jueves, 25 de junio de 2009

VIAJE A LA ESPESURA



Ascendiendo por negras serpientes sinuosas, lejos de la húmeda planicie en la que el queso camembert de viviendas acosadas, aisladas y enjauladas sigue derritiéndose para extenderse de forma desigual por sus costados, fagocitando la vida. Entre el llano y los pétreos macizos que nos observan, sin que una sola partícula se desprenda de sus brazos, la campiña reverdece y se engalana de ejércitos de sumisos girasoles, ya rendidos ante el rey de la tarde, franqueada por un manto de otoñal trigo dorado que el aire mece y acuna sesteando la modorra de la calurosa tarde. El horizonte, recortado sobre si mismo, se adorna de recios alcornoques, de amargos almendros, de frágiles madroños. Lentamente nos tiende una interminable guirnalda de formas, de cantos, de aromas... de vida, para albergarnos en su esmeralda espesura. Y es donde el horizonte deja de ser horizonte, cuando los senderos y veredas se descubren a nuestro paso suplicándonos que pisemos los profundos surcos que el llanto del invierno ha grabado sobre sus estrechas espaldas. Aquel que las lágrimas han surcado más profundamente se abre ante nosotros, descendemos por su irregular lecho. Al fondo se alza escondida, como si no quisiera ser descubierta, una humilde y acogedora casa blanca abrazada por rosas, pensamientos, dalias, geranios, hierbabuena, aspidistras, laurel, higueras, hierbaluisa, adelfas, ciruelos, pasionarias… vida abrazada por otras vidas. Cómo me gustaría que en este viaje vosotros, sí vosotros, nos hubierais acompañado para rendirnos juntos al baile de viejos alcornoques transformados en sabias matriarcas gitanas vestidas con sus largas batas de cola, para extasiarnos dejándonos empapar por los jirones de viejas historias de mirlos, y de ramas, y de manantiales, y de los juegos y batallas infantiles libradas en este hermoso escenario de cuentos, donde cada roca, cada árbol, cada flor, cada sombra forma parte de otras vidas. Vibrar juntos ante la energía que late atrapada entre los montones de piedras de los derruidos muros, que un día fueron casas y a las que hace tiempo abandonaron sus moradores. Llorar, llorar con lágrimas de primeriza parturienta, ante el sobrehumano esfuerzo que realiza un ser vulnerable y frágil en su empeño por preñar la tierra con su más amado y doloroso tesoro de vida nueva. Y reir, y balbucearnos calladamente lo vivido para adentrarnos más y más en la maleza de los otros. Y descubrirnos cristalinos, frescos, como agua recién nacida de las entrañas de la tierra. Sutilmente la gasa índigo se despereza y el guardián de la noche no se hace esperar, legal con su cometido enciende con nácar marino los farolillos del universo para que esta noche duerman en nuestros cansados ojos. Cómo resistirse a su etérea hermosura, a ese alargar la mano para rozarlos, a su imperceptible deambular por las redes celestes, ¡¡imposible dormir entre cuatro paredes!! Los cuerpos extendidos sobre la tibieza colorá de la terraza, las pupilas despiertas como acechantes ojos de búho, nuestros perfiles y márgenes difuminados más allá de los bordes que nos contienen. La princesa de la noche nos acoge serena, cálida, majestuosa, nos besa la frente. ¡Empieza el espectáculo! Nos rendimos a su embrujo, y fluimos con ella… somos éter.

Berta

4 comentarios:

genialsiempre dijo...

Con relatos así, el viaje dura eternamente. Si fue una suerte estar allí para poder contarlo, más suerte es poder leer tan bella descripción de lo vivido.

José María

Pedro dijo...

Ahora sí que nunca se acabará el viaje. Has hecho relucir en mi mente de nuevo esos millones de farolillos que nos acogieron tan amablemente y nos prestaron por un rato inolvidable su arcano misterio.
Sencillamente genial, querida Berta.

Alinando dijo...

Qué bien lo pasamos... ¿A que sí?
Porque yo estuve allí... Bueno, físicamente no, pero una vez leído tu hermoso texto, es como si hubiera estado.

Anónimo dijo...

Y vivir para contarlo -como decía García Marquez- tan bellamente como lo has hecho tú. fita