lunes, 11 de febrero de 2008

La abuela





Cuando el cadáver de la abuela comenzó a oler mal decidimos, sin demasiados remilgos, que había que sacarla fuera. La única que se opuso a semejante decisión fue la más pequeña, Margarita. Su postura firme en contra de la decisión tambaleó por un momento nuestras conciencias y por ende, nuestra aparente fuerza de grupo. Todo volvió a su cauce cuando Margarita habló de nuevo para aclararnos su intención, adujo que si la sacábamos la podría ver cualquier campista que paseara por aquellos remotos parajes y que sería más conveniente hacerlo por la noche.
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Tan solo quedaba el trámite preconcebido, la sustituta estaba ya en nuestro punto de mira y solo había que esperar a que Juan se incorporara a las diez de la noche a su puesto de celador de la residencia de ancianos. De allí, el había elegido a Frasquita, se parecía enormemente a la abuela, tenía alzheimer y el hecho de que no tuviera familiares la hacía la candidata ideal. Además, no le faltaría de nada en casa, mamá cuidaría de ella día y noche y la estupenda paga de la abuela seguiría alimentando a toda la familia.
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Al anochecer, el mismo Juan, artífice de todo el plan, retiró la mascarilla de la cara de la abuela sin miramientos, cerró la llave de la bombona de gas hacia la izquierda y la arrastró hasta el porche sentándola en la mecedora. Entró en la casa y se sentó en el sofá esperando a la hora de su partida. Ya estaba bien de aguantar a la vieja, masculló. Sus últimas amenazas de que se iba a la residencia, sus continuas quejas sobre la comida, sus mangoneos… la abuela ya nos tenía a todos cabreados, en fin, nada que no se pudiera solucionar con una ligera y continua dosis de butano en su mascarilla. Mañana estaría todo arreglado y así nos lo expresó Juan a toda la familia que le mirábamos con gesto sereno y sin remordimientos. Juan se sintió aliviado por nuestra aprobación familiar y se dispuso a fumar un cigarrillo de satisfacción.
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Y ahora, desde esta situación tan extraña, que no es arriba ni abajo ni es situación siquiera, lo veo todo como en un sueño penoso. Veo los restos humeantes de la casa, y a los bomberos ajetreados tirando al suelo restos de vigas negras, y veo la ausencia de ventanas… y de techo… y veo el centro del salón y los esqueletos a su alrededor… ese es Juan, y esa Margarita, y esa la mama, y ese el papa…y ese soy yo… y ese cráneo suelto haciendo el trompo en el húmedo y negro suelo es del Paquito, seguro, porque le faltan las paletas… y fuera, junto a una ambulancia, veo a la abuela de pie, refunfuñando, dándose manotazos en la mascarilla y abrigada con una manta… y oigo a un enfermero de la ambulancia hablando con otro: “la manta la tiráis luego, que la pobre vieja llevaba por lo menos dos días cagada y apesta a perros muertos”
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2 comentarios:

Antonio Fassa dijo...

Acido, muy ácido. como la vida misma, sin ñoñerias, sin aditimentos, sin final feliz, sin sin sinnnnnnnnnnnnn. Gracias por tus escritos.
Salud y poesía.

Raquelilla dijo...

Sin...vergüenza de la abuela haciendo un gesto bastante salidito, jijiji. Que buena la foto.