viernes, 24 de febrero de 2012

Despertares





Diecisiete años siendo amante de un viajante de ferretería dan para poco, y menos a una soñadora como Adela. Al principio fue hermoso, dormía abrazada a su almohada acariciando recuerdos y acunando promesas de encuentros. Tres veces al año se encontraba con el señor de Albacete. Tres veces, deseadas como cubiertos de plata, pero burdas y cortas como navajas chusqueras. El viajante impostado de misionero se bebió a sorbitos los sueños de Adela y tornó su dulce libido en frondoso jardín de cuchillos. Hoy pena ella sus errores con soltería y años yermos de comezones. Es la Tita Adela, la eterna presente en las enfermedades de sobrinos, en avales de hermanos o en cocinas de bautizos. Adela está para todo menos para placeres mundanos.

Hoy recibe a su sobrino Javi. Unas persianas cuarteadas necesitan pintura y ella no está ya para encaramarse al balcón. Javi tiene dieciséis años, es su preferido. Le adora desde chico, se lo comía a besos mientras lo bañaba y le ha visto crecer día a día. Javi trae ropa vieja para pintar y se cambia sin pudor en el salón de su tía. Adela observa sus brazos, se sorprende de los músculos de su estómago y termina por fijarse en sus calzoncillos holgones. Ha sido una mirada involuntaria, esquiva, pero algo que dormitaba en su interior acaba de bostezar con forma de pellizco. Un sofoco leve y agradable la ha llevado a mojarse la cara en el fregadero antes de encargar la faena a su sobrino. Ahora le ayuda a desmontar las persianas verdes de madera. Él se sube a una mesa colocada en el balcón y Adela le sujeta desde abajo por temor a un traspié. Le agarra fuerte del pantalón pero no lo ve seguro. Le sujeta entonces abrazándolo por debajo de la cintura. Javi tarda en desmontar cáncamos y Adela disfruta la demora cerrando los ojos. Un aroma de sexo masculino le hace apretar los brazos y aflojar su voluntad. Javi calla y trabaja. Cuando consigue descolgar las persianas, Adela se aparta y él comienza a pintarlas. No se cruzan miradas, casi no hablan. Adela se acerca de vez en cuando a la cocina, observa a su sobrino tras la puerta entreabierta y se moja la cara cada diez minutos. Casi dos horas después Javi ha terminado la faena. Se ha quitado la camiseta y su torso brilla de sudor fresco. Adela se acerca a él, se sienta en una silla y le limpia las manos con un trapo impregnado en aceite de oliva. Se entretiene en cada dedo, en cada uña, lentamente, con suavidad, parece no querer despedirse de los diminutos lunares verdes. Javi la observa desde arriba. Un precipicio oscuro le llama desde el centro de la blusa de su tía. Adela se decide entonces a limpiarle el pantalón con aguarrás.

- Tita Adela, el pantalón es viejo, no hace falta que lo limpies.
- Anda ya, que no me cuesta nada chiquillo.

Comienza con una pequeña mancha junto al bolsillo. En silencio, lentamente, la mancha se torna en nube, y la nube en niebla con añoranza de verde. Adela mira a Javi, toca ya la mancha más grande, la que está junto a la cremallera del pantalón. Impregna el trapo en aguarrás y aprieta suavemente. El verde comienza a entrar en el trapo y en la mente de Adela empujados por el aroma a aguarrás. Sus manos tiemblan. Ya no es tan segura la Tita Adela. Continúa oprimiendo la zona y Javi sigue callando. Adela llevó chucherías al cumpleaños de uno de sus sobrinos hace unos días. Les hizo muñecos con globos alargados. Se los llenó ella misma con sus pulmones. Hoy puede adivinar la misma imagen dentro de aquel pantalón. Toca con el trapo aquel crecimiento lento e irrefrenable, pero no es aire lo que nota. Ahora es Javi quien cierra los ojos. Adela se da cuenta y, temblorosa, abraza de nuevo a su sobrino. Javi no sabe qué hacer. Ella se acerca de nuevo a la cocina y se moja la cara. Javi aprovecha, se viste nerviosamente y se despide casi sin voz. El sonido del chorro de agua le responde en la despedida.

Adela se tumba en la cama. Un suspiro tiembla en sus labios mientras se desabrocha la blusa. La fina tela roza sus pezones y los enciende como fósforos.

Javi se mete en la ducha nada más llegar a su casa.

Hoy los dedos están de festejos, y el almíbar ha sido invitado.

5 comentarios:

genialsiempre dijo...

Sencillamente genial...me ha gustado muuuucho, no puedo decir otra cosa.

Luciérnagacuriosa dijo...

De una belleza extraordinaria. Cuando sea mayor quiero escribir como tú. Me quito la pamela antes vos.

Pedro dijo...

Ahora que nadie nos oye: a mí fue el que más me gustó. Se nota que te lo curraste.

Alinando dijo...

Vaya... José María, viniendo de ti es especialmente agradable leer eso de "genial". Luz, en cuanto se vaya el levantito tienes mi permiso para colocarte de nuevo la pamela, que seguro que te sienta de maravilla. Pedro, ahora que nadie nos oye, disfruté mucho al escribirlo, es verdad. Gracias a los tres, exageraos, jejeje.

Anónimo dijo...

Muy bueno. Elaboradisimo y ritual.
Has conducido muy bien la historia por una senda de deseo.
Me ha gustado un mucho.