sábado, 1 de noviembre de 2008

 

UN AROMA INOLVIDABLE

 

Salíamos del colegio al mediodía, contentos por abrazar por escasas horas la libertad, ya que por la tarde el pupitre nos aguardaba de nuevo. El escape en tropel con  juegos, gritos y cantos, solía estar acompañado por un  peculiar tintineo de fondo. Este sonido se nos iba acercando poco a poco hasta rebasarnos, ya que nosotros no teníamos prisa éramos libres, y como niños acostumbrados a estar en la calle, exprimíamos el tiempo, para evitar  meternos entre las cuatro paredes de nuestras casas.

Un caballo gris, taciturno, hacía sonar con su paso las múltiples campanillas que colgaban de su arnés, mientras tiraba de un carro blanco cerrado, rotulado con artísticas letras rojas. Siempre se cumplía el mismo ritual: obediente a la indescifrable orden  del carrero, el equino se paraba al final de la calle; acto seguido, el hombre abría las puertas del carruaje sacando de su interior de manera mecánica, la mercancía que guardaba.

Mi alimentación matinal, consistía en un desayuno huérfano de florituras: café engañado con malta, al que acompañada con una rebanada de pan con manteca colorá. A las once, el tentempié que nos daban en el colegio, consistente en un trozo anaranjado de queso americano y un vaso de leche en polvo de la misma procedencia. Recuerdo que la masa informe a la que llamaban queso, venia envasada en unas latas grandes doradas y serigrafiadas en negro con el dibujo de dos manos entrelazadas, con la bandera de los Estados Unidos al fondo y con una leyenda que hacía mención a la ayuda del pueblo norteamericano. En un  gran barreño de cinc, la señora encargada de estos menesteres diluía unos sacos de polvo amarillento que mágicamente al instante se convertía en leche.

Con semejante sustento en el umbral de la adolescencia y a esa hora, pasar junto al carro de la Panificadora Castro, con sus puertas abiertas de par en par, mostrando grandes cestos de enea repletos de panes humeantes, era un espectáculo casi impúdico. El olor que exhalaba el carricoche y aromatizaba la calle, se hacía comestible, y quedó de tal forma interiorizado en mí, que después de casi cincuenta años, el aroma a  pan recién horneado, lo asocio con el niño que fui y que junto a mis amigos, mintiéndonos películas  o cantando coplas de los últimos carnavales , hacíamos remisos el corto camino del colegio a nuestras casas.

JUAN

 

5 comentarios:

genialsiempre dijo...

Muy buen narrado Juan, yo también soy de los de la leche en polvo.

Jose María

Anónimo dijo...

Casi se puede oler de lo bien que lo has descrito. No sería tan mala aquella leche en polvo cuando de su alimentación han salido unos niños con una mente tan despejada como la tuya.

Antoñín

Pedro dijo...

¡Ummmm!, Juan, ese olor a pan recién horneado creo que ha hecho mella en todos. Sólo el aroma ya alimenta.
Cada vez te salen mejor los relatos.
Un abrazo.

Raquelilla dijo...

Lo íbamos comentando por el camino Antoñín, laBert y yo, tienes una voz inolvidable Juan, como Fassa nos trasmites toda la fuerza de tus relatos nada mas leerlos.

Anónimo dijo...

Ha sido tan nostálgico para mí que lo he compartido con mis amigas del barrio de mi infancia en Córdoba...fijate unidos Cádiz y córdoba por un olor. Fita