miércoles, 13 de febrero de 2008

Melocotón y almibar de azoteas



Y de postre, sueños. Luis, después de la comida, estaba sentado en la silla de enea y con la cabeza caída y doblada, aplastando con ella sus manos abiertas sobre la mesa. Aquella no parecía ser la postura ideal para tan dulces ensoñaciones como estaba disfrutando. El cuerpo le hervía, como a todo buen quinceañero, y aquel hervor de cálida tarde veraniega terminó rebosando por su boca; a pesar de su celo por no quedarse dormido terminó babeando la siesta en la misma mesa. Y aquel rebose al fin, aquel hilillo cálido y denso, jugo de siesta placentera, terminó por despertarle al deslizarse por el envés de su mano. Miró el reloj sobre el aparador y cogió con su mano al superviviente del postre, un melocotón maduro y tierno, al que Luis, además, imaginaba dulce y carnoso. Se levantó arrastrando la silla y el traqueteo de ésta sobre las losas de barro despertó a su madre que descansaba en la habitación.

- ¿Dónde vas Luisito?

- Voy un rato a la azotea, mamá.

- ¡Que hace mucho calor hombre, échate un ratito!

Luis ni contestó. Se acercó a la cocina, apartó la tapa de madera de la tinaja y sacó agua con el jarrito de lata para reponerse de su reciente y dulce hemorragia de baba. Apartó la cortina de arpillera y el patio le saludó con una bocanada de aliento ardiente. El calor de la tarde le hizo dudar, pero su ardor interno pudo más. Se dirigió a la escalera y subió a la azotea sin prisas. La cal de la pared se defendía de los ataques del rey de los astros reflejando su luz hacia los ojos de Luis en forma de dardos luminosos. No le importó la punzante blancura en sus ojos, conocía aquella escalera incluso a ciegas. Una vez en la azotea se sentó procurando aprovechar la escasa sombra de la casetilla y esperó.

Cuando apareció su vecina Paca se olvidó Luis de la media hora larga de calurosa espera. Venía, como siempre, cargada con el barreño de zinc lleno de ropa mojada apoyado en su cintura. Lo dejó sobre el bajo muro que dividía las dos casas y le saludó:

- ¡Hola Luisito!

- Hola Paca- Le contestó con la voz nerviosa y débil.

Paca era viuda, y también era la madre de su amigo el lechuga. Cada vez que entraba Luis en su casa ponía cualquier excusa para quedarse allí un rato y disfrutarla con la mirada. Mientras ella hacía las faenas de la casa, Luis disimulaba hurgando en su escote con la vista. Siempre rezaba antes de entrar para que ese día tocara el fregado del suelo con la josifa y así disfrutar de la celestial imagen de su entrepierna cuando ella descuidaba sus posturas en plena faena.

Desde hacía unos días, Luis tenía unas dudas que le quitaban el sueño. Le parecía que aquellos descuidos de Paca no lo eran tanto y que ella también los disfrutaba. El hecho de imaginar que aquellos contoneos no eran casuales y que podrían estar dirigidos a él le excitaba y turbaba su entendimiento. Le hervían la sangre aún más y le agotaban, sobre todo a su mano derecha.

Estaba dispuesto a hacer algo. Su sentido de la vergüenza y del miedo se esfumaban por momentos diluidos en aquel adolescente deseo obsesivo. Después de saludar a Paca la miró fijamente a los ojos y observó sus movimientos mientras ésta tendía la ropa. Cada vez que ella se agachaba a recoger una prenda dejaba ver el interior de su blusa amplia. Sus pechos grandes y hermosos hipnotizaban a Luis. El trote de sus latidos se aceleraba con cada mirada de reojo de Paca, provocándole un placentero y dulce dolor en el interior de su pecho. Cuando ella terminó de tender se sentó junto al barreño, de cara a Luis. Se abanicó la cara con sus manos e hizo un comentario acerca del calor y de su boca seca al mismo tiempo que se abría un poco de piernas y se subía ligeramente la falda. La azotea transpiraba sobre las carnes frescas y prietas de Paca, y como si de un ansiado vaso de vino fresco se tratara, su piel brillaba con minúsculas gotas que la hacían aun más deseable. Luis se levantó y se le acercó con el andar lento y la respiración acelerada.

- Es verdad- le dijo- Hace mucho calor. Tengo un melocotón, ¿lo quieres?

Ella aceptó el ofrecimiento. Lo tomó de la mano de Luis y le limpió la pelusilla exterior frotándoselo contra la fina blusa haciendo que su pecho bailara al paso del melocotón en un sensual estrujamiento. Lo mordió suavemente y el jugo de la fruta rebasó sus labios para buscar el camino más corto hacia el aun más ardiente sur. El se situó delante de ella y levantó sus manos temblorosas. Su mirada se deslizaba siguiendo al zumo por el tobogán de su angosto canalillo. Casi sin pensarlo, movido por los eternos e invisibles hilos de la vida, acarició con las yemas de sus dedos, muy suavemente, los pechos enormes de Paca por encima de su fina blusa. Aquellas caricias comenzaron con el gesto de limpiarle la pelusilla del melocotón, y eso le sirvió de absurda excusa, porque a tenor de la respuesta de Paca, Luis no hubiera necesitado ninguna.

Los había imaginado blandos y eran duros, redondos, suaves… Cuando tropezó con las durezas del centro de aquellos hermosos montes se sorprendió y se entretuvo en disfrutar con el reconocimiento táctil de aquellos deliciosos botones. Cuando levantó la vista para mirar a Paca le pareció verla al borde del desmayo. Ella tenía los ojos entreabiertos, las mejillas enrojecidas y las aletas de la nariz ensanchándose con cada suave caricia en sus pezones. Luis se asustó de aquella para él nueva experiencia. Se retiró despacio hacia atrás sin dejar de mirar a Paca y corrió escaleras abajo.

La vida de aquél día de principios de verano continuó con su rutina en la intimidad de ambos… y el deseo vespertino derramó su cálido y solitario almíbar de azoteas sobre la calurosa tarde.
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2 comentarios:

Antonio Fassa dijo...

¡Ay! de aquellos anhelos de la infancia; concuspicencia de niñez y alívidos envueltos en misterio. Mente y carne atormentada por culpa de la hermosa Paca que solo ofrece una gota de su miel y a veces por un SCALEXTRI que apenas pasó por mi vida.

Salud y poesía

JUAN dijo...

Tus historias describen, de forma magistral la cotidianidad préterita o actual.

Gracias por evocarme tantas cosas