miércoles, 11 de enero de 2012

Trabajo de Navidad

 Aquella mañana, dios se levantó malhumorado y me pidió de desayunar un par de huevos fritos con bacon. Con la destreza del mejor chef de cocina, me dispuse a satisfacer sus deseos, pero por lo visto sus deseos no quedaron en absoluto satisfechos. La vena de su cuello se empezó a hinchar de una manera sobrenatural, y sus ojos giraban como los de Marujita Díaz. De un golpe fuerte y seco hizo volar el dichoso plato de huevos con bacon. Atónita observé la trayectoria perfecta que describía aquel “platillo volante”. Y pensé: joder, que te gustaría conseguir este vuelo para tus cacharritos! En estos pensamientos estaba concentrada cuando me sobresaltó el portazo que dios pegó al salir del paraíso.




El paraíso que habíamos creado para los dos se convirtió en pocos meses en un verdadero infierno, y el dios a quien yo había idolatrado cayó de su pedestal la primera vez que me gritó delante de mis amigas. Era tanta la fuerza que ese dios ejercía sobre mi persona, que recogí los pedazos que quedaron tras la caída de su pedestal y con mimo extremo y cariño absoluto lo recompuse. Cualquier fisura quedó enmendada, y volví a subir de nuevo a mi dios en su pedestal, pero esta vez le puse una peana aún más alta. Lo idolatraba, sus deseos eran órdenes para mí, cualquier sacrificio era lógico, pues todos los dioses exigen sacrificios. A mi dios le imploré perdón por mis continuas meteduras de pata, que tan nervioso le ponía. A mi dios le entregué mi cuerpo y mi alma. Mí dios era mi vida, sin mi dios mi vida no tenía ningún sentido. Mi familia y amigos se alarmaban al ver el cambio tan sustancial que este dios había ejercido en mí. La estupenda mujer segura de sí misma, triunfante en el trabajo, seductora y capaz de conquistar a cualquier hombre que quisiera, no era más que una marioneta que solo se movía al son de las manos de su dios. Descubrir la verdadera naturaleza de mi dios, me costó meses, años…, me costó lágrimas, engaños y desengaños. Lo que todo el mundo vio desde el primer momento a mí me duró el tiempo que dura el enamoramiento, es decir esa locura transitoria que hace que la persona más cuerda, más sensata y más inteligente haga las mayores gilipolladas en nombre de su amo( r). Descubrí entonces que mi dios era ese niñato, maleducado, histérico, caprichoso, mimado, vanidoso, egoísta y cruel que además no daba un palo al agua. Su única ocupación y preocupación era la construcción de maquetas de aeronaves, la última un helicóptero carísimo que yo misma le compré por su trigésimo segundo cumpleaños. Este helicóptero era la joya de la corona, su preferido, al que había dedicado sus mimos y su tiempo en los tres últimos meses. Se pasaba las horas muertas en su habitación con sus “cacharritos”, mi sola presencia le ponía nervioso, así que opté por no adentrarme en su terreno privado.



Eran las once de la noche cuando llegué a casa. Reventada sería un adjetivo muy suave para calificar mi estado físico al llegar todos los días del trabajo. Desde hacía casi un año me tragaba todas las horas extras que podía, con la idea de poder pagar la elevada hipoteca que, idiota de mí, había echado sobre mis espaldas. Como todos sabemos, dios vive en el cielo, y aquí en la tierra lo más cerquita del cielo que mi dios encontró, fue un ático precioso, con una luminosidad espectacular, y unas vistas increíbles, pero más espectacular e increíble fue su precio. Y ahí estaba, la esclava del señor pagando mes a mes el jodido ático.

Arrojé el bolso sobre el sofá, y me fui descalzando por el pasillo, hasta llegar a la cocina. Lo llamé varias veces sin obtener contestación, cosa habitual en él, porque era un verdadero autista cuando estaba en su bunker rodeado de las innumerables piezas necesarias para realizar sus obras maestras. Abrí la puerta con extrema cautela, con la intención de no alterar su alta concentración y meticuloso trabajo. Eché un vistazo rápido a la habitación, pero por suerte el helicóptero ya no estaba allí.



Ana Rivera – Diciembre 2012

3 comentarios:

genialsiempre dijo...

Buen trabajo, aunque la mujer debía espabilarse un poco más ¿no?

Luciérnagacuriosa dijo...

Muy bueno Ana, con la realidad que nos rodea en mumtitud de casos. Enhorabuena!

Pedro dijo...

Demasiado realista tu relato. Dioses así abundan por todas partes, por desgracia. Ya va siendo hora de difundir el ateísmo entre las mujeres; muy bien por tu granito de arena.
Felicidades.