jueves, 7 de mayo de 2009

Estimada Flora



Pocitos (Montevideo) 17 de febrero de 2000

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Estimada Flora: Sé que no debería decirlo pero esta mañana al reconocer los desgarbados rasgos de tu letra en el sobre que me entregó el cartero, mis manos temblaron ansiosas y el deseo por desvelar su secreto venció al ejército de fantasmas que se agolpaban en mi pecho. Al abrirlo una inesperada bengala iluminó los escondrijos agazapados en las curvas del final de mi adolescencia. Deambulando entre ellos estabas tú. Rememoro nuestro tiempo de estudiantes y ahí estás llevando el timón en las asambleas, con la palabra enardecida y el tono rotundo… esa voz tan tuya que hacía que me quedara embobado escuchándote. Confieso mi admiración incondicional por todo lo que hacías. Aún ahora puedo sentir el rocío en mis labios al pronunciar tu nombre. Deduzco de tu carta que has seguido el hilo de los acontecimientos de mi vida; ya ves, yo de la tuya no he vuelto a saber nada desde aquella noche tormentosa en que abandoné tu puerto para zarpar a otra bahía. Entonces no tuve el valor suficiente para decirte lo que pensaba hacer, y mucho menos para expresarte el verdadero motivo de mi partida. Siempre fui un cobarde. A los pocos meses de instalarme aquí, en Pocitos, conocí a Graciela, la madre de mis tres hijos, que me ha dado el reposo que desconocía y la serenidad que necesitaba para olvidar las locuras vividas contigo. Ella y su familia me han arropado desde el primer momento y han sido mi mayor consuelo; sin ellos no sé que habría sido de mí… estaba tan perdido. Debo decirte que tu arraigado sentido de la equidad, tu permanente crítica social, tu osada lucha por las libertades y, sobre todo, tu valía como persona ponía en constante evidencia mi falta de compromiso político. Por eso huí de tu lado. En sus cartas Hugo jamás te menciono, por lo que desconocía que mi primo siguiera estando en contacto contigo. Tal vez deba maldecirlo por haberte facilitado mi dirección y con ella la llave para volver a abrir una herida que creía cerrada y que ya comienza a supurar. A pesar de la crisis económica, política y social que vive Uruguay en estos momentos, yo no puedo quejarme; las cosas no me van nada mal y soy feliz, bueno o por lo menos eso creía hasta esta mañana. Mis días transcurren plácidamente enfrascado en el trabajo y en la bendita rutina, excepto los días de fiesta, que aprovecho para dar una larga caminata por la limpia arena de esta costa del Río de la Plata, nada parecida a aquellas desenfrenadas carreras persiguiéndonos sin tregua hasta acabar extenuados uno en brazos del otro... Ante mi próxima jubilación, Graciela y yo tenemos en proyecto dedicar un tiempo para disfrutar de todas las cosas que llevamos pospuestas en estos años. Como te decía antes, soy feliz y así debe seguir todo. Por tanto te ruego que te olvides de mí y, por favor, no avives el incontrolable dolor de tu ausencia. No deseo que tu voz me susurre el canto de cada nuevo amanecer ni que tu sombra se despierte en cada uno de mis sueños.

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Afectuosamente
Martín Ferreiro Seoane

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Berta

4 comentarios:

genialsiempre dijo...

Sabes, porque te lo he dicho, que esta carta es digna de lo mejor de la literatura, pues este es un relato epistolar que, en mi opinión, contiene todos los ingredientes que pueden pedirse a un texto. Creo que los que lo escuchen disfrutarán del mismo.

José María

Pedro dijo...

Me encandiló desde el primer momento en que lo oí; no me cansaré de repetirlo.

JUAN dijo...

Te lo he oido leer tres veces, y lo he leído otras dos.
Cada vez me parece mejor
Besos

Anónimo dijo...

no avives el incontolabre dolor de tu ausencia...es digno del cantar de los cantares...fita