viernes, 8 de enero de 2010


Correio


No llegó en un barco de nombre extranjero, llegó directamente al buzón. Era la primera carta que asomaba virginal por esa ranura de sequía secular. Había una carta. no había duda. Estaba allí, reflejada en los brillos metálicos d e la ranura, incluso ondulaba coqueta por las curvas helicoidales de la empuñadura de la puerta.


!una carta!


El destinatario no ofrecía duda, vivía sóla desde la huida a los piés del altar de un sinvergüenza que le había jurado esperarla más allá de la muerte, y que !Diós me perdone!, pero !ojalá! estuviera ya esperando en la gloria celestial con los brazos abieros, como prometió.

¿Quién escribía?, cogió la carta y olió su perfume almizclarado que el sobre más que exhalar, rezumaba al más mínimo aleteo. !Qué mal gusto!, leyó con dificultad su nombre manuscrito con una letra arábica acorde con el perfume.

¿Quién escribía?, no figuraba el remitente ni el matasellos desvaído daba pistas sobre su procedencia. Venía de un particular ya que ninguna oficina pública ni privada había estapando su sello. Tampoco el timbre ofrecía ninguna pista, una paloma mensajera parecía hacerse cómplice del anonimato.

Lo que tenía que hacer era abrir esa carta que ya le había dormido los contáctos olfativos y parecía empezar a ofuscarle los conductos racionales.

Escogió un abrecartas acorde con la ocasión, el que le había regalado Chani, la asistenta, de su viaje a Puerto Rico. Era de madera oscura y brillante y representaba un totem local que agarró por la cabeza. Cuando la hoja se deslizaba por el borde de la carta comenzando a rasgarla...se sobresaltó.

El rostro grabado en el abrecartas le trajo a la memoria, de sopetón, aquella historia, la única historia que se había permitido en su vida. Cuando despojada del altar, se juró, cual Scarlatta, que "no volvería a ser engañada"...cogió las maletas ya preparadas y aprovechó los billetes nupciales para alejarse hasta perderse...y en aquel trén del que ahora no recordaba ni adonde iba, la mirós desde su asiento aquel extranjero tremendo. La miraba, la enterneció. lo miró, el le dijo:


Por mirarte, porque me mires, por este instante...


compartieron una historia de estación a estación, dulce, entregada, traqueteada, una historia a dos voces y con distinta melodía.


La carta decía:


Por mirarte, porque me mires, porque se nos vayan llenando de eternidad, a poquito a poco, los instantes


Desde entonces supo cómo abrazaba la eternidad


Fita

5 comentarios:

Anatxu dijo...

Qué me gusta como lo haces...tienes una destreza para removerme por dentro que pocos pueden decir lo mismo.
Gracias,amiga,por compartirlo.
Un gran beso.

La gitana rubia dijo...

Los he visto ahí sentados, he visto sus miradas,..., me he visto a mí leyendo esa carta...y me he emocionado.

Gracias.

Antonio Fassa dijo...

Tienes una capacidad inmensa para provocar cualquier tipo de sentimiento que desees, a través de tus escritos, siempre lo he pensado de ti, y lo consigues con creces.

Eso solo tiene un nombre: MAESTRÍA.

un abrazo Fita.

genialsiempre dijo...

Es tan bello el texto que uno quisiera tener siempre algo así para leer por la mañana, mientras te tomas el café.
¿Porqué no haces el ejercicio y nos proporcionas algo parecido a diario?. Sí, ya sé que soy egoista, pero lo bueno gusta.

José María

Carmen dijo...

Como gallina arrecía me dejas la piel después de leerte, que me gusta, chiquilla.