeros que visitaban su wilaya, amigos de su pueblo, pudieran desvelarle, con una voz distinta a la suya, los sonidos que acunaban en cada una de sus páginas.


* * * * * * *



Cuando aquella tarde de diciembre Óscar llegó a Tinduf, lo trasladaron al campamento de refugiados de Smara en el que estaba la jaima de la familia Haidar, su hogar durante los próximos 20 días. En la entrada lo esperaban tres pares de ojos inocentes que brillaban como estrellas; eran Amal y sus hermanos.

Era su primera visita a los campamentos de refugiados. Lugar árido e inhóspito poblado de gente hospitalaria que la sinrazón de pueblos hermanos ha pisoteado, robado y masacrado, negándoles el derecho a la vida. Sobreviven en este lugar remendando a cada paso sus huellas para que no se borre su rastro en la arena y en el viento. Bautizan su historia día a día con lealtad y gratitud hacia los hermanos y amigos que forman parte de este destierro provisional que dura ya 34 años, siempre con la sonrisa en la mirada.

Óscar empleaba las mañanas y parte de las tardes en revisar y evaluar los proyectos que la asociación humanitaria con la que colabora tiene en marcha en este reseco lugar. Después vuelve a casa. Dudú, Sidi y Amal lo esperan para jugar y reir juntos; los adultos para disfrutar de una serena charla rociada con té verde.

Dos noches antes de su regreso, Amal se acercó a Óscar. Traía en sus manos un cuaderno de color casi negro y unos folios doblados escritos con rasgos infantiles. Óscar cogió el cuadernillo, lo reconoció y se acordó de su padre; la voz de éste dormía entre sus páginas. Lo acarició largamente contra su desbocado pecho, lo abrió y su voz comenzó a desvelar los registros y timbres de cada palabra, la cadencia de cada pausa, el susurro de cada silencio. Amal lo escuchaba hipnotizada.

Después del último susurro, Amal le entregó el cuento que había escrito. Le pidió que lo colgara de cuatro globos de colores (blanco, verde, negro y rojo) y lo lanzara al viento. Así, a través del espacio, llegaría a las manos amigas que le habían brindado tan hermoso tesoro. Óscar sonrió, afirmó que así lo haría y añadió que estaba seguro que pronto tendría noticias de las voces de sus amigos y amigas.



Berta.

10 comentarios:

mjtrafalgar dijo...

de tus palabras se desprende la calidez del desierto y de sus gentes que saben mirar con ojos velados de arena...Fita.

Pedro dijo...

Pronto podrás comprobar por ti misma la inocencia virgen de esas miradas desterradas y hambrientas de justicia.
Una historia bellísima la que has imaginado al amparo de ese sol sempiterno del Sahara olvidado.

Besos.

genialsiempre dijo...

Se nota que tu cariño hacia esas tierras te inspira poesía, pues has construido un, a mi parecer, hermosísimo relato.
Quizás seas tú el Oscar que está esperando Amel, ¿quien sabe?.

Un fuerte beso y que disfrutes en tu próximo viaje. Acuérdate de los que nos quedamos aquí.

José María

Alinando dijo...

Ejem... me tienes hipnotizado y emocionado. ¿Es casualidad lo del nombre de Oscar? Sé que no, para ti no existen las casualidades. En fin, lo disfrutaré otra vez... y ya hablaremos. Ah, y le diré a mi hijo que lo lea, sé que le gustará.

Carmen dijo...

Que bonita y tierna historia, y qué bien la cuentas tú. No me extraña que al padre del voluntario se le estén cayendo lloros de baba.

Ojalá te pasen cosas tan mágicas como esta en el Sahara.

Besiness

Carmen dijo...

¿he dicho lloros?, no hombre, quería decir chorros...me he trabucao.

Anatxu dijo...

Carmen..pues te ha quedado precioso lo de lloros de baba..jejeje
Berta, precioso y tierno y real..seguro que esos globos están en sus pupilas.
besitos

Alinando dijo...

Carmen, no te corrijas, ha sido un lapsus nítido y límpio, como los lloros del oro.

Raquelilla dijo...

Después de volver de esas tierras, seguro que te apetecerá hacer una segunda parte y tercera de la vida de esos niños a los que, por unos días, vas a tener el placer de conocer, y ellos el júbilo de tu presencia. Que te lo pases bien, y que te acuerdes de todos nosotros,para poder vivir aunque sea de tus ojos todo ese mundo tan lejano y cercano a la vez.

El Explorador Onírico dijo...

Quiero ir al Sahara... Gracias